Idilio en Santa Marta, la perla del Caribe colombiano
La ciudad más antigua de Colombia ha cumplido 500 años posicionada como uno de los principales destinos turísticos del país gracias a su centro histórico, sus playas y el recuerdo de Simón Bolívar
Como tantas ciudades rodeadas de paisajes idílicos, quienes visitan Santa Marta no siempre se sumergen en sus históricas callejuelas de edificios bajos y monumentos coloniales. En lugar de hurgar en su pasado, muchos viajeros ponen rumbo a cualquiera de los fragmentos de cultura y naturaleza en torno a la capital del departamento del Magdalena, en la costa caribeña de Colombia. Santa Marta, sin embargo, desprende por sí misma un encanto que a veces se ha visto eclipsado por la exuberancia del parque natural Tayrona, Minca o la misteriosa Ciudad Perdida, antigua población de los indígenas de la región antes de su colapso hacia 1600.
Santa Marta fue fundada por Rodrigo de Bastidas en julio de 1525, aunque dos décadas antes el explorador español ya había fondeado en su bahía. En sus cinco siglos de historia, la ciudad ha sufrido ataques piratas, terremotos y una turbulenta relación con unos nativos que recibieron a Bastidas con los brazos abiertos a pesar de que, a su muerte, le sucedieran un tiempo de conflicto y guerra. A cambio, la memoria del fundador del primer asentamiento se mantiene en estatuas, un parque junto al mar, el malecón y el nombre de autobuses urbanos.
Al llegar a Santa Marta ya no hay que abrirse paso entre la espesura, como las crónicas narraron en su día, pero la belleza de una bahía de aguas cristalinas presidida por el islote del Morro, arenas blancas y la montaña costera más alta del planeta invitan a adentrarse en el paisaje que Juan de Castellanos rememoró en su elegía a Bastidas: “Es aquesta marítima ribera montaña de grandísima frescura, y la continuada cordillera”.
El carácter de la perla del Caribe, como se conoce a Santa Marta por el comercio de perlas que marcó sus días, ha ido moldeando un lugar que fue expandiéndose desde que los conquistadores construyeran, nada más desembarcar, las primeras casas de troncos de madera y una iglesia. Pero los largos años coloniales que hacen de ella la ciudad más antigua del país han dejado un reguero de bonitas construcciones en el centro histórico, cuya reducida dimensión permite explorarla a pie por sus calles adoquinadas.
Patrimonio, cultura y turismo
La catedral de Santa Marta y la icónica Casa de la Aduana, con su característica balconada de madera, se levantaron en el siglo XVIII. Son dos de las construcciones más antiguas, con permiso del Seminario San Juan Nepomuceno, y ambas están conectadas al nombre de Simón Bolívar, otra de las figuras icónicas de la ciudad: si entre las fachadas blancas de la basílica de estilo renacentista, donde se encuentran los restos de Bastidas, estuvo sepultado Bolívar durante 12 años, en la segunda, como recuerda una placa sobre la puerta de entrada, se instaló la capilla ardiente del héroe de la independencia de Nueva Granada tras su muerte en diciembre de 1830.
La antigua Casa de la Aduana, declarada Monumento Nacional y sometida a una profunda transformación siguiendo métodos parecidos a los de 1730, es hoy el Museo del Oro Tairona, compuesto por más de medio millar de objetos prehispánicos, como cerámicas o piezas de orfebrería. La civilización de los tayrona, el conjunto de pueblos nativos que vivió en la región hasta finales del siglo XVI, ha desembocado en nuestros días en los cuatro pueblos indígenas (wiwa, kankuamo, kogui y arhuaco) que habitan las faldas de la Sierra Nevada. El museo, además, dedica una de las salas a Bolívar, pues el conocido Libertador se alojó aquí varios días. La memoria del político venezolano, además de perpetuarse en la plaza a la que da nombre y donde turistas y locales se mezclan a los pies de su estatua ecuestre, tiene su mayor homenaje mar adentro.
Ese símbolo es la Quinta de San Pedro Alejandrino, que, además de reflejar los casi tres siglos de colonización, muestra el auge de la economía a base de mano de obra esclava. El Estado compró 200 de sus 500 hectáreas al último propietario del ingenio de azúcar, miel y panela para conservarlo, con su trapiche, el sótano y su destilería, que se llegó a extender por buena parte de la ciudad. Es recomendable aceptar la guía de los estudiantes voluntarios de la Universidad del Magdalena para ahondar en los entresijos del lugar y su conexión con Santa Marta y Joaquín de Mier, el más conocido de sus propietarios, pues trajo a su casa a Bolívar. Aquí murió. Los últimos días de vida del revolucionario se celebran en cada una de las salas de la casa. El mobiliario original de la habitación principal y de la biblioteca, los botones de su chaqueta, la máscara mortuoria de mármol de Carrara, la partitura con las notas musicales que se interpretaron en su funeral o un rizo de su pelo atrapan el interés (y curiosidad) del visitante.
La Quinta también alberga el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo, un proyecto salido de la imaginación del artista peruano Armando Villegas. En sus salas se exponen una multitud de pinturas y esculturas de artistas como Alejandro Obregón, muestras del indigenismo del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín o del arte conceptual de la colombiana Ana Mercedes Hoyos. Todo ello enclavado en un buen resumen de bosque tropical seco con una colección de ejemplares (tamarindos, samán campano, una ceiba) que llegan a superar los 600 años de vida.
