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La falsa aristócrata que coleccionaba mentiras

‘Marquesa’ reconstruye cómo una impostora se apropió con solo una tarjeta de visita falsa de cientos de obras de arte incautadas tras la Guerra Civil

Paquetes almacenados en una sala del Museo del Prado con lienzos y otros objetos de arte que regresaron a España en 1939 procedentes de Ginebra. Los cuadros se encontraban dispersos por toda Europa, donde se enviaron para evitar que fueran dañados por los bombardeos durante la Guerra Civil. EFE

No sería justo decir que Marquesa. El mayor robo de arte de la historia de España es un ensayo, pero tampoco una novela. Toma elementos de ambos géneros, como las crónicas de sucesos bien contadas, esas que dejan atrapados a los lectores y que les obligan a acercarse al quiosco diariamente ―o al móvil― para saber cómo prosig...

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No sería justo decir que Marquesa. El mayor robo de arte de la historia de España es un ensayo, pero tampoco una novela. Toma elementos de ambos géneros, como las crónicas de sucesos bien contadas, esas que dejan atrapados a los lectores y que les obligan a acercarse al quiosco diariamente ―o al móvil― para saber cómo prosigue la historia que dejaron el día anterior. Porque su autor, Peio H. Riaño, periodista de profesión, partió de una noticia recogida por varios medios, entre ellos EL PAÍS, para desarrollar una profunda investigación que le llevó a archivos, hemerotecas y entrevistas personales. ¿Cómo fue posible que María Teresa Álvarez Herreros de Tejada, falsa marquesa de Arnuossa, se hiciese ilegalmente con unos 400 bienes artísticos de gran valor sin que nadie lo impidiese? Solo dando su palabra de que aquellas piezas incautadas durante la Guerra Civil eran de su propiedad, se quedó ―y revendió― pianos, crucifijos, ensaladeras, cuberterías completas, jarras de cristal, cómodas, escritorios, marfiles, juegos de ajedrez, tapices, enseres litúrgicos y cuadros.

Riaño da una respuesta a la pregunta: “Las autoridades franquistas no quisieron ejercer un control exhaustivo sobre el extraordinario volumen de arte del que debían responsabilizarse. La intención era vaciar cuanto antes los almacenes y salas de museos, colapsados por obras huérfanas. No deseaban reparar a los derrotados ni atender a la verdad. Con las actas que firmaban los supuestos propietarios al recoger los bienes reconocidos, la Administración se lavaba las manos ante cualquier conflicto. Si mentían, no era su responsabilidad”.

Esta historia comienza durante la Guerra Civil, cuando las autoridades republicanas ocultan en almacenes, cajas de seguridad, edificios sindicales o de partidos políticos decenas de miles de obras de arte para evitar que los bombardeos las dañen. Aproximadamente, unas 7.000 estaban bien embaladas y documentadas, otras 10.000 se agolpaban a su suerte en sedes del sindicato anarquista FAI, el PSOE, las Brigadas Internacionales o el Socorro Rojo.

Acabada la guerra, las obras pasaron a manos del Gobierno franquista, pero pronto surgió un problema. Muchos de sus propietarios o habían muerto, o habían huido, o simplemente desconocían que sus propiedades se habían salvado. Así que las nuevas autoridades, ante tan enorme volumen de obras de arte a la espera de que sus dueños reales las reclamasen, las distribuyeron y expusieron por diferentes edificios públicos de Madrid, sobre mantas o sábanas, como si fueran piezas de fruta en un mercado: sírvase usted mismo.

Riaño describe así cómo actuaba la falsa aristócrata: “Sus pautas delictivas podrían hacer creer que no improvisaba, que desde el primer robo seguía un plan como, por ejemplo, no repetir en el mismo almacén. Quizás prefiere variar entre los centros, para no levantar sospechas. Sin embargo, no es rigurosa con este patrón”.

Y continúa: “Martes, 9 de abril, indica al encargado del depósito del Museo de Arte Moderno que entre lo expuesto en las salas hay tres cuadros que le pertenecen: un Entierro de la sardina; un Apóstol, atribuido a El Greco; y un Retrato de caballero (desconocido), también atribuido al pintor griego".

El funcionario escribe en el recibo de entrega que los lienzos fueron incautados en unos domicilios que no coinciden con la casa de quien asegura ser la propietaria. Además, no presenta ningún documento que demuestre su propiedad ni escribe una declaración jurada sobre las pertenencias. “Incumple uno de los artículos más importantes de la norma dictada por el Ministerio de Educación Nacional, pero el responsable del control de los bienes también se salta el procedimiento. Y es algo habitual. Simplemente, anota las irregularidades que se van a cometer en la entrega y sigue con el papeleo...”.

La falsa marquesa podía toparse con los auténticos propietarios de los bienes que reclamaba en alguno de los edificios donde se almacenaban. Entonces retrocedía, se escabullía, desaparecía para evitar el escándalo. “No importa que haya evidencias de la incoherencia en las pruebas, porque nuestra protagonista disfruta de una especial capacidad para la persuasión o de un salvoconducto para robar. Tampoco puede despreciarse una connivencia económica con los funcionarios franquistas. María Teresa Álvarez Herreros de Tejada monta un operativo imparable durante casi una década”.

Pero cuando las sospechas de sus sustracciones empiezan a hacerse notorias, María Teresa inventa antepasados a los que España debía mucho y que nunca fueron recompensados. Hasta que tiene un hijo enfermo. Gime, exige, reclama y logra un resarcimiento familiar por las penas sufridas en forma de entrega de bienes de arte. Una simple tarjeta de visita con solo su nombre y su marquesado y una falsa criada que la seguirá unos pasos por detrás, le abrirán las puertas de los almacenes cargados de joyas. Si alguien sospecha, se esfuma o lo denuncia por “rojo”. Ella, franquista con pedigrí.

“Nace así un mito del expolio artístico. Quizá se inspira en la amplia ría gallega, Arosa, para crear el nombre de su marquesado. Roba bienes desde hace medio año y se inventa un título para seguir haciéndolo con total impunidad. No tiene otra labor, no tiene trabajo, no tiene familia. No es una coleccionista ni una amante del arte, es una mujer que ha suplantado una personalidad aristócrata, que se ha construido a su antojo para robar. El falso marquesado le permite vivir del engaño de la imagen intachable y escapar ―sin dificultad― de los acreedores. Nadie sabe quién es en realidad, ni de dónde procede su patrimonio, pero ha diseñado un operativo con el que accede a una fuente de ingresos que parece inagotable”, detalla Riaño.

Finalmente, la historia de María Teresa Álvarez Herreros de Tejada, como de otras más que aparecen en paralelo en este relato, no acaba bien. El autor describe el desenlace a su manera, entre la crónica policial, la judicial o la novelesca. Al final, el lector no sabe si hay leído un excelente ensayo o una apasionante novela. Da la sensación de que Riaño comenzó haciendo periodismo y acabó escribiendo literatura. O al revés, como los grandes redactores de sucesos. Al estilo de Margarita Landi, Manuel Marlasca Cosme o Jesús Duva.

Marquesa. El mayor robo de arte de la historia de España

Peio H. Riaño
Antonio Machado Libros, 2026
278 páginas. 18,90 euros

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