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La ciudad vendida como anuncio

La vida ciudadana trata de abrirse paso en un espacio urbano cada vez más colonizado por la publicidad, de las lonas en las fachadas a los túneles del metro, pasando por las últimas uvas del año o los stands promocionales

Tengo varios amigos, actores y actrices, que trabajan en publicidad, así que a veces veo anuncios y digo, ¡mira, Menganito mostrando una gran sonrisa profidén en la clínica dental! o ¡mira, Fulanita comiéndose con gran satisfacción un bol de cereales azucarados! o ¡mira, Pituti caracterizado como un alegre pizzero! “Ey, ¡yo conozco a ese!”, añado con indisimulado orgullo; también con la extrañeza que produce observar a alguien que conoces hacer de otra persona, como si estuviera poseído.

Estos amigos y amigas son gente con buen aspecto, que transmite seguridad y confianza, con una excelente dentadura (esto es fundamental), pero al mismo tiempo podrían ser cualquiera de nosotros, por eso nosotros pensamos que debemos ser ellos y encargar una revisión en esa clínica dental, desayunar esos cereales azucarados u hornear esa misma pizza, alegremente, en el horno de nuestro hogar (en los anuncios más que casas o pisos, hay hogares).

El mundo de la publicidad, donde, a cambio de ingresos, habitan puntualmente estos amigos y amigas, es un mundo paralelo en el que las cosas son como deben de ser, todo está bien acabado, en estilizados diseños y colores planos, la gente va bien vestida, pero sin estridencias, los perros son lustrosos, las casas como de Ikea (pero en el buen sentido), los ciudadanos sonríen al espectador y, en ocasiones, trotan a cámara lenta con el cabello al viento. Pero el mundo de la publicidad, casi desde sus orígenes, trata insistentemente de colonizar el mundo real (si es que tal cosa existe), igual que la Nada se va comiendo a Fantasía en La historia interminable.

En una gran ciudad, pongamos que hablo de Madrid, la publicidad se lo va comiendo todo, con la desventaja de que no transforma la urbe en un agradable entorno socialdemócrata y centroeuropeo, como de película de sobremesa, sino que mantiene toda su sordidez contemporánea, tipo Blade Runner; y las personas que la transitamos seguimos sin tener todas las piezas dentales y carecemos del volumen capilar de los que protagonizan los anuncios (aunque cada vez hay más generados por inteligencia artificial).

En los pasillos de metro, por ejemplo, la publicidad muchas veces sale de los espacios tradicionalmente asignados y coloniza las paredes, por ejemplo, con motivo de la promoción de una película y son notorios los casos en los que la estación toma el nombre de una empresa de comunicaciones, como Vodafone, o se ve infestada por una región que quiere promocionar su turismo, como Asturias (y mira que amo Asturias).

Un día, una de las discotecas que frecuentaba salvajemente pasó a llamarse Heineken, y es curioso que el éxito de un músico se mida ahora en llenar WiZinks, siendo el WiZink el Palacio de los Deportes, y es más curioso aún que ese mismo espacio ahora se llame Movistar y yo todavía no sepa lo que es WiZink (lo acabo de consultar: creo que es un banco digital). Al mirar por la ventana o pasear es común que se me presenten grandes lonas publicitarias que cubren las fachadas en obras, cosa que a mi señora le pone de los nervios porque se siente comprensiblemente invadida. Una vez, por cierto, pusieron una lona de la serie ‘Narcos’ donde Pablo Escobar deseaba una “blanca” Navidad y se lio parda.

Es brutal la colonización publicitaria de la Nochevieja televisiva, con unos programas completamente trufados de promociones más o menos disimuladas y con la serie Stranger things poniendo la tipografía a las campanadas para todos los españoles (no estaba sobreimpresa en pantalla, era un anuncio físico sobre el reloj). El resto del año Sol es una plaza dura, durísima, como tantas otras en Madrid (véase Callao) cuya planitud de hormigón es ideal para montar tenderetes de promoción comercial de grandes empresas. ¡Hasta Rosalía tomó el centro de la ciudad como una mera plataforma promocional para su nuevo disco “postreligioso”!

El otro día un amigo sensible a la contaminación visual me contó que se ha aficionado a mirar vídeos en YouTube sobre viajes a la hermética Corea del Norte: más allá de la falta de libertades y la violación de los derechos humanos, que no es poco, le relaja ver un país donde no hay anuncios por todas partes (solo las frases motivadoras del Régimen). No lo dice mucho en público para que no le contesten con el título de aquella obra teatral de Iñigo Guardamino: “Este es un país libre y si no te gusta vete Corea del Norte”.

En fin: que la publicidad se lo va comiendo todo. En uno de los últimos capítulos de la serie distópica Black Mirror aparece una empresa de mejoramiento cerebral que consigue que las personas incluyan anuncios en el habla cuando no pagan la cuota premium de su servicio. Así, uno está de cháchara y de repente dice, sin querer, “Ariel lava más blanco” (dramatización). Acabaremos así, y la gente se acabará llamando Amazon García y Uber Rodríguez de Todos los Santos, y Madrid acabará llamándose Durex, y España acabará llamándose Santander, pero por todas partes, no solo a orillas de la playa de Sardinero.

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