A los esfuerzos por revitalizar la vida cultural de la ciudad se han unido otras fórmulas, como la remodelación del impresionante Teatro Santa Marta, devuelto en 2021 al esplendor art déco de los años cuarenta después de un incendio y su abandono. O a iniciativas como la Librería Café de Pombo, parada obligada de lectores. El proyecto está auspiciado por la Universidad del Magdalena y atrae, más que a legiones de turistas, al público local. Porque en Santa Marta aún se mezcla la intensa vida turística con la palpitante rutina de la población caribeña. El Mercado Público, situado en la carrera 9 y 10, es un espectáculo del latido cotidiano que incluso ha sido objeto de investigaciones antropológicas. A sus tres edificaciones se suman una multitud de puestos y carritos en el exterior, además de almacenes y tiendas, que conforman un paisaje de puestos de alimentos, ropa, plantas medicinales, viejas librerías, ferreterías, mueblerías o bazares. Han pasado dos siglos desde que la plaza de la Carnicería, una antigua laguna desecada que alberga ahora el Parque de los Novios, abasteciera de alimentos a la población. El mercado volvió a mudarse de lugar y nombre varias veces hasta desembocar en su actual ubicación.
Si durante el día el silencio y el calor derriten los pasos de los turistas por el centro histórico, ese bullicio se traslada, al caer la tarde, a los pies de sus edificios bajos, restaurantes, hoteles, discotecas, músicos callejeros, vendedores ambulantes y plazoletas. En el Parque de los Novios, a la sombra de un frondoso conjunto de árboles y un templete de estilo neoclásico que solía acoger conciertos dominicales, ahora tocan grupos de música vallenata.
El parque es el corazón del casco histórico y desde aquí, siguiendo la calle hacia el malecón, se encuentran una sucesión de tiendas, incluida una de sombreros y un mercado de artesanías con varios puestos, mientras que en la vía peatonal en la otra dirección hay una variedad de restaurantes de comida rápida, caribeña, italiana, árabe, mexicana, steak house o peruana. Muy cerca, entre los muros de la encantadora y estrecha calle Tercera, cuyo primer tramo se conoce como Callejón del Correo por la presencia de la colonial Casa del Correo, se arraciman más músicos, vendedores de artesanías y terrazas de restaurantes: este cruce de caminos recrea el encanto arquitectónico de sus días de esplendor.
Una belleza natural
Además de la atmósfera de haciendas cafeteras en las estribaciones de la Sierra Nevada, como las que se pueden visitar en Minca, o del desarrollo del ferrocarril en el siglo XIX, la industria de la banana que atrajo a la región a miles de habitantes de todo el país se refleja en barrios como El Prado, donde los directivos de la United Fruit Company se instalaron junto a sus familias. Este barrio fue una pequeña aldea estadounidense de casitas de madera con todas las comodidades, desde clínicas a clubes de tenis pasando por campos de golf a orillas del río Manzanares. Muchas de esas casas siguen en pie, algunas transformadas en instituciones educativas o para usos comerciales y muchas otras en venta. Pero su típico estilo ―casitas bajas, tejados de zinc, estructuras de madera― mantiene la huella extranjera a apenas unos pasos del corazón de una ciudad, por cierto, bastante calurosa.
A cambio, la brisa del atardecer alivia el bochorno, y entonces los turistas pasean en el frente que desemboca en la Marina, con su puerto de barcos recreativos y rematada por un edificio con bares y restaurantes. El paseo se extiende durante menos de un kilómetro, aunque esa distancia es suficiente para explorar el latido de Santa Marta: vendedores de zumos y deliciosas arepas, jóvenes musculándose en los parques, parejas al borde de la playa urbana, puestos de artesanías y un hombre y una mujer que, desde hace años, acercan los planetas y constelaciones a través de su telescopio y sus explicaciones.
Esta playa urbana es solo un pequeño indicio de los extensos arenales que rodean a la ciudad, ya que a lo largo de más de 10 kilómetros se suceden, entre otras, Playa Salguero, Plenomar, Playa Tortuga o El Rodadero, el sector más conocido. Aquí se concentra la mayoría de hoteles al sur de Santa Marta. Desde que se comenzaran a construir los primeros edificios de El Rodadero a mediados del siglo XX, la línea costera se ha ido poblando de apartamentos, centros comerciales, torres de hoteles y restaurantes donde probar pescados o marisco. También hay un acuario con 150 especies diferentes, como tiburones, tortugas, peces globo o rayas, entre otros, y que participa en varios proyectos de investigación sobre el ecosistema marino.
Desde la playa de El Rodadero parten las lanchas rumbo a Playa Blanca, un bonito escenario envuelto en naturaleza en el que respirar más sosiego que en las siempre ajetreadas playas caribeñas. Las embarcaciones llegan hasta las estribaciones costeras del cerro Ziruma, inaccesible por carretera, después de un trayecto de veinte minutos: a solo unos pasos de Santa Marta, la claridad de sus aguas, enmarcadas en un paisaje deslumbrante, cautiva a quienes prefieren practicar actividades acuáticas, como kayak o buceo. Este ecosistema tiene su secuencia en las playas hacia el norte de la ciudad antes de internarse en el parque nacional natural Tayrona. Taganga, una aldea de casitas encaramadas en los cerros y botes pesqueros en la orilla, por ejemplo, es la más llamativa. Aquí aún se puede bucear junto a miríadas de peces y arrecifes de coral, al igual que en la vecina Playa Grande, al otro lado de la bahía de Taganga y situada a apenas una hora de agradable caminata desde el pueblito de pescadores.
Y todas estas escenas casi oníricas, el sol del atardecer sobre las arenas blancas, las laderas anaranjadas, las aguas cristalinas y una vegetación exuberante a los pies de la sierra, en fin, componen el mismo cuadro que vieron los ojos de los primeros navegantes que surcaron estos mares hace más de cinco siglos.