“Enviado especial”… ¿adónde?
Los periodistas extranjeros no han podido entrar en Venezuela, pero este dato se suele omitir al darles paso
Quien presenta el informativo radiofónico de cada día ofrece el titular de la última noticia sobre Venezuela y dice a continuación el nombre del periodista que va a ampliarla, tras cuyo nombre y apellido añade la locución “enviado especial”.
Vale, “enviado especial”. Sí, pero ¿adónde?
He ahí una típica manipulación mediante el silencio, la técnica de mentir contando hechos verdaderos. Porque los oyentes se imaginan –mediante la aplicación de los contextos más habituales almacenados en su enciclopedia lingüística– que el enviado especial se encuentra en Caracas. Pero eso no es ve...
Quien presenta el informativo radiofónico de cada día ofrece el titular de la última noticia sobre Venezuela y dice a continuación el nombre del periodista que va a ampliarla, tras cuyo nombre y apellido añade la locución “enviado especial”.
Vale, “enviado especial”. Sí, pero ¿adónde?
He ahí una típica manipulación mediante el silencio, la técnica de mentir contando hechos verdaderos. Porque los oyentes se imaginan –mediante la aplicación de los contextos más habituales almacenados en su enciclopedia lingüística– que el enviado especial se encuentra en Caracas. Pero eso no es verdad. Sí que se trata de un enviado especial –he ahí el dato cierto–, puesto que ha sido desplazado especialmente para esa cobertura, pero no habla desde Venezuela. La inferencia que se obliga a practicar al inconsciente del público consigue transmitir una falsedad sin emitir ningún dato falso.
Venezuela ha denegado el acceso a los enviados españoles y de otras nacionalidades que deseaban entrar en el país para seguir de cerca los acontecimientos. Por tanto, la mayoría de los “enviados especiales” están informando desde Cúcuta (Colombia), y allí datan sus crónicas los periodistas de medios que cumplen unas normas éticas o un libro de estilo. Esa ciudad se halla junto a la linde entre los dos países; y desde ella los periodistas pueden conversar por teléfono con algunas autoridades, con testigos y fuentes, y en persona con quienes van y vienen por ese punto fronterizo, o con los refugiados que huyeron de su país, incluso con los demás compañeros que comparten ubicación. Pero no están dentro de Venezuela.
Esta maniobra de manipulación vía silencio intenta prestigiar las noticias transmitidas, así como rentabilizar el dinero empleado en el viaje y la estancia de los informadores. Pero implica otro efecto indeseado: dar la sensación de que Venezuela ha aceptado la presencia de periodistas extranjeros, cuando no ha ocurrido así. Las autoridades venezolanas han actuado igual que Israel: impiden la tarea informativa de quienes pueden contar las noticias con unas garantías de seguridad e independencia de las que no gozan en este momento los periodistas locales.
Esa misma maniobra de manipulación periodística mediante el uso de hechos verdaderos se dio ya en el terremoto de Japón ocurrido el 11 de marzo de 2011. La presentadora del Telediario de Televisión Española dio paso a “Almudena Ariza, corresponsal en la zona”. De acuerdo, pero ¿en qué zona? ¿En la zona del terremoto como se podría deducir en una comunicación leal? El rótulo que apareció en pantalla junto a la periodista decía: “Almudena Ariza, corresponsal en Oriente”. He ahí el hecho cierto. Pero se estaba dando a entender que la informadora de TVE se encontraba en Japón. Sin embargo, no pudo llegar a Tokio hasta el 1 de abril (los aeropuertos estaban cerrados), y emitía sus crónicas todavía desde Pekín, a más de 2.000 kilómetros de donde ocurrió el terremoto. No faltó a la verdad TVE al decir que se trataba de su corresponsal “en Oriente”, o “en la zona”, aunque tal área abarcase miles y miles de kilómetros cuadrados. Pero no fue leal en la comunicación.
Estos dos ejemplos representan la diferencia entre una información verdadera (la que contiene datos ciertos) y una información veraz (la que no puede ser fuente de engaño). La primera incluye la posibilidad de los silencios manipuladores, pero la segunda no. Y los medios deben decidir en qué lado de la ética del lenguaje se sitúan.