El sismo directivo que remece al fútbol chileno
Michael Clark no pudo sostener la presión de las querellas, las acusaciones de la Comisión para el Mercado Financiero y la opacidad en su gestión en el club Universidad de Chile. Debió renunciar en un capítulo más de los profundos cambios que enfrenta la industria

Invisibilizado, casi oculto y sin ninguna trascendencia en el debate futbolístico del fútbol chileno, Michael Clark finalmente decidió dar un paso al costado y renunció a la presidencia y la dirección ejecutiva del club Universidad de Chile, asediado por las querellas en su contra y los dictámenes de la Comisión del Mercado Financiero por su opaca gestión al frente de Sartor, la empresa que decidió comprar la mayoría de las acciones de Azul Azul con la peregrina idea de refundar un club popular e histórico.
Clark abandona así un proyecto que pretendía convertirlo en un protagonista de primera línea en la industria y que finalmente sólo le significó descrédito y dudas, al punto que los candidatos al sillón de rector de la casa de estudios han amenazado con retirar el nombre del club de fútbol. Lo reemplazará Cecilia Pérez, exministra en el Gobierno de Sebastián Piñera, la primera mujer en hacerse cargo de la U. Trae una misión específica: mejorar la campaña (los azules completaron nueve años sin ganar la Liga) y retomar la influencia que le arrebató en los últimos años la Universidad Católica.
Los cruzados tuvieron una década sólida al mando de Juan Tagle, un abogado que obtuvo un tetracampeonato inédito y concretó la remodelación de su estadio en San Carlos de Apoquindo. Deseoso de tomar una posición dominante en el fútbol chileno, Tagle no disimuló su intención de ganar poder en la Federación de Fútbol, pero un par de movimientos sin respaldo en el Consejo de presidentes (lo acusaron de intentar “un golpe de Estado”) le valieron la enemistad de la directiva de Pablo Milad. Su renuncia a la UC lo dejó, por ende, en el aire, cambiando radicalmente la gestión directiva al asumir en su reemplazo Matías Claro, heredero de una tradición familiar que tuvo a su padre, Jorge, a cargo del club en años de fracasos deportivos y administraciones deficitarias.
Los horizontes de Claro y sus acompañantes serán colocar al club en un sitial destacado del continente, una de las deudas de su antecesor, que no pudo refrendar el dominio del plano local en la Copa Libertadores. Sin Tagle en la carrera por la testera del fútbol chileno, vale recordar que la Universidad Católica jamás pudo poner a uno de sus representantes en el sillón de la Federación y no precisamente por falta de influencias.
El lugar de la UC en la federación fue tomado por asalto por Cecilia Pérez y Anibal Mosa, el presidente de Colo Colo, quien lanzó la segunda OPA (Oferta Pública de Acciones) del año tratando de convertirse en accionista mayoritario y tomar el control de Blanco y Negro, administradora que en la última década fue territorio de rencillas, disputas y hasta discusiones a golpes en su directorio. Los enemigos acérrimos del comerciante de origen sirio -el influyente operador financiero Leónidas Vial y el exministro Gabriel Ruiz Tagle- habrían capitulado y están dispuestos a transferirle acciones por valor de 10 millones de dólares.
Mosa se convertiría entonces en el primer presidente de Colo Colo con poder absoluto en la era de las sociedades anónimas, sabiendo que dentro de nueve años deberá entregar la concesión a los socios, agrupados en el Club Social, que tras la movida financiera perdió todo poder directivo en lo inmediato. Mosa no cuenta con crédito deportivo ni administrativo: bajo su gestión el club estuvo a punto de perder la categoría y celebró un trágico y deslucido centenario. Su propuesta es remodelar el estadio, una tarea varias veces emprendida y jamás ejecutada.
Son cambios trascendentes en las tres instituciones más populares del país que se producen en la antesala de un cambio mayor en la Federación y la Liga. Obligados por ley, los propietarios de clubes deben separar las aguas y transparentar la propiedad de sus instituciones. Pablo Milad no puede seguir -por estatutos- al frente y su ausencia del debate y la contingencia es cada vez más notoria y perjudicial.
Son demasiados cambios para una industria muy frágil y permeable que afronta una crisis clamando por liderazgos.







































