“Hacer leer, como se come, todos los días”
Las palabras de Gabriel Mistral tienen hoy un sentido urgente: educar en la lectura. Es una época de falta de concentración, rápida, donde nadie tiene paciencia ni perseverancia


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Hola queridos lectores,
En este boletín no les escribiré sobre la coyuntura pura y dura, de lo que habitualmente entendemos como coyuntura, sino sobre un texto que leí en enero pasado en el fantástico Museo Gabriela Mistral de Vicuña, que todos los chilenos deberíamos conocer. Un texto escrito hace décadas, pero con una vigencia tremenda. En este lugar, instalado en donde estuvo alguna vez la casa natal de la poeta, se hace un hermoso recorrido por su vida. Me gustó en especial el énfasis que el relato museográfico puso en la niña Lucila y en su faceta de profesora. Me di cuenta, claro, de varios títulos de su obra que no sabía que existían -uno sobre la figura de la madre, por ejemplo-, y algunos detalles de su biografía, como la tabla que ocupaba para escribir: “Yo escribo sobre mis rodillas, en una tablita con que viajo siempre, y la mesa escritorio nunca me sirvió para nada ni en Chile ni en París ni en Lisboa”. Sencilla, pero a la vez fascinante -cuántos versos de Gabriela se habrán escrito en esta tablita-, está expuesta en el museo, en una ciudad de Vicuña que está fantástica, limpia, ordenada, pequeña, colorida.
Vuelvo a la frase que ronda en mi cabeza por estos días: “Hacer leer, como se come, todos los días, hasta que la lectura sea, como el mirar, ejercicio natural, pero gozoso siempre”, escribió la poeta, la maestra. ¿Cómo Gabriela Mistral, por tanto tiempo en Chile descuidada por el gran público, pudo referirse a tantos asuntos centrales de la vida del ser humano y, a la vez, que tienen tanta vigencia, a casi 70 años de su muerte en 1957? Es una época compleja, donde el vivir frenético nos agobia (el capitalismo es cansador, me recordaba en una conversación Kathya Araujo). Hay quienes se levantan contra ello y ayudan a otros a llevar una existencia algo más contracultural, como la antropóloga Patricia May y su Escuela del Alma, que dice que “el propósito de la vida no puede ser funcionar, correr, vivir a un ritmo loco”. Pero en tiempos de inmediatez, de poca paciencia y poca perseverancia -GRIT, le llama Ángela Duckworth, en el libro que me acaba de recomendar el economista David Bravo-, ¿cómo darse el tiempo de leer? Más aún, para quienes somos padres o madres, o una función social como la de los periodistas y tantas otras profesiones con contacto o influencia en la infancia: ¿cómo educar en la lectura a las nuevas generaciones, un hábito que requiere de tanta concentración y a la vez paciencia, perseverancia y silencio, algo que se ha convertido en un bien tan poco común, sobre todo en las ciudades?
Creo que la respuesta está en Gabriela: en que la lectura sea inculcada como se inculca el hábito -y la necesidad- de comer. Todos los días, tan natural como el ejercicio de mirar, pero siempre gozoso. Porque sin niños que comprendan, tendremos adultos que no comprenden. Porque una sociedad sin lectura, es una sociedad sin una fuente clave del conocimiento y, sobre todo, una sociedad sin empatía.
Otras historias
- En otras historias. Les recomiendo mucho este perfil que escribió Antonia Laborde sobre uno de los cerebros de la campaña de Evelyn Matthei, el historiador Juan Luis Ossa. Un viejo chico, como lo describen quienes más lo conocen, de sensibilidad liberal y reformista.
- En nuestra sección Los 10 lugares de...tuvimos al actor Patricio Torres, entrevistado por Maolis Castro. Fue muy entretenido leerlo en otro registro, hablando sobre otras épocas y temas.
- Y la entrevista que Ana María Sanhueza le hizo al poeta y escritor Matías Rivas, donde precisamente se refiere a asuntos vitales como los que han animado este boletín: “Hoy todo es información. Y los datos son matapasiones”, le dijo a EL PAIS-Chile.
Eso por ahora, queridos lectores. En una semana más, vuelvo por aquí con ustedes.
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