La fortuna y la virtud
El actual ‘shock’ petrolero requiere ser enfrentado con entereza, con aplomo y sin ciegos dogmas doctrinarios, teniendo presente que tan importante como recuperar la disciplina fiscal es evitar el crecimiento de un sentimiento de injusticia frente a los problemas
Han transcurrido apenas pocas semanas del Gobierno de José Antonio Kast y la seriedad, la eficiencia y el apoyo mayoritario, que prometía como su característica parecen estar bastante ausente del escenario político.
Claro, sería un error juzgar un Gobierno que recién comienza por lo realizado hasta ahora. Tiene todo el tiempo necesario para mejorar y enmendar rumbos, incluso para probar que aquello que nos parece hoy mal orientado no lo estaba y que tenía una razón de ser.
Pero no luce así por el momento, y comienzan a producirse tonos ásperos, y errores conceptuales que envenenan la atmosfera.
El atarantamiento, la velocidad extrema, las medidas impresionistas que estamos presenciando no se conjugan normalmente con la densidad democrática, la seriedad de la acción de un Gobierno y la mirada de largo plazo.
Esos rasgos aturullados suelen tener mejor maridaje con los proyectos refundacionales y las ideas mesiánicas tal como sucedió en el pasado Gobierno.
La capacidad de un Gobierno se muestra en las situaciones difíciles cuando cambian inesperadamente los problemas a los cuales debe confrontarse, particularmente cuando se trata de una crisis.
Tuve esa experiencia colaborando con el Gobierno de Ricardo Lagos hace ya un buen tiempo.
Al asumir el Gobierno teníamos la convicción equivocada de que la crisis asiática, rusa y turca ya prácticamente habían pasado y que se abría un terreno positivo a muchas realizaciones.
Sin embargo, no era así, después de un primer año de rebote económico, vinieron dos años muy difíciles en toda América Latina donde varios países tuvieron fuertes caídas. Afortunadamente el presidente tenía carácter, solidez y serenidad y puso todo su peso en una acción defensiva equilibrada que se tradujo en un crecimiento modesto, pero con credibilidad y apoyo político que no anuló los avances sociales y fue amigable con la inversión, manteniendo el prestigio que en aquel entonces tenía Chile en el mundo.
Después de esos años duros, la solidez demostrada rindió frutos y se pudo avanzar a buen ritmo y con paz social, la disciplina fiscal de esos años hoy parece pertenecer a otro planeta.
Naturalmente la situación hoy ha cambiado mucho, el momento geopolítico y económico ha desmejorado, el líder de la principal potencia mundial es su hombre delirante y poco fiable, vivimos en la incertidumbre más completa y las pulsiones guerreras han reemplazado el predominio de la cooperación globalmente, son tiempos turbios que nos dejarán graves secuelas.
El actual shock petrolero requiere ser enfrentado con entereza, sin populismo por supuesto, sino con aplomo y sin ciegos dogmas doctrinarios, teniendo presente que tan importante como recuperar la disciplina fiscal es evitar el crecimiento de un sentimiento de injusticia frente a los problemas, de indiferencia social frente a la desdicha.
Es conveniente un esfuerzo equilibrado que evite un sentido común en quienes sufrirán más los efectos de la crisis, de que mientras a los que más tienen se le bajan los impuestos, a los que tienen menos se les reduce sus ingresos.
No es creíble decir que “no hay otra opción”. Nunca existe en la acción del Gobierno una sola opción.
Sabemos que el alza de la inversión no depende automáticamente de la caída de los impuestos para los eventuales inversores, depende quizás más, de la credibilidad del país, de su buen funcionamiento, de la validez y el cumplimiento de las reglas.
Por ello junto con la disminución del gasto público de manera racional se puede incluso retrasar temporalmente la caída de los impuestos a las empresas, al tiempo que se apuren los proyectos estancados por los excesos ideologistas anteriores, sin empobrecer a los más débiles y sin crear las condiciones para la ruptura de la convivencia social.
Parecería que en los pasos dados hasta ahora en los cuales por cierto también hay cosas positivas asoma un déficit de criterio político.
Parecería por momentos que el ministro de Hacienda no tiene contraparte política que equilibren las soluciones políticas y las propuestas económica.
Nuestro ministro repite que no quiere ser simpático. No hay problema, sea antipático a gusto, lo que le interesa al país es que no sea insensible en nombre de sus certezas al mejor bienestar posible de los chilenos. Además, la primera dama, sin ir más lejos, ha mostrado que se pueden tener convicciones quizás poco compartidas sin ser antipática.
Es necesario en un mundo tan complejo como el que enfrentamos pensar y repensar las acciones de política internacional, es muy posible que después de los resultados que está produciendo el segundo Gobierno de Trump el iliberalismo deje de ser tan popular y algunos indicios de ello comienzan a aparecer, basta mirar el resultado del referéndum de Meloni en Italia, las cifras de apoyo de Milei, los miedos de Orbán y los resultados de las elecciones municipales en Francia.
La reciente negativa al apoyo de Michelle Bachelet al puesto de secretaria general de Naciones Unidas no puede sino ser contraproducente para la imagen internacional de Chile.
Es verdad que la presentación que se hizo de esa candidatura por parte del Gobierno precedente fue poco prolija y carente de transversalidad, pero la argumentación del actual Gobierno es pobre, poco creíble y al mismo tiempo genera malestar con países amigos y agudiza las divisiones internas.
Hablar de unidad nacional en estas condiciones resulta incoherente, eso sí que es inviable.
Haría bien el Gobierno en recurrir a los padres del pensamiento político.
La relación entre ‘fortuna’ y ‘virtud’ es uno de los núcleos más finos y modernos de El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, es una teoría de la acción humana bajo incertidumbre. La fortuna es para Maquiavelo el conjunto de circunstancias imprevisibles, lo que no depende de nuestra voluntad, cambios inesperados, crisis y también oportunidades.
La virtud no se refiere a la moral filosófica o religiosa es la convicción, la capacidad de decisión, la prudencia, la audacia y la adaptabilidad. Entre ambas se debe encontrar un equilibrio no podemos eliminar la fortuna, pero sí reducir su poder.
Equilibrar la virtud con la fortuna en la única forma de generar un buen Gobierno.
Ello requiere temple, no excitación.