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Elemental
Coordinado por Juan Carlos Galindo

13 novelas negras leídas y analizadas para disfrutar del invierno

Llega el frío, una de las mejores excusas para quedarse en casa leyendo. Y, como siempre, la ficción criminal viene cargada de buenos libros

El género negro siempre da de sí. La excusa es lo de menos, pero la del frío me gusta especialmente. Aquí van algunas de las mejores novelas que he leído estos meses y que se pueden encontrar en...

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El género negro siempre da de sí. La excusa es lo de menos, pero la del frío me gusta especialmente. Aquí van algunas de las mejores novelas que he leído estos meses y que se pueden encontrar en librerías. He buceado en el océano de novedades y me he topado con varias que he terminado a duras penas o que no merecían la pena desde el principio. Eso me ha quitado tiempo para leer otras cuya ausencia será considerada por algunos poco menos que un delito. No queda más remedio que seleccionar pero, como siempre, les garantizo que aquí está todo leído. Vamos desde alguna sorpresa underground a dos novelas monumentales, pasando por un par de ejemplos de ese subgénero que podríamos denominar “pueblo pequeño, infierno grande” y otras muchas cosas. Pasen, lean y disfruten.

Una obra maestra

El señor Fox, Joyce Carol Oates (Alfaguara, traducción de Ismael Belda). Con Carol Oates hay que tener cuidado para no morir aplastado (y no por su tendencia a crear libros larguísimos). Uno abre esta novela, enorme en varios sentidos, y encuentra desde el inicio tal efervescencia narrativa, tal facilidad, tales excesos que no sabe si va a poder con todo. Empieza la narración desde el punto de vista de una terrier que chapotea en una charca y lo sigue con una niña repelente y fascinante a partes iguales que tira de su padre en esos mismos humedales. Algo turbio se esconde por ahí, pero eso viene luego. En el tercer capítulo toda esa exuberancia se sustituye por un estilo seco para hablar de dos hermanos chatarreros y establecer el tercer vértice de la historia: ellos encuentran el cadáver, pero ¿qué cadáver? Manejar el ambiente con el estilo: no lo intenten en casa. Y llega el señor Fox, en una escena terrible, asquerosamente pedófila, inevitable dentro de esta historia. Y con todas las cartas en la mesa, Carol Oates nos envuelve con su verborrea, nos controla la información, nos deja avanzar lo justo.

En la página 200 (y son 720) sabemos quién es Fox y cómo ha llevado su carrera pedófila, intuimos a quién corresponde el cadáver ¿o no? y hemos conocido a alguna de las víctimas. Y, sin embargo, la fiesta literaria acaba de empezar. Ahora disecciona la historia por capas: la historia del perpetrador (ese profesor de primaria tan encantador para todos), la del hombre que lo ve sin que nadie más se dé cuenta (un héroe inesperado), el entorno de las víctimas… Puede que el libro fuera igual de bueno ¿incluso mejor? sin la parte del cortejo a algunas de sus gatitas, pero entonces no estaríamos ante este juego perverso de contar con belleza algo abyecto. Y cuando el lector anda con la guardia baja, algo vuelve a cambiar. Luego, llega la investigación, impecable en el procedimental y en la narración. El policía de provincias que la lleva a cabo es un hallazgo, un personaje con el que no pocos harían una serie de ocho novelas. Y ojo a su ayudante, porque en esta novela excesiva cabe incluso la clásica pareja investigadora. Y uno siente cierto alivio al salir de las garras del señor Fox tras 400 páginas. Pero vuelve, en realidad nunca se ha ido, ahí tenemos a sus víctimas, y no puedes parar. Carol Oates te hace mirar, te cuenta el infierno con belleza. Y, para colmo, tiene giro final. Carol Oates ha vuelto a hacerlo.

