Chile: la crispación de la república
Lo que mucho se parece a un empate en el bochorno revela bien la odiosidad que existe entre el nuevo oficialismo y la futura oposición

Ha pasado de todo en estos tres meses absurdos, por su interminable extensión, en los que se produce el traspaso del mando en Chile. El lapso de tiempo es ridículamente largo y, supongo, será una de las primeras reformas que debiesen ser adoptadas por unanimidad en el Congreso.
¿Qué ocurrió, durante los 90 días que separan la victoria electoral del nuevo presidente de derecha radical José Antonio Kast el 14 de diciembre de 2025 y el traspaso del mando de este 11 de marzo de 2026? Pues bien, mucha buena onda inicial, sonrisas por aquí y por allá, “republicana” como se dice (nadie explica en qué sentido profundo se utiliza este calificativo tan manoseado, “republicano”), aunque en un modo estrictamente procedimental: reuniones entre ministros, suponemos que entre subsecretarios también, pero vaya uno a saber en qué, exactamente, consistió el traspaso de información. Sin embargo, en los últimos siete días, el tono y las formas previas al traspaso de los símbolos del poder entre el presidente saliente y el presidente electo han reflejado un estrés sin precedentes: el factor precipitante fue el bullado escándalo por un cable chino de fibra óptica, públicamente informado por el embajador de Estados Unidos y que les costó el retiro de sus visas a tres funcionarios, uno de los cuales es ni más ni menos que el ministro de transportes Juan Carlos Muñoz. Fue el inicio del fin del buen trato “republicano”: mientras el presidente Kast denunciaba desconocimiento sobre los detalles del mencionado cable, el presidente Boric replicaba con un sonoro “desgraciadamente, el presidente electo ha llegado a esta reunión exigiéndome que me retracte de los dichos de que yo le había informado respecto de esta situación”. No tengo dudas que ambos han sido (ir)responsables en lo que hicieron y dejaron de hacer. Descuidaron las formas, cayeron en contradicciones en lo que se estaba comunicando, infantilizaron la institución presidencial en intercambios de niños entre lo que se dijo y lo que no se dijo, entre acusaciones y réplicas. Dicho en simple: fue un bochorno.
Sin embargo, no todo se explica por el cable chino. Llevamos meses presenciando una polémica sobre el déficit fiscal (tres años consecutivos), con acusaciones cruzadas que revelan sospecha y desconfianza sobre el origen del problema. Lo mismo ha ocurrido sobre el balance en materia de vivienda, sobre eventuales “amarres” de funcionarios, y qué decir sobre el intento frustrado de la Administración Boric de aprobar dos reformas en los pocos días de marzo.
Lo que mucho se parece a un empate en el bochorno revela bien la odiosidad que existe entre el nuevo oficialismo y la futura oposición. Bien digo: odiosidad. Cuando se menciona la naturaleza “republicana” de los rituales de traspaso entre dos presidentes en posiciones simétricas, es para ocultar una distancia, que no solo es objetiva (el mundo de uno perdió y el del otro ganó en la elección), sino que es profundamente subjetiva. El nuevo oficialismo ve, en el Gobierno de Boric que se va, una expresión insufrible de wokismo, de incompetencia económica y de irresponsabilidad política, algo así como una izquierda que gobernó pésimo. A su vez, el oficialismo que se va ve en Kast y en las derechas que ingresan al gobierno un conjunto de mundos revanchistas conformado por “fachos”, “ultrones”, “pinochetistas” de primera hora y tantas otras cosas. Ambos mundos rivales tienen buenas razones para fundamentar su odiosidad, pero sobre todo carecen de buenas razones para impedir caer en caricaturas. ¿Cómo no ver que, de persistir este clima odioso, se abona el terreno fértil para el populismo de Franco Parisi y Pamela Jiles, para el “ni fachos, ni comunachos”?
Esta crispación es nefasta: por regla general y por reglas particulares, a la chilena.
La regla general se traduce en lo que estamos observando más o menos en todas partes: polarización afectiva, alza de los partidos de extrema-derecha, parlamentos y congresos fragmentados, amenazas iliberales y un clima tóxico que se percibe no solo en las noticias, sino en las columnas de opinión y los debates entre analistas. Naturalmente, este clima tóxico es llevado hasta el paroxismo por las redes sociales.
Pero hay una regla particular que opera en Chile, y en la que nadie repara. A diferencia por ejemplo de Estados Unidos, en Chile no hay una sociedad dividida: no existe evidencia sobre relaciones de interacción cotidiana entre los chilenos que se fracturen por razones políticas. La polarización se da a nivel de la elite política, cuyas disputas y controversias son realmente artificiales. Un día antes del traspaso del mando, derechas e izquierdas se desgarran ante la posibilidad de que la diputada del Partido de la Gente (PDG) Pamela Jiles se transforme en presidenta de la Cámara de Diputados: hay buenas razones políticas para preocuparse, pero estas razones que movilizan las pasiones de los diputados no encuentran ningún correlato en la sociedad. Simplemente, a los chilenos les da lo mismo.
Pero la diferencia está allí, a la vista: una cosa es constatar a una república crispada, pero algo muy distinto es pensar que la sociedad chilena está igualmente crispada, y hasta dividida. Es importante no perder de vista esta diferencia: describe dos estados incomparables del mundo.
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