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De Algeciras a Estambul

Sobria, pero real, la Unión por el Mediterráneo es el único lugar de encuentro entre polos opuestos como el Gobierno de Israel y la Autoridad Palestina

La Unión por el Mediterráneo, nacida de la Declaración de Barcelona, celebró ayer su 30 aniversario. Lo hizo a su modo superviviente. Con una recua de proyectos prácticos, poco grandilocuentes, de cooperación entre los 43 gobiernos ribereños y las instituciones, entre ellas, las de la Unión Europea. T...

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La Unión por el Mediterráneo, nacida de la Declaración de Barcelona, celebró ayer su 30 aniversario. Lo hizo a su modo superviviente. Con una recua de proyectos prácticos, poco grandilocuentes, de cooperación entre los 43 gobiernos ribereños y las instituciones, entre ellas, las de la Unión Europea. Tendiendo puentes entre Algeciras y Estambul, que sortean largas noches de guerra ―en Libia, en Gaza―, este foro ha driblado decenas de catástrofes humanas.

Y esa es su gran virtud política: existir. Sobria, pero real: es el único lugar de encuentro entre polos opuestos como el Gobierno de Israel y la Autoridad Palestina.

El lema no escrito de los 43 es aferrarse a lo concreto. No en vano quien lanzó en 1994 este proyecto de organización regional fue su ―ahora añorado―, vicepresidente español de la Comisión, Manuel Marín. Era un manchego ceñudo y entrañable que se atrevió a lanzar, contra las reticencias de los gobiernos, el programa más exitoso en la historia de la Unión, el Erasmus. Y no por azar el refuerzo del flanco mediterráneo era, y es, un empeño de este país, y una de sus principales aportaciones a la acción exterior de la UE.

Entre el centenar de proyectos prácticos de futuro (enmarcados en un nuevo “Pacto por el Mediterráneo”, esa funesta manía de rebautizar) destacan los educativos, con la creación de una Universidad Mediterránea, para todos los ribereños; o los planes conjuntos frente a catástrofes naturales; o diversas iniciativas sobre migración. Que complementarán los proyectos vigentes en saneamiento de aguas, calidad marítima o infraestructuras de transporte y comunicación: como las que están (lentamente) en marcha con la autopista norteafricana o las redes energéticas y viarias euro-balcánicas, entre el Adriático y el Jónico.

Con razón se critica que todo eso, tan microeconómico, queda lejos de las grandes ambiciones iniciales de 1994. Se trataba de crear un gran espacio de libre comercio y prosperidad compartida entre las dos riberas. Si se quiere, una locura; ya Leonardo da Vinci sentenció que ese mar destaca porque “in ogni punto è divisione”. Y eso a través de una serie de tratados comerciales bilaterales de la UE con cada país sureño. Por supuesto, con diferencias, pero sobre una pauta común.

Estos instrumentos, firmados y rodados, funcionan y mejoran. Es más, se han completado con acuerdos sectoriales (pesqueros, tecnológicos). Es un soporte de base a la acción exterior de la UE y una extensión de las normas industriales y técnicas europeas, ese ariete de su poder blando que tan bien ha detallado Anu Bradford en su libro The Brussel´s effect.

No se ha logrado, sin embargo, aumentar significativamente el intercambio entre los países norteafricanos vecinos, que siguen dándose mutuamente la espalda: o por culpa de recelos atávicos, o porque sus economías son poco complementarias, producen bastante lo mismo.

En cuanto a la recuperación de la brecha económica y el camino a una prosperidad compartida, la cosecha es menos que modesta. Pero hay datos en todos los sentidos. Uno es el termómetro del malestar que se plasma en los intensos flujos migratorios. Otro, las cifras macro certificando que la situación, al menos, no ha empeorado. Sobre todo en zonas, como nuestro próximo Magreb directamente ribereño (Túnez, Argelia, Marruecos): si en 1990 la brecha de riqueza entre la Unión y esos tres países era de 11,3 veces, hoy se ha reducido a 9,28 veces (43.145 dólares de PIB per cápita contra 4.647). Magro avance sí, pero quizá indicativo de que ningún esfuerzo es inútil.

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