Pueblo pequeño…

Los crímenes de Coam House, Bayley Seybolt (Destino, traducción Albert Vitó i Godina). El planteamiento es el siguiente: escritora en decadencia que ha conocido la gloria del bestseller antes de equivocarse en todo en la vida y con trauma a cuestas (muerte de su amado marido) busca en un pueblo perdido la posibilidad de redimirse y volver a la senda del éxito. ¿Y cómo? Pues investigando un caso antiguo para un libro que ni siquiera va a firmar. Lo que ocurre es que todo está bien en esta novela contada en primera persona y en la que no tardas en empatizar con la protagonista y su investigación sobre los crímenes que ocurrieron en un orfanato de Vermont, en la casa Coram del título. Como elemento original, unas declaraciones de los implicados, sobre todo víctimas, ante el juez en un juicio que aconteció años antes. ¿Por qué es original? se preguntarán. ¿No es lo mismo, esa mirada al pasado, de la que usted se ha quejado como recurso cómodo en otras ocasiones? Pues sí, pero aquí se centra en un aspecto esencial para entender por qué funciona la novela: las versiones sobre lo que ocurrió son múltiples e incluso contradictorias, así que lo que se cuenta en el juicio no sirve de explicación facilona sino todo lo contrario. El procedimental está bien elaborado y el juego con la mente de Alex Kelley, cómo va desconfiando de sí misma, teje un relato bien sostenido. También se refleja en su justa medida la vida en aquel pueblo perdido y en teoría idílico de Estados Unidos. En definitiva, una primera novela que podría haber sido como otras muchas y que, sin embargo, se eleva por encima de sus iguales para dar un relato adictivo y bien construido a los lectores.

El susurro de la nieve, Nicolás Obregón (RBA, traducción de Efrén del Valle). Una historia con inspiración clásica norteamericana construida por este autor de nacionalidad inglesa, origen medio español y periplo vital por Japón y Estados Unidos, que ya nos sorprendió a todos con La luz azul de Yokohama (Salamandra, 2017) novela que se sumergía de forma magistral en el crimen de los Miyazawa, uno de los misterios sin resolver más emblemáticos de Japón. En este caso el argumento es el siguiente: la detective Dakota Finch vuelve a su pueblo natal, Néctar, para investigar un asesinato después de haber caído en desgracia por sus métodos expeditivos en la policía de Detroit. Pronto sabemos que el caso está relacionado con la muerte, muchos años atrás, de su amiga Flora en aquellos mismos parajes. Vale, esto ya lo hemos visto, dirán algunos. Sí, pero Obregón saca de la chistera varios recursos para mantener el interés. El primero, la protagonista: lenguaraz, dura, dispuesta a cualquier cosa, llena de agujeros y demonios interiores. Después, dosifica bien la información, aunque una parte sea, de nuevo este recurso, escenas ambientadas en 1998 y que explican claves del argumento actual. Y, sobre todo, introduce otro escenario: una comunidad cerrada de gente estilo amish, anclada en el pasado, un misterio para los habitantes de Néctar que los miran con recelo, más aún cuando la trama llega irremediablemente a su comunidad. Obregón utiliza las peculiaridades de esta gente (no mienten, creen en un dios todopoderoso y cruel, casi ninguno habla inglés, temen todo lo que tenga que ver con el exterior) para enriquecer el interés de la búsqueda de la verdad. La novela gana según avanza, apoyada hasta un final por la fuerza de Dakota Finch y con un par de sorpresas que algunos verrán venir y otros no. Ya saben, si les gusta eso de pueblo pequeño infierno grande, han aterrizado en el sitio adecuado.

