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Editorial

La hora de Europa

La connivencia de Trump con Putin en su plan para Ucrania obliga a la UE a dar pasos concretos hacia su autonomía estratégica

La estrategia de Donald Trump para poner fin a la guerra en Ucrania es la constatación definitiva de que Europa no puede confiar ciegamente su seguridad al lazo transatlántico con Estados Unidos, hoy más débil que nunca. Tanto la revelación del plan presentado por Washington a Kiev —que se ajustaba con precisión a los objetivos del Kremlin— como la actitud del enviado estadounidense a Rusia, cuya impúdica cercanía a Putin quedó a la vista esta semana, han dejado al descubierto la fragilidad de una alianza que durante décadas se consideró inquebrantable.

Con su desdén característico y su querencia por los negocios de cierre rápido, Trump actúa convencido de que puede dejar de lado tanto a los aliados europeos como, lo que es peor, a la víctima: Ucrania. La UE no puede entrar en el juego tremendista del actual inquilino de la Casa Blanca, pero está obligada a una respuesta serena y firme. Lo primero es reconocer sin medias tintas la realidad: Europa no puede depender exclusivamente de EE UU en materia de defensa, pero esa dependencia no desaparecerá de la noche a la mañana. Sin embargo, esta circunstancia no puede traducirse en una subordinación automática a los vaivenes políticos estadounidenses en función de quién ocupe la presidencia de aquel país. El gran desafío de Europa está en mantener, en medio de esta dinámica, su talante democrático y liberal. Algo que solo conseguirá con más integración, no con menos.

Ya nadie puede llamarse a engaño. El último paso de Trump respecto a Ucrania ha funcionado como un incómodo despertador: la UE tiene que moverse con un plan propio. Y con toda la celeridad que le permita la proverbial lentitud de Bruselas, que tiene pendiente el debate sobre la reforma de sus mecanismos de toma de decisiones entre los Veintisiete. La mayoría no puede chocar una y otra vez con el boicot de gobiernos iliberales que, como el de Orbán, un día acuden al Consejo y otro, al Palacio del Kremlin.

Esta urgencia es si cabe más evidente cuando se repara en la escala del daño causado por la agresión rusa a la población ucrania. Según datos de Naciones Unidas, desde el inicio de la invasión más de 14.500 civiles ucranios han muerto —en ocasiones, víctimas de acciones de extrema crudeza— y decenas de miles han resultado heridos. Asimismo, más de nueve millones se han convertido en refugiados. De ellos, 5,7 millones —en su mayoría mujeres, niños y ancianos— se han visto obligados a huir del país mientras que otros 3,7 viven desplazados dentro de sus fronteras. Nada de esto puede pasarse por alto o considerarse una mera variable en negociaciones diseñadas al margen de los protagonistas. Por eso Europa debe apoyar y acompañar a Ucrania pase lo que pase. Sin olvidar que ese apoyo también implica el reconocimiento pleno de la soberanía de Kiev para aceptar o rechazar una propuesta de paz. No se le puede exigir que pague mayor precio del que ya está pagando.

Con todo, ponerse de perfil cuando se está tratando de obligar al pueblo ucranio a aceptar una paz injusta y sin garantías sería no solo humillante sino también estratégicamente desastroso. Un continente que tolera la mutilación territorial de un país soberano a manos de un invasor poderoso vivirá bajo la sombra de la amenaza permanente. Cuanto más respaldada se sienta Ucrania, menos vulnerable será al chantaje ruso.

Esto es crucial cuando, pese al desgaste interno, la actitud de Rusia indica que no tiene intención de detener la guerra. Putin sabe que, con Trump sentado en el Despacho Oval, el tiempo corre a su favor. Y que el desconcierto occidental le ofrece una ventana estratégica, lo cual justifica la alarma entre los países de la UE más próximos a Rusia –Lituania, Letonia, Estonia y Polonia—, cuyas denuncias de sabotajes y guerra híbrida por parte de Moscú y sus aliados no deberían caer en saco roto. La recuperación esta semana del servicio militar voluntario en Francia es otra prueba de lo inquietante de la situación. Pero más que iniciativas individuales, Europa necesita planes y acciones coordinadas. Solo así podrá hacer frente al expansionismo de Putin y dejar claro a Trump que no es una pieza muda en una mesa de negociación.

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