La pena es azul
En los años 60, viajar por primera vez a Nueva York, entonces lleno de explosiones de música y de arte que reventaban por todas partes, era sinónimo de volver trasformado
Hubo un tiempo que entre mis amigos los había rojos, muy rojos, cuya ideología, pese a ser muy cinéfilos, les obligaba a odiar a John Ford y a John Wayne. Este desprecio se extendía a cualquier estilo de vida norteamericano empezando por abstenerse de consumir refrescos de cola y, por supuesto, prohibirse cualquier viaje a Nueva Y...
Hubo un tiempo que entre mis amigos los había rojos, muy rojos, cuya ideología, pese a ser muy cinéfilos, les obligaba a odiar a John Ford y a John Wayne. Este desprecio se extendía a cualquier estilo de vida norteamericano empezando por abstenerse de consumir refrescos de cola y, por supuesto, prohibirse cualquier viaje a Nueva York. En cambio, otros rojos, menos acérrimos, solo teñidos de rosa púrpura, no dejaban de admirar las películas del Oeste, el cine negro, las comedias de los años 50 y en secreto soñaban con inmiscuir su vida entre los rascacielos de Manhattan para embeberse con el jazz y blues que se expendía en el club Village Vanguard. Al fin y al cabo, los esclavos negros habían sacado esas melodías del alma para expresar el dolor y la pena. En la cultura negra la pena era azul y la cantaban con voz de madera; los saxos y clarinetes extraían un licor dulce y muy largo; todos los pianos en los antros del sur también servían de féretros; Billie Holiday, la primera, cantaba a sus hermanos ahorcados que colgaban de los árboles como una extraña fruta. Nadie de izquierdas podía ser ajeno a esa pena azul que incluía tanta belleza y melancolía. En aquel tiempo sucedía que si un comunista visitaba la Unión Soviética volvía desolado, escandalizado, consciente de que lo habían engañado. Le pasó a Gide, a Camus y a muchos de aquellos intelectuales del momento. Por el contrario, si alguno de mis amigos rojos viajaba por primera vez a aquel Nueva York de los años 60 lleno de explosiones de música y de arte que reventaban por todas partes volvía transformado. Nueva York era entonces el verdadero Este del Edén. Allí se cumplían todos los sueños creativos, excitantes, divertidos y sobre todo lucrativos que uno llevaba en el equipaje. Esa ciudad constituía una experiencia iniciática, pero en Norteamérica el miedo se ha vuelto violencia y la violencia ya no se distingue de la decadencia. Hoy Nueva York ha dejado de ser un polo de atracción. Ya no seduce a nadie.