Grandes dosis de verdad y dureza underground

Aprieta, Francisco Luis Manero (AdN). Entré en esta novela a ciegas, sin saber nada de su autor y casi nada de su argumento, atraído por la portada y el aire punky que desprendía. Empieza con una escena impactante no apta para paladares sensibles, pero contada con un lenguaje sólido y cierta pegada. Decido continuar. Escenas de barrio bien representadas para darnos a conocer a los protagonistas: Dani, alias Dos Frentes, Nelson y Carlos. Son pobladores de la parte perdedora del mundo y lo saben, lo sabemos. Transitan por las calles de Valdeyeros, Peñagrande, un Madrid a eones del barrio de Salamanca. Los tres andan en líos de diversa índole (dos de ellos muy maltratados por la vida) y Manero consigue que empaticemos incluso con Dani, un criminal de libro, un tipo que puede llegar a ser brutal y gracioso en su amor por la derrota. Tras el planteamiento inicial y ciertos avisos del desastre que se cierne sobre los protagonistas, se nota con agrado que estamos ante una voz trabajada, un tono que resiste. Y hay lugar para cierta bondad, y un humor crudo, en este caos violento y darwiniano en el que viven los protagonistas. Pero el lector recuerda entonces el capítulo inicial y sabe que, entre trapicheos, tráficos, palizas, tanganas, robos, etc. algo va a ir irremediablemente mal, muy mal. Manero nos hace mirar al horror, asomarnos a los abismos desde los que miran estos chavales y a la gente de su entorno. Me habría ahorrado alguna disgresión hacia el pasado de algunos personajes y no estoy del todo seguro de cómo maneja el autor cierta apelación al sentido mismo del texto justo antes de que todo se desencadene, como si no se fiara de lo que el lector ya infiere. Son dos pequeños peros en una obra que recupera lo mejor de la literatura de delincuentes cutres y gente arrastrada por la vida. También incluye pequeños trazos de novela de iniciación y es en sí misma una obra muy social sin que haya ni una línea panfletaria, todo acción y personajes. Para un final en el que todo se desboca, cronometrado y en forma de pequeños cuadros narrativos interrelacionados, el autor nos tiene guardados un par de buenos giros. Termina como empieza, con una bofetada en la cara del lector que se haya atrevido a quedarse. Muy recomendable. Alto voltaje.

Ambar, Nicolás Ferraro (Grijalbo). Coges el libro, lo abres por la primera página, y estás en una historia de Jordan Harper o de S.A. Cosby, autores a los que el propio Ferraro admira. Ambar, la joven y baqueteada protagonista de la novela, se pasa la vida huyendo con su padre. Este aparece en las primeras páginas herido, con un muerto en el asiento del acompañante de su Wolkswagen. Su madre hace tiempo que no está, y cuando estaba daba igual. La narradora es esta adolescente que nunca tendrá una adolescencia, no, al menos, una según los estándares habituales no, al menos, para alguien que sabe más de armas, teñirse el pelo y cambiar de identidad que de amigas y series de televisión, por ejemplo. Su existencia la gobierna la violencia: la de su padre y la de la vida. Y adora Pearl Jam. La novela está escrita en primera persona y en presente, decisión arriesgada pero que le da mucha fuerza a la narración. Así se despide en el primer capítulo: “A lo lejos, en el filo de la tierra, el sol es un fósforo que el viento termina de apagar y las sombras de todo, auto, casa, papá, yo, se vuelven una sola y se entierran en el pasto. Pienso que ahora, con quince años, ya no tengo sombra, solo oscuridad”.

¿Dónde va a parar esta huida hacia delante, esta venganza de carretera que idea el padre para acabar con todos los sospechosos de haberle tendido una trampa? ¿Cómo cambiará ese viaje por una Argentina próxima a la Triple frontera, de bares cutres, mafiosos de medio pelo y estaciones de servicio a principios del siglo XXI? En sus 179 páginas cabe mucho. Cabe una narración tirada con fuerza por un personaje inolvidable que camina por el filo de la autodestrucción; caben los diálogos con el padre, su humor, su desesperanza; cabe una mafiosa (Eleo, otro gran personaje), que cuida de sus nietos mientras organiza sangrientas venganzas y tráficos ilegales; caben historias de amistad entre mujeres solas; cabe el amor. Ferraro tiene la virtud de la frase justa, de la descripción perfecta con una imagen, media línea. Hay violencia, pero el autor no se recrea en ningún momento, no hay gusto gore sino una realidad que es así. Todo camina hacia el desastre para la pobre Ámbar, pero atentos a la evolución del personaje. Ya solo les queda buscarla y leerla.

