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El impacto de las rutinas en la estabilidad emocional de los niños

Fomentar hábitos sanos es una oportunidad para encontrar el equilibrio familiar, fortalecer la autonomía del menor y reducir su incertidumbre. Septiembre es un momento ideal para marcar objetivos realistas adaptados a las necesidades de cada hogar

Los menores aprenden observando, por eso es esencial que los adultos actúen como referentes. Maskot (Getty Images/Maskot)

Septiembre marca, para la mayoría de familias, el verdadero inicio del año. Es el mes en el que reaparecen las prisas, se retoman los horarios, las actividades laborales, escolares, deportivas y extraescolares, dejando atrás el ritmo más relajado del verano. Durante los meses estivales, los días se alargan, las rutinas se flexibilizan y algunas obligaciones parecen desaparecer. Sin embargo, ahora ha comenzado una etapa en la que volver a la organización y el orden se convierte en una necesidad. Un momento ideal para marcar objetivos realistas adaptados a las necesidades de cada hogar.

La vuelta a la rutina debe entenderse como una oportunidad para encontrar el equilibrio familiar, fortalecer los vínculos y evitar así muchos conflictos en la convivencia. También puede vivirse como una posibilidad para instaurar nuevas dinámicas más saludables y reorganizar todo aquello que el curso anterior no funcionó del todo bien.

Estructurar el tiempo de estudio y ocio, los horarios de comida y descanso, planificar los menús de la semana y fomentar la adquisición de responsabilidades ayuda a mejorar el bienestar físico y emocional tanto de los menores como de los adultos. Las rutinas fortalecen la autonomía y reducen la incertidumbre. A los más pequeños, saber qué esperar a lo largo del día les permite desenvolverse con mayor confianza y autonomía. A nivel cerebral, las rutinas son atajos, actos automáticos que permiten al niño entrelazar tareas con conciencia y casi sin esfuerzo, como lavarse las manos antes de empezar a comer o cepillarse los dientes antes de ir a dormir.

Con frecuencia, las rutinas se asocian de forma errónea con la monotonía, el aburrimiento o la repetición, lo que lleva a percibirlas como algo tedioso e incluso contraproducente. Sin embargo, lejos de ser un obstáculo, son una herramienta fundamental para estructurar el día a día. Facilitan la creación de hábitos saludables, mejoran la organización personal y contribuyen a la adquisición de normas esenciales para la convivencia. Proporcionan estabilidad, seguridad y una sensación de control que resulta crucial para hacer frente a los desafíos diarios.

Establecerlas en el hogar brinda a los menores un entorno predecible que favorece su autocontrol y estabilidad emocional. Saber con antelación lo que viene después genera una sensación de seguridad que reduce la ansiedad y mejora el comportamiento. Estas actividades, asumidas de forma natural y repetidas a diario, facilitan relaciones más armónicas, fortalecen el vínculo afectivo con los adultos de referencia y aportan estructura. Los niños que vayan adquiriendo buenas rutinas desde pequeños serán más organizados, perseverantes, responsables y agradecidos, mostrarán más predisposición a colaborar y asumir sus responsabilidades.

Por el contrario, la ausencia de rutinas en el entorno familiar puede dar lugar a dificultades en la conducta. Es habitual que los menores se muestren más inquietos, irritables, respondan con mayor oposición ante los límites y surjan con frecuencia tensiones con los hermanos. La falta de una organización clara genera un clima de desorden que, en muchas ocasiones, desemboca en gritos, reproches o amenazas porque las responsabilidades no se cumplen como se espera.

Cada familia deberá definir los hábitos que mejor se adapten a su dinámica y que favorezcan una buena organización y una convivencia armoniosa. No se trata de establecer rutinas rígidas e impuestas, sino hacer partícipe a todos los miembros de la familia en su planificación.

Cómo promover la creación de rutinas estables y beneficiosas para los niños

  • Las rutinas deben explicarse con afecto y grandes dosis de paciencia para que se entiendan correctamente. Su adquisición es un proceso que requiere tiempo y los errores serán parte del aprendizaje. Una actitud comprensiva y optimista por parte de los adultos será clave.
  • Establecer horarios fijos y estables es fundamental para el desarrollo del menor, ya que le brinda una sensación de seguridad y previsibilidad. Saber qué va a suceder a lo largo del día le permite sentirse más tranquilo y le ayuda a organizarse mejor. Esto facilita la adquisición de las rutinas y favorece el desarrollo emocional y cognitivo, promoviendo hábitos saludables y una mejor convivencia.
  • Diseñar en casa una tabla de rutinas permitirá al niño saber qué tareas debe hacer en cada momento. A medida que crezca, estas deben ir adaptándose a las nuevas necesidades educativas. Involucrar al menor en su creación hará que se muestre más responsable y comprometido.
  • No hay que olvidar que los menores aprenden observando. Por eso es esencial que los adultos actúen como referentes positivos, mostrando con sus acciones cómo llevar a cabo rutinas saludables. Ya sea en el sueño, la alimentación, la higiene o el trabajo, mantener hábitos coherentes y constantes enseña más que cualquier sermón.
  • Reforzar positivamente y crear rituales agradables son estrategias clave para que los niños mantengan sus rutinas con entusiasmo. Reconocer los esfuerzos refuerza la motivación y autoestima.

Ayudar a los niños a establecer buenas rutinas en casa no solo mejora la organización familiar, sino que también fortalece su autonomía, seguridad y bienestar. Con paciencia, constancia y amor, cada pequeño hábito diario puede convertirse en una herramienta poderosa para su desarrollo presente y futuro.

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