Un tapón llamado Puigdemont
Hay cuatro partidos de derechas en Cataluña y Junts no dispone ahora mismo del liderazgo imprescindible para alzarse con la hegemonía en su espacio político
El relevo de Carles Puigdemont como líder de Junts per Catalunya sigue siendo un tabú en el partido independentista y en su entorno. Lo pudo comprobar Artur Mas la semana pasada,...
El relevo de Carles Puigdemont como líder de Junts per Catalunya sigue siendo un tabú en el partido independentista y en su entorno. Lo pudo comprobar Artur Mas la semana pasada, cuando se vio obligado a rectificar en 24 horas unas muy prudentes y respetuosas consideraciones sobre el cambio de liderazgos en la derecha nacionalista realizadas en una entrevista periodística. Para los suyos, Puigdemont es intocable.
Sin embargo, el problema está ahí. Todo el mundo lo ve. Y si alguien no lo viera, los datos de los sondeos lo aclaran. Según la reciente encuesta del Instituto de Ciencias Políticas y Sociales (ICPS) publicada esta semana, solo el 10,2% de los electores prefiere a Puigdemont como presidente de la Generalitat, prácticamente empatado con Oriol Junqueras, el líder de ERC y muy cerca de Silvía Orriols, la figura ascendente en el ámbito de la derecha nacionalista, que alcanza el 8,8%. El presidente Salvador Illa es el preferido del 20,9%.
Artur Mas abordó el problema con suma delicadeza, para no herir susceptibilidades. Invocó nada menos que el ejemplo dado por el gran articulador de la derecha nacionalista contemporánea, Jordi Pujol. Argumentó que cuando Pujol vio, hace 25 años, que “debía hacer un relevo, lo hizo”. Agregó que luego, hace ya 15 años, él mismo entendió que debía apartarse en beneficio de la causa nacionalista. Y lo hizo. El criterio expuesto por Mas fue que ahora es Puigdemont quien ha de tomar la decisión de abandonar o no el cargo. No dijo cuándo ni cómo cree él que debe hacerlo y subrayó que la iniciativa recae en el propio Puigdemont.
Hay cuatro partidos de derechas en Cataluña y Junts no dispone ahora mismo del liderazgo imprescindible para alzarse con la hegemonía en su espacio político. O, al menos, conseguir una primogenitura clara. Lo que durante décadas fue la rotunda ventaja de CiU sobre el PP en el escenario catalán se está convirtiendo en una inesperada competencia de Junts con la Aliança Nacional de Sílvia Orriols. En beneficio de Junts opera que la decisión del PP de Alberto Núñez Feijóo de seguir alimentándose del anticatalanismo en su oposición al Gobierno de Pedro Sánchez y en sus batallas electorales, limita sus opciones en Cataluña al segmento del nacionalismo españolista que habla castellano. Y poco más. Eso mantiene viva la esperanza entre los antiguos pujolistas, como el propio Artur Mas, de que tal vez sea posible volver a ocupar el amplio espacio político que antaño representaba CiU.
El problema para Puigdemont es que aparece como una figura atada a su peripecia de 2017. Lo que para cualquier observador medianamente distanciado de los hechos constituyó una desgraciada gestión de una crisis constitucional saldada con una onerosa derrota, para el núcleo de sus seguidores independentistas sigue siendo una gloriosa epopeya que ilumina su futuro. Y Puigdemont, el mártir que merece continuar guiando a su pueblo. La realidad cotidiana en la Cataluña de hoy indica, sin embargo, que Junts está siendo incapaz de obtener rendimiento político de su mejor baza, la privilegiada posición de bisagra en el Congreso de los Diputados. En la realidad, Puigdemont ejerce como un tapón cuya permanencia impide extraer las consecuencias del fracaso de su gestión en la década pasada y abrir nuevas perspectivas para su partido. Incluso Artur Mas se atreve a sugerirlo.