Días sombríos, Gene Kerrigan (Sajalín, traducción de Ana Crespo). Esta pequeña editorial sigue trayendo lo mejor de un estilo. Son los editores en español de Chriss Offutt, Ted Lewis, del mítico Edward Bunker, de Daniel Woodrell. Palabras mayores. Un olimpo de los narradores de la versión oscura de nuestra sociedad, de los bajos fondos, de los delincuentes más chuscos, de los paisajes más grises. A los citados tenemos que unir a Gene Kerrigan, periodista irlandés, novelista ganador del Gold Dagger por Furia (también en Sajalín, lean y verán lo que es bueno) y autor de esta novela que traemos hoy. Volvemos a las calles de la Irlanda del siglo XXI, lejos del milagro económico, en un pub donde la vida de un expresidiario va a cambiar para siempre cuando vuelve a meterse en líos por un impulso. Él trata de hacer las cosas bien, pero se lanza a por unos sicarios que iban a ejecutar a otro tipo y todo se tuerce. Kerrigan mantiene dos tramas con comodidad: por un lado, la del objetivo de los sicarios y por qué querían matarlo; por otro, la del protagonista. Los personajes de Kerrigan viven de la violencia y el engaño, pero a veces tienen mucho tiempo libre (conducir por amplias praderas con un cargamento o vigilar durante horas a un tipo pueden ser actividades muy aburridas) y se dedican a rumiar. Y ahí el autor irlandés, como en los diálogos, alcanza su mejor nivel. Hay policías, claro, y no están nada mal: viven quemados y muestran una realidad sombría en el lado de las fuerzas de la ley. Son tan reales como los canallas y como los que se han quedado a medio camino, quienes fueron criminales en un barrio que era lo normal y no terminan de salir del círculo. Es lo que le ocurre al protagonista, al que seguimos en sus esfuerzos y paranoias mientras el mundo alrededor se pone en contra. Pero, hay sorpresa, porque por debajo bulle el choque de dos mundos criminales y una batalla por el control de las calles de Dublín.

Dos apuntes para terminar. Tiene casi 400 páginas, pero se leen de maravilla. En parte, tiene que ver con el uso de distintos puntos de vista, siempre bien marcados, siempre acorde con el ritmo de la novela, que acelera sin aspavientos y con un sentido de la tensión admirable en la última parte. Ah, y pasarán un buen rato, por mucho que el final no sea precisamente reparador.

Tres apuestas muy literarias

Wendy, Eugenio Fuentes (Tusquets). No me voy a extender mucho en este libro porque los lectores podrán leer un artículo completo en los próximos números de Babelia, uno en el que repaso los pormenores de la literatura de Fuentes y su apuesta por un personaje, Ricardo Cupido, que celebra la décima entrega en perfecto estado de forma. Todas las virtudes de anteriores obras (el gusto por la prosa bien armada, el ritmo tranquilo, la ausencia de fuegos artificiales) se dan también en esta. Cupido busca a Wendy, una mujer de Breda (ese espacio imaginado en el que se desarrollan las novelas, una realidad para miles de lectores) que está detrás del chantaje con un vídeo sexual a una estrella del fútbol. Esta sería la trama central y la excusa de Fuentes para ir mucho más allá. Como él mismo decía en el ensayo Los bajos fondos del corazón: “Más que los bajos fondos de la sociedad, le interesan los bajos fondos del corazón y priorizan, antes que el mensaje ideológico, la solidez y coherencia de los personajes […] y la construcción de un relato que refleje la naturaleza humana desde sus más profundas raíces y en todas sus dimensiones, con todos sus intereses […] y con todas sus incógnitas…”. Los fieles van a encontrar aquí otros personajes clásicos (atención a el Alkalino, uno de los mejores secundarios de la historia reciente del género) y quienes aterricen por primera vez no van a dejar de leerlo y de habitar en Breda. Junto a las injusticias y los fantasmas, pero también junto a un detective único, un hombre justo, un personaje sin igual.

El misterio de la tercera milla, Colin Dexter (Siruela, traducción de Pablo González-Nuevo). Puede ser este mi libro preferido de una serie estupenda. Hay varias razones. Por un lado, tenemos el nivel habitual en los libros de Dexter (buenas tramas, respeto al lector, personajes complejos). Por otro, conocemos la historia de amor y abandono de Morse cuando era joven (sí, cuando era el personaje que vemos en la serie de televisión contemporánea) y sentimos que el personaje (que en esta novela tiene 50 años) se completa ante nuestros ojos. Pero, además, el caso nos lleva de lleno a la universidad, lo que en Oxford son palabras mayores. Ha desaparecido un profesor especialmente odioso y el rector pide ayuda a Morse, quien, además, fue su alumno. Un aviso para quienes empiecen con Dexter por primera vez: el protagonista no aparece hasta la página 50; lo anterior es una calmada e inteligente puesta en escena del hecho criminal que se va a investigar. Es el estilo de Dexter, no está hecho para gente sin paciencia, pero merece la pena dejarse mecer por ese ritmo, al que acompaña con un truco marca de la casa: los giros de guion existen, claro, pero están ocultos en una línea, generalmente en los pequeños monólogos interiores con los que el protagonista va resolviendo los misterios. En cada novela prueba un juego. En este caso, pone unos pequeños resúmenes al principio con frases tipo: “habiendo tomado el camino correcto gracias a las pistas equivocadas, Morse encuentra ahora su criterio casi completamente justificado”.

