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Niños olvidados

La imagen de Liam Conejo Ramos, el niño de cinco años detenido por el ICE, ha dado la vuelta al mundo entre el estupor y la indignación

Un gorro de lana azul con orejitas. Unos ojos grandes perplejos y asustados. Una mochila enorme para el pequeño cuerpo que la porta. Podría ser cualquier niño, cualquier niña, pero tiene nombre y apellidos: Liam Conejo Ramos, ...

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Un gorro de lana azul con orejitas. Unos ojos grandes perplejos y asustados. Una mochila enorme para el pequeño cuerpo que la porta. Podría ser cualquier niño, cualquier niña, pero tiene nombre y apellidos: Liam Conejo Ramos, el chiquillo de cinco años detenido por el ICE en Minneapolis. Su nombre y su imagen han dado la vuelta al mundo entre el estupor y la indignación. Liam es ya un símbolo, un niño viral, que ilustra murales y pancartas. El desencadenante de una nueva ola de protestas y de una huelga general en su ciudad, que lleva semanas movilizada contra las cacerías migratorias impulsadas por Trump. Mientras, las fuerzas del orden desordenan con caos y violencia y muestran sin esconderse que tienen vía libre para matar.

¿Cómo puede un Estado democrático promover políticas de desorden, disparar a cualquiera, detener a cualquiera y seguir llamándose democrático? ¿Quién puede detener a un niño de cinco años? ¿Por qué llevarlo con su padre a un centro de detención a 2.000 kilómetros de su casa en lugar de dejarlo con su madre? Incluso aunque su padre fuese un delincuente, como afirma el vicepresidente Vance, nada justifica robar a un niño su vida. Aunque ese mismo vicepresidente le dé carta de naturaleza. Un Vance autoproclamado adalid de la familia, pero que separa a Liam de la suya y lo despacha con un “no pasa nada. Le hemos dado una hamburguesa y puesto su música favorita”. Si no fuera trágico, sería un chiste. Pero este pequeño sigue en un centro de detención. Y no es el único.

Liam podría ser mi hija, amiga de las mochilas y los gorros de orejitas y pompones, dueña de unos ojos grandes y expresivos. O la tuya. Mirar hacia otro lado, indignarse solo hasta que llega la siguiente noticia porque no es nuestra hija no puede ser una opción. ¿Olvidaremos a Liam como olvidamos a Aylan, el pequeño sirio que huía de la guerra con su familia y apareció ahogado en una playa de Turquía hace diez años? Junto a Aylan, se ahogó su hermano Ghalib, de cinco años, al que no vimos y del que nunca hablamos. Después de Aylan, más de 30.000 migrantes han muerto en el Mediterráneo. Muchos Aylan sin nombre dejan su vida en el mar y no nos importan porque no los vemos. Mientras, miles de niños sin nombre consiguen llegar a Europa, a España y duermen en centros de internamiento, con la sombra de nuestra sospecha velando su sueño. Niños y niñas a los que deshumanizamos y culpamos de nuestros males, aunque eso no nos ayude a arreglarlos. Como Vance. Como Trump. Como Albiol. Asumamos nuestra responsabilidad y no admitamos lo inadmisible.

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