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Tribuna

Provocaciones, para mirar con otros ojos a Camilo Torres Restrepo

Si se leen todos los escritos del sacerdote, se puede decir que giraron en torno a una idea fundamental: el desarrollo social es imposible en Colombia sin un cambio en las estructuras socioeconómicas

Camilo Torres Restrepo. AP

El Verbo de la revolución fue el mote con que llamaron al popayanejo Camilo Torres Tenorio (1766-1816), que bien podría usarse con cierta osadía para referirse a su homónimo Restrepo. Esto es muy distinto a decir que el bogotano fue un teólogo de la liberación, un marxista o, simplemente, un cura enguerrillerado. Con su tesis de grado en Lovaina, “Una aproximación estadística a la realidad socioeconómica de Bogotá”, parece, más bien, que alguna vez siguió los pasos de Miguel Samper, autor de ese portentoso ensayo que es “La miseria en Bogotá” (1867). Y si se leen con atención todos los escritos del sacerdote, se puede decir que giraron en torno a una idea fundamental: el desarrollo social es imposible en Colombia sin un cambio en las estructuras socioeconómicas (enunciada por Ricardo Sánchez), similar a una de las conclusiones a las que arribó la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín, 1968), que fue inaugurada por Paulo VI.

Para indagar sobre la importancia de Camilo Torres Restrepo en la historia colombiana y en la universal de la Iglesia católica, es necesario «desheroizarlo». Esto exige poner el foco en aspectos poco explorados de su trayectoria. Para lograr, por ejemplo, una aproximación sistemática a la relación que mantuvo con el establecimiento político colombiano, habría que preguntarse por sus frecuentes diálogos con el conservador Álvaro Gómez en torno a la reforma agraria, que dan cuenta de su capacidad de hablar con otros muy distintos; o preguntarse por las razones que condujeron al presidente Lleras Restrepo, en la víspera del arribo del papa, a aseverar: «En Colombia se goza de libertad, no hay violencia, es un hecho del pasado. Es una leyenda la división entre camilistas y no camilistas. Son mínimos los conflictos ocurridos en Colombia. Podemos decir hoy que hay paz social en Colombia».

Es decir, hay que ir mucho más allá de los lugares comunes que se repiten en cada conmemoración de su muerte, y que no cesan de aludir a su destino en el ELN y al «amor eficaz» como si fueran una letanía de viejas consignas, que también Petro repite.

Resonancia del sepulcro vacío

Según María Tila Uribe, Isabel Restrepo Gaviria (Bogotá, 1897- La Habana, 1973) “fue la compañera inseparable de Camilo, se despojó de todas sus ataduras sociales para vivir de otra manera, de la misma manera como deben vivir las mujeres que se interesan por los problemas de esta sociedad en donde nacimos y nacieron nuestros hijos. Se sintió realizada, consciente de su papel político y orgullosa como madre”.

Es muy reducido el círculo de personas que hoy tienen presente la ascendencia familiar de Isabelita, así la llamaban; es inmenso, en cambio, el de las que no saben que, entre otras cosas, hizo parte de Las Policarpas, un grupo de mujeres elitistas que se opusieron a la dictadura de Rojas Pinilla.

Interesa, por ahora, señalar que un día antes de que arribara a Bogotá el papa Paulo VI le escribió unos garabatos radicalmente emparentados con el pasaje bíblico del sepulcro vacío: «He sufrido en silencio este rudo golpe sin pedir más consuelo que el que me sea entregado el cadáver de mi hijo para rendirle el piadoso tributo que la misma lglesia prescribe para sus muertos. Quiero que sus despojos reposen, en el futuro, con los míos, en un lugar sagrado».

Con esas palabras ella se hizo precursora del memorial de agravios de todas las doñas latinoamericanas que narra Rubén Blades en Desapariciones, una de las canciones del álbum Buscando América (1984). Tal como lo resaltó hace unos días la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, Camilo es «uno de los primeros desaparecidos sobre los que se tiene registro en Colombia; y su madre, Isabel Restrepo, una de las primeras mujeres buscadoras».

Una tarea pendiente es resituar a Camilo y su madre en el marco de una familia liberalísima cuyos ancestros se remontan al prócer independentista José Félix de Restrepo y Vélez, discípulo destacado de José Celestino Mutis.

El sacerdote desilusionado

Paulo VI fue el primer pontífice propiamente moderno. En junio de 1963, heredó la iniciativa de aggiornamento (actualización o puesta al día) de la Iglesia católica que se inventara Juan XXIII luego de que su antecesor, Pío XII, se arrodillara como penitente ante las voluntades del Führer y el Duce de sembrar los campos europeos con millones de crucifijos.

Fue conocido como el papa peregrino, el primero que visitó los cinco continentes. Dos de sus