La serie televisiva gana en un aspecto, eso sí: es verdad que los libros se fijan en un Morse ya mayor, que la serie contemporánea no deja de ser una precuela, pero me cae mucho mejor el inspector joven que este, que a veces resulta un pelín machista (los libros están escritos en una época en la que esto era normal) y demasiado cascarrabias. Pero esto lo digo porque tengo el modelo televisivo, un personaje excelso, en mente. En cambio, las novelas son mejores en los diálogos entre Lewis (subalterno de Morse) y el protagonista, que forman aquí una perfecta pareja holmesiana.

Cinco meses de invierno, Kames Kestrel (Salamandra, traducción de Jofre Homedes). Una novela que se merece cada palabra elogiosa que ha recibido a lo largo y ancho del mundo literario negrocriminal, cada premio (incluido el Edgar). Un ejercicio narrativo monumental al que el autor confiesa que le ha quitado casi 300 páginas. Ignoro cuál sería el resultado, pero lo que va a tener el lector entre sus manos es una novela criminal ambientada en la II Guerra Mundial y que se inicia en Honolulu poco antes del bombardeo japonés de Pearl Harbour; una historia que viaja a Japón y vuelve a Estados Unidos, que cada vez que se encuentra en un lugar cómodo, uno que podría llevarnos a una novela buena y con un final a la altura, pega un salto, asume un riesgo, mejora. El argumento: Joe McGrady, antiguo capitán del ejército, es un policía en Hawai que se enfrenta a un complicado caso de doble asesinato. Acompañado por el violento Fred Ball ―qué buena pareja, qué poco convencional―, navegará por las calles de una ciudad corrupta, nocturna, peligrosa, voluptuosa. Está enamorado, quiere ser un buen investigador, pero el caso le lleva lejos de casa y ahí todo se complica. En Japón conoce la brutalidad de la guerra, la amistad y la lealtad, el amor, y encuentra oscuros motivos para volver a la investigación del inicio. Se abre puertas que le cierran otras para siempre. ¡¡Qué increíble acto intermedio en esta gran novela negrocriminal! No se puede contar más sin destriparla.

La novela pasa del policial a la historia de amor y de ahí al policial con una facilidad pasmosa, todo solvencia narrativa, y no para de crecer hasta el final, sin miedo a contar una historia grandiosa. Uno de los libros negrocriminales del año.

