¿Groenlandia, Minneápolis? ¿Qué piensan las derechas españolas?
De Feijóo les será difícil encontrar nada en la web del partido; y en los registros periodísticos solo consta su insoportable levedad al calificar las amenazas de Trump como “innecesarias”
Muchas veces las posiciones de la oposición doméstica en asuntos internacionales son poco más que brindis al sol. No la comprometen, pues no suele ser actora relevante hacia el exterior. Al menos no en igual medida en que puede ser costosa para el Gobierno. Y el Estado al que encarna.
Pero interesan mucho a la opinión, porque son un indicio de lo que harían si llegasen a encaramarse al poder. Además, ya desde la dictadura, las relaciones internacionales constituyen un terreno abonado para la política interna, por sustitución, referencia o metáfora.
Los periodistas añosos aún reco...
Muchas veces las posiciones de la oposición doméstica en asuntos internacionales son poco más que brindis al sol. No la comprometen, pues no suele ser actora relevante hacia el exterior. Al menos no en igual medida en que puede ser costosa para el Gobierno. Y el Estado al que encarna.
Pero interesan mucho a la opinión, porque son un indicio de lo que harían si llegasen a encaramarse al poder. Además, ya desde la dictadura, las relaciones internacionales constituyen un terreno abonado para la política interna, por sustitución, referencia o metáfora.
Los periodistas añosos aún recordamos cómo bajo la férula tardofranquista debíamos referirnos a Felipe González (o Isidoro, su nombre de guerra) no como el líder del PSOE (prohibido) sino como el político español que sintonizaba “con posiciones equivalentes a las del socialista francés François Mitterrand”… y circunloquios parecidos. Así, con todos. Por país interpuesto.
Por país interpuesto, el cotejo de los líderes de los partidos derechistas españoles con sus pares en el asunto de Groenlandia les desolará.
De Alberto Núñez Feijóo les será difícil encontrar nada en la web del partido. Y en los registros periodísticos solo consta su insoportable levedad al calificar las amenazas de Donald Trump —indicando que se la incautaría por las buenas o con violencia— como “innecesarias” o, hale coraje, “desafortunadas”, y exigiendo al Gobierno mantener con el déspota relaciones “respetuosas”. Já.
Mientras, el Partido Popular Europeo, encabezado por el ultra Manfred Weber, daba muestras de dignidad, calificándolas de “afrenta increíble”, lo que le llevó a votar en Estrasburgo contra la ratificación parlamentaria al acuerdo arancelario de la vergüenza formalizado el pasado verano.
Más valiente se mostró el nacionalismo de los fascistas de Vox. Su duce de camisa prieta calló hasta la mudez ante el peor asedio, de un amigo, sufrido por Europa desde 1939. Uno de sus acólitos acertó a balbucear: “No nos importa Groenlandia, no pensamos en ella”, y “nos declaramos incompetentes en esta materia”. Gracias, defensores a ultranza de las naciones soberanas.
Pero incluso una colega más rotunda, como la alemana Alice Weidel, de AfD, recriminó al magnate orate “por incumplir la promesa electoral fundamental de no interferir en los otros Estados”; o el lepenista Jordan Bardella advirtió de que “aceptar un vasallaje, aceptar una sumisión sería un error histórico”.
¿Y cómo reaccionan ante los asesinatos y atentados de Minneapolis, ordenados o inducidos y bendecidos por Trump? ¿Protestan la derecha y la ultraderecha en el nombre de Alex Pretti, de Renée Good, de Ilhan Omar? ¿Lamentan el secuestro del niño Liam por las SS disfrazadas de ICE? No dicen ni mu. Sus silencios los convalidan.