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ANÁLISIS

2017, el año de la verdad para Macri y Argentina

Después de un arranque de mandato con muy malos datos económicos y de echar a su ministro estrella, todos confían en que 2017 traiga la recuperación

El presidente Mauricio Macri y su esposa, Juliana Awada, durante el brindis navideño en la Casa Rosada.
El presidente Mauricio Macri y su esposa, Juliana Awada, durante el brindis navideño en la Casa Rosada.

Es muy difícil alterar a un argentino. Si es político, es casi imposible. Acostumbrados a vivir al límite, a cambiar de partido varias veces, a ver caer gobiernos uno detrás de otro –cinco presidentes en dos semanas es el récord de 2001-, nada les sorprende. Tal vez por eso la destitución fulminante de un ministro de Economía como Alfonso Prat-Gay, el flamante ex de JP Morgan con el que Macri se presentó ante el mundo financiero y logró cerrar un pacto con los fondos buitre, ha sorprendido más fuera que dentro de Argentina. Para cualquier analista que lo mire con distancia, echar al ministro más importante después de un primer año de mandato en el que los datos económicos han sido muy malos –caída del PIB del 3,8% en el tercer trimestre y de la actividad industrial del 4,1%, inflación del 40%- dibuja una situación muy complicada. Prat-Gay se vendió como la imagen de Argentina en el exterior. Se había recorrido el mundo pidiendo a los inversores que llevaran su dinero a Argentina, aunque él admitió que buena parte de sus ahorros están en EEUU. Y sin embargo, el Gobierno destaca que los mercados no se han alterado, la población tampoco, y el mundo político ha asumido también sin mucha dificultad esta caída en desgracia. A otra cosa.

En un país que devora titulares escandalosos con una naturalidad única, incluso el procesamiento de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner por corrupción, con el riesgo de acabar en prisión, se ha convertido rápidamente en parte del paisaje. Todo, también la dimisión de la presidenta de Aerolíneas Argentinas, Isela Constantini, un fichaje clave de Macri, sucedió en las últimas dos semanas de 2016, “un año duro, que nos puso a prueba”, según admitió el propio presidente. Pero para los argentinos el pasado inmediato no existe.

“Lo peor ya ha pasado. Si no cometemos errores 2017 va a ser un buen año. Porque ha quedado claro que no tenemos oposición, no logran resolver la sucesión de Cristina Kirchner. Pusimos mucha plata en contención social, en jubilados, bonos de fin de año. Por eso la situación social no estalla, ha sido un año difícil pero en noviembre y diciembre los datos fueron mejores. Hay que tener paciencia”, explica un ministro de Macri.

Los argentinos olvidan rápido pero la paciencia no es una de sus mayores virtudes. Por eso el 2017 que arranca ahora y terminará con unas elecciones importantes en las que se renueva buena parte del Parlamento es el año de la verdad para Macri y su proyecto para Argentina. El presidente y su equipo, sobre todo Prat Gay, han prometido varias veces la llegada de la recuperación. Primero era el segundo trimestre, después el segundo semestre, después el último trimestre y por último 2017. Ya no tendrá muchas más prórrogas.

Devorado en poco más de un año Prat Gay y su optimismo, que los datos nunca confirmaron, todas las miradas se colocan ahora en Nicolás Dujovne, su sustituto. Como su antecesor y buena parte del Gobierno Macri, también viene del mundo financiero y empresarial, es un hombre “pro mercado”, en terminología anglosajona. Y algunos opositores quieren ver en él un artífice del ajuste definitivo, esa palabra de la que huye el macrismo por consejo del gurú Jaime Durán Barba, que vio como varios políticos latinoamericanos a los que asesoró se hundieron e incluso tuvieron que fugarse como el expresidente ecuatoriano Jamil Mahuad después de fuertes recortes.

Pero como casi siempre en argentina, Dujovne es una cosa y la contraria. Baste una definición de su forma de ver la economía nada más sentarse en su sillón de ministro: “Hay que ser como el líbero que maneja la línea defensiva de un equipo de futbol, diciendo: vamos para acá o vamos para allá”. Si hay algo que define a la política argentina, y al país en general, es la flexibilidad. “La única verdad es la realidad”, dijo el expresidente Juan Domingo Perón. Todo se puede cambiar en función de las circunstancias. Y estas señalan que Macri tiene una situación económica complicada, en la que no puede exhibir prácticamente un solo dato bueno después de un año de mandato. El presidente, pese a todo y gracias al deseo de cambio de la sociedad tras 13 años de kirchnerismo, conserva una valoración alta pero no tiene margen político para hacer el ajuste más fuerte que le piden los liberales. Y menos en año electoral.

Argentina y Macri se la juegan pues en 2017 pero, como es habitual en este país, siempre hay una salida inesperada a la que agarrarse. En 2002, después del desastre de 2001, fue la soja, que triplicó su valor y logró el milagro. Ahora al rescate ha llegado la deuda –Macri logró que Argentina volviera a los mercados y como paga mucho más que otros países y estaba muy desendeudada tiene un gran colchón- y una amnistía fiscal descomunal en la que han aparecido más de 100.000 millones de dólares que los argentinos tenían ocultos y que han provocado una recaudación récord en diciembre. Dinero nunca falta. El problema es cómo usarlo y distribuirlo en un país con un 32% de pobreza y una economía disparatada con un 40% de inflación y precios ya más altos que en Europa. Macri insiste en que en 2016 sentó las bases para crecer en 2017. Llegó la hora de la verdad.

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