Gijón por partida doble y un poco (más) de crítica social

Flor de agua, Marta Huelves (Maeva). Este es el libro de la selección que he leído en audiolibro, narrado por Paula Iwasaki. En la búsqueda insistente de las editoriales por el próximo bombazo del noir del norte me encuentro con esta historia, ambientada en Asturias. Es el tercero de una serie (Oriente Astur) de la que no he leído los dos primeros, algo que no presenta ningún problema. Es el típico policial armado en torno a un grupo investigador de quienes vamos conociendo carácter y vida y que caminan liderados por Marina Roldán, subinspectora: recién ascendida, recién divorciada, llena de traumas y conflictos interiores. Su pasado se revisa con habilidad pero, ojo, quien quiera leer todas sin destripe debería ir en orden. Su grupo de la Brigada de Oriente (casi tan amplio como las huestes del Adamsberg de Fred Vargas) tiene que investigar dos muertes relacionadas ocurridas en torno a la festividad de San Juan con 20 años de diferencia. El asesino se caracteriza por la mutilación de los genitales de las víctimas y un detalle, un objeto con forma de flor de agua, que coloca en la boca de los cadáveres. Aparece descrito como un asesino sádico que ataca con precisión, un tanto mitificado. Ahí estuve a punto de dejarlo, demasiadas novelas de asesinos listos y retadores y minuciosos en mi haber, pero decidí darle una oportunidad. Me encuentro con otros tópicos del género: las víctimas tienen todas un pasado común, hay una especie de organización ultra de fondo, etc. El lenguaje recurre también a varias estructuras muy a mano en estos ámbitos negrocriminales. Aunque sé que es un ingrediente de este tipo de noir, la trama es mejor cuanto más se aleja de las supersticiones y otras historias locales. Destacaría dos aspectos para terminar. Por un lado, una parte de la trama que no quiero desvelar y que tiene relación con puntos emblemáticos de Gijón; está bien llevada. La otra, es que juega con esa información para que el lector sepa más que los investigadores y eso, que no es nada fácil de tratar bien, lo acomete con acierto. Dicho todo esto, es entretenida y dará buenas horas de evasión a muchos lectores del género. Por algo estará entre las más escuchadas de Audible.

La Capitana, Susana Martín Gijón (Alfaguara). Segunda incursión de la autora en el híbrido histórica-negra tras darse a conocer hace unos años con la serie de Camino Vargas. ¿Qué nos encontramos? Pues antes de nada, una pareja investigadora de lo más peculiar: sor Ana de Jesús, la Capitana del título, ¡menudo personaje! y fray Juan de la Cruz, el místico, el escritor, el reformista, el santo. Se encuadra, por tanto, dentro de la corriente en la que encontramos, entre otros a Luis García Jambrina, por partida doble, o Lorenzo G. Acebedo con las historias protagonizadas por Gonzalo de Berceo. Granada, 1585. Una ciudad arrasada por la Reconquista y recorrida por el mito de la posible sublevación de los moriscos. El hallazgo de un cadáver en el convento de la Capitana amenaza con la ya dañada credibilidad de la institución carmelita, que se aliará con Juan de la Cruz para deshacer el entuerto. La lectura resulta fluida, las intrigas sólidas, aunque me parece más una novela histórica que negra, los personajes a la altura del conjunto. Todo esto se completa con algo que igual no se ha subrayado lo suficiente: hay mucho de novela de aventuras, y eso divierte. Si van por Granada, léanlo antes y sigan las huellas, visibles, de esta aventura negra por la ciudad histórica.

Limpiezas traumáticas, Laura Balagué (Alrevés). Esta autora lleva unos años bajo el radar, construyendo policiales entretenidos protagonizados por la oficial de la Ertzaintza Carmen Arregui. La conocí en 2015 cuando ganó el premio en Aragón Negro con la primerea aventura de su heroína. Son novelas con cierto perfil social y en este caso lo vamos a ver de manera muy intensa. El argumento se desata cuando una empresa de limpiezas encuentra el cadáver degollado de un hombre en una vieja villa abandonada en San Sebastián. Además, hay una droga muy potente con “nombre de seta” (como dice uno de los personajes) que está haciendo estragos en las calles de Euskadi. Las dos tramas confluyen en una narración bien llevada, clásica historia de comisaría con varios personajes (cada uno con un perfil: el tímido, el bocazas, etc.) y vías distintas de investigación abiertas. San Sebastián es el escenario y se fija en su belleza, pero se aleja de la postal. Me gusta especialmente un aspecto de Arregui: es una mujer que encuentra en su familia sostén y diversión. Su marido es un profesor y cocinero excelente y su madre, que pasa de los ochenta, una cómplice de primera categoría; sus hijos ya son mayores. Se trata de una novela ágil, con mucho diálogo y un final en el que no todo se arregla. Visto cómo termina Arregui intuimos que habrá más.

Coda

No querría cerrar estas recomendaciones sin fijarme en Mikel Santiago, con quien hablé largo y tendido hace unos días. Su último libro, La chica del lago (Ediciones B), le ha consolidado como uno de los autores más queridos por el público español. Aquí el reportaje que hice después de pasar unas horas con él por Madrid.

Y, por supuesto, valen las recomendaciones de todo este año, que se pueden consultar siempre en Elemental.

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