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Violencia escolar
Tribuna

Calama y el umbral del horror

Como lo muestran los casos documentados de tiroteos en instituciones educativas de todo el mundo, estos actos no suelen ser meros arrebatos. Son actos preparados, ensayados y, muchas veces, imaginados a partir de eventos violentos previos

Captura de video del tiroteo en la escuela secundaria Columbine, el 20 de abril de 1999 en Littleton, Colorado.Kevin Moloney (Getty Images)

Antes de atacar, Hernán Meneses pasó un largo rato encerrado en el baño de su colegio. Ignoramos lo que cruzaba por su mente en ese momento. Pero es plausible que, mientras se equipaba para ejecutar un plan preparado durante meses, estuviera haciendo algo más básico: contener el miedo, afirmarse en su decisión y reunir la determinación necesaria para cruzar un umbral que, para la mayoría de las personas, es infranqueable.

Como lo muestran los casos documentados de tiroteos en instituciones educativas de todo el mundo, estos actos no suelen ser meros arrebatos. Son actos preparados, ensayados y, muchas veces, imaginados a partir de eventos violentos previos. Quien ataca no solo descarga una furia personal; también puede estar siguiendo un libreto.

Para entender el alcance de lo ocurrido en Calama conviene volver a una vieja idea del sociólogo Mark Granovetter. En su modelo de umbrales, las conductas colectivas, como los disturbios, no surgen porque todos piensen igual, sino porque algunos se atreven a actuar cuando ven que otros ya lo hicieron. Malcolm Gladwell retomó esa intuición para interpretar los tiroteos escolares en Estados Unidos. Él los entendió no como episodios aislados, sino como una secuencia acumulativa, cada vez más ritualizada, en la que cada nuevo atacante vuelve más probable el siguiente.

La socióloga Nathalie E. Paton fue más lejos. Al estudiar videos y manifiestos de agresores posteriores a Columbine, mostró que muchos de ellos no solo imitaban: también se citaban, se homenajeaban y se reconocían mutuamente. Es decir, no actuaban en el vacío. Lo hacían en referencia a una comunidad simbólica que los inspiraba y a la que buscaban pertenecer.

Eso vuelve especialmente inquietante el caso de Calama. Según los antecedentes conocidos, Meneses planeó el ataque durante al menos cuatro meses, dejó por escrito su deseo de maximizar el “impacto a nivel nacional” y llevaba en sus armas referencias a atacantes jóvenes del extranjero, como Solomon Henderson, estudiante de 17 años que en 2025 inició un tiroteo en un colegio de Tennessee, en Estados Unidos, y Timur Bekmansurov, estudiante ruso de Derecho que en 2021 atacó con una escopeta la Universidad Estatal de Perm, y que dejó seis muertos y 47 heridos.

Aunque en Calama no hubo armas de fuego, el repertorio simbólico parece provenir de esa misma comunidad imaginada. Es difícil no ver allí algo más que una explosión de misantropía personal: también aparece el deseo de ingresar a esa infame comunidad de agresores. Así, lo alarmante no es solo que un estudiante haya sido capaz de matar dentro de su colegio. Es que, al hacerlo, puede haber instaurado un repertorio de acción imitativo y ritualizado de violencia escolar, mostrando a otros que el umbral entre el horror impensable y el planificable ya se cruzó.

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