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Depresión Sonora: música para la precariedad

El grupo de Marcos Crespo fijó una foto de esta época en su triunfal concierto en Apolo

Depresión Sonora, en concierto, en una imagen de archivo.JAVIER BELVER (EFE)

Es sabido que la música es un reflejo de las sociedades que la producen, pero nunca deja de sorprender cómo afecta a quien la escucha en un contexto favorable, donde la empatía une y articula. Ocurrió en la sala Apolo, llena, con el público gritando alegremente frases tristes como “otro más que no tiene trabajo... al final no soy especial / soy tonto como todo el mundo... me voy de casa, quiero ser artista / aunque sea una mierda, viviré mi vida”. El ritmo era vivo, la canción sonaba alegre, pero con el poso abatido del post-punk y el cantante cantaba sin énfasis, como si decir fuese una rutina más de una vida gris sin esperanza.

Marcos Crespo estaba embocando la recta final de su concierto y la sala era un hormigueo, con sonrisas repartidas en todos y cada uno de los rostros a modo de puñales para las penas, ansiolítico natural sin contraindicaciones. “Como todo el mundo” contraprogramaba la desazón y el proyecto de Marcos Crespo, mostraba cómo su nombre es un juego de sentidos que hacía olvidar lo difícil que hoy resulta ser joven. Depresión Sonora.

Este músico madrileño evidenció las razones por las que cada día tiene más eco. Sala llena, público muy joven, letras que se conocen de pe a pa y se celebran con alborozo, canciones que tienen ribetes melódicos capaces de memorizarse, estribillos redondos, bajos melódicos, oscuridad ambiental propia del post-punk y guitarras con reverberación: una foto sonora del pasado actualizada con unas letras que son rabioso presente y captan el espíritu de los tiempos en clave juvenil, “ruidos en auriculares para chicos que pasan su tiempo sentados en la calle”.

Esa fue la primera frase del concierto, el arranque de La balada de los perros, la primera canción de su segundo elepé. A partir de ahí, hora y media de celebración y lamento, de ira y angustia, de alegría y esperanza no abobada y también de besos, los que una pareja se obsequiaba en Veo tan dentro mientras en las pausas cantaba con Crespo “quiero estar a tu lado pero no tengo dinero”. Una generación mirándose en el espejo a la que las canciones de Depresión Sonora brindan llaves para franquear las puertas del día a día.

A todo esto Crespo es como cualquiera de las personas que le aplaudían. Es un artista sin aires de artista, que baila sin glamur, viste con la normalidad del que no se ha despegado de una vida anónima y no teme exponer sus fragilidades. Su forma de cantar, desapasionada y sin énfasis, resta tono de consigna a sus frases, por otra parte bañadas en simbología cotidiana: “Que me han dicho que no hay verano / ya no hay diversión / que van a prohibir bajar al parque”, un retrato de los tiempos pandémicos y de las supresiones que fijó su debut en 2020 con Ya no hay verano, esa canción en la que también canta que le dicen que debería estudiar más.

Él no lo hizo y marchó de casa, dijo al final del concierto, y aunque tenía teóricamente miles de opciones, se quedó bloqueado sin hacer nada, captando nuevamente esa sensación de desorientación de muchos jóvenes ante un futuro que parece no ser dorado por su culpa. Dijo también que tenía un bajón porque ya solo quedaban dos canciones y el concierto se acababa. Los títulos de esas dos canciones son otra declaración de intenciones, Gasolina y mechero y Vacaciones para siempre. Remate de un concierto que sonó convincente y certero en manos de un quinteto que coquetea con la baja fidelidad y es hijo de su tiempo. El post-punk no ha marchado, y en tiempos de precariedad suena aún más legítimo.

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