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‘Ladrón, espía y asesino’: contar desde la libertad la decadencia y perversión de una utopía

Las memorias noveladas del escritor ruso Yuri Buida ofrecen con sus evocaciones un recorrido íntimo por tres décadas de vida soviética desde su infancia hasta la implosión de la URSS

Un joven quinceañero, nacido en 1954 en un pequeño pueblo de la región de Kaliningrado, la antigua provincia alemana de la Prusia Oriental anexada a la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial, siente una persistente vocación por la escritura. En su momento, la voracidad lectora lo lleva a la biblioteca de la localidad donde funge como responsable la camarada Rimma, una mujer de “rodilla...

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Un joven quinceañero, nacido en 1954 en un pequeño pueblo de la región de Kaliningrado, la antigua provincia alemana de la Prusia Oriental anexada a la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial, siente una persistente vocación por la escritura. En su momento, la voracidad lectora lo lleva a la biblioteca de la localidad donde funge como responsable la camarada Rimma, una mujer de “rodillas bonitas” con la que establece una relación intelectual y física. Gracias a la primera puede leer ciertos libros esquivos, como la copia clandestina de Agosto de 1914, una de las partes de la tetralogía La rueda roja, del disidente Aleksandr Solzhenitsyn. Y, gracias a la segunda, la bibliotecaria, algo mayor que él, le explica que “La boca de la mujer no está hecha para los besos, sino para acciones más útiles” y se arrodilla frente al artista adolescente para demostrar su consideración.

Este joven, que le ha confesado a la eficiente camarada su pretensión de ser escritor, recibirá entonces una reveladora advertencia: “Es un oficio de ladrón, espía y asesino [dice ella]. El escritor espía, escucha de solapa, roba palabras y rasgos ajenos y después lo traslada todo al papel, detiene el instante, como decía Goethe, es decir, mata lo vivo en aras de lo bello”.

De semejante definición de un oficio que —en un arduo ascenso hacia una satisfacción estética que entraña además un proceso de liberación— practicaría desde entonces Yuri Buida, nace el sugestivo y enigmático título de sus memorias noveladas, publicadas por Automática (2025), la editorial española que ha estampado el grueso de su obra, entre ellas la muy estimable novela Helada sangre azul.

Espía, ladrón y asesino se integra a la vertiente que podríamos llamar literatura postsoviética, que cuenta entre algunos de sus notables representantes a la premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich (El fin del ‘Homo Sovieticus’) y a muy estimables escritores más recientes como la georgiana Nino Haratischwilli, autora de la magnífica novela La luz perdida, el serbio Robert Perisic, con la delirante aventura narrada en El último artefacto socialista, la albanesa Lea Ypi con Libre, su desgarrada historia personal, o la alemana Jenny Erpenbeck, autora de Kairós, novela ubicada en los años finales de la desaparecida República Democrática. Todas estas obras, desde sus perspectivas particulares, proponen una revisión histórica, social y humana de lo que fue la vida bajo el socialismo de estilo soviético en diversos países y desgranan las turbulentas y en ocasiones sangrientas consecuencias que provocó su implosión. Se trata de un corpus literario que concreta la dramática constatación de un proceso de decadencia y perversión de una utopía y la revelación de unas regularidades sistémicas que, por supuesto, también remiten a mis vivencias y experiencias cubanas, por lo cual esas lecturas me afectan de un modo más intenso, como ahora me ha ocurrido con Ladrón, espía y asesino.

Las memorias de Buida arrancan en su niñez pueblerina, en épocas de Jruschov, a principios de la década de 1960 —tiempo del llamado deshielo después de casi 30 años de régimen estalinista y una cruenta guerra mundial— y corren hasta el año 1991, cuando el escritor, ya decidido a dedicarse al oficio, abandona su región natal y se traslada a Moscú, justo cuando se escuchan los estertores finales del régimen soviético. Narrando su historia personal y los avatares de su vocación literaria, Buida ofrece con sus evocaciones un recorrido íntimo por tres décadas de vida soviética, en la que lo privado, lo social e incluso las acotaciones históricas remitidas a pasados más o menos distantes, le permiten esbozar un panorama desolador en el cual el vacío de las vidas cotidianas de mucha gente se convierte, quizás, en la denuncia más dolorosa contra un sistema que había convertido a sus ciudadanos —las cursivas son de Buida— “en meros usuarios de sus cuerpos”.

Esa cotidianidad vacua, anegada con alienantes cantidades y quemantes variedades de alcoholes, pletórica de represiones, violencias personales y sociales, engaños sostenidos (como los que practica Buida en sus reportajes como redactor de prensa en órganos locales), develan las condiciones propicias que, en siete décadas de socialismo, alimentaron tantas perversiones pues “al ser humano le tira el mal, ya que a muchos les parece que les hace más fuertes”, aunque Buida también advierte que, apenas abiertas algunas ventanas de libertad, “la gente aprendía a ser diferente, a hablar en voz alta, sin bajar la cabeza, y los periodistas también”.

Debo advertir, no obstante los desmanes anotados, que Ladrón… se lee con fruición y que en ocasiones consigue provocar risas. La mirada de Buida sobre su entorno ha asumido por momentos la perspectiva cínica propia de su tiempo —“el cinismo es el momento de transición del socialismo al comunismo”— y por largos pasajes revela ese kitsch —sobre el que teorizó Kundera— propio de su sociedad y tiempo, con tantos hombres descerebrados por el alcohol y esas mujeres rotundas con dentaduras de oro y axilas sin afeitar.

El escritor se propone escapar de ese inmovilismo, frustración, cinismo y kitsch con las soluciones tremendas que, en más de una ocasión, le da a sus apuntes y obras: el fuego

Pero, en el centro de una trama que recorre tres décadas agónicas, tan afectadas por el inmovilismo y la frustración, siempre está la pretensión literaria de Buida, el escritor que se propone escapar de ese inmovilismo, frustración, cinismo y kitsch con las soluciones tremendas que, en más de una ocasión, le da a sus apuntes y obras: el fuego. Porque Buida, como escritor pero ciudadano de su momento admite que “siempre, a lo largo de lo que llevaba vivido, me había atenazado el miedo: temía las incomprensiones que la sinceridad puede originar”, según confiesa y advierte que era un miedo que incluso podía estar por encima de condicionamientos sociales y políticos.

Para su fortuna, con casi toda su obra quemada y quemadas también las naves del trabajo periodístico y los cargos partidistas que llegó a ostentar, Yuri Buida aprovecha la primera ola de libertad que recorre al sistema en desintegración y, se lanza en busca de la independencia que es, siempre, la condición más valiosa para la creación. Y comienza a vivir su segunda vida, la que “nadie sospechaba”. La que se puede leer en las novelas que, con esa libertad, ha escrito para intentar matar lo vivo en aras de lo bello.

Ladrón, espía y asesino

Yuri Buida
Traducción de Yulia Dobrovólskaya y Jose María Muñoz Rovira
Automática, 2026
300 páginas. 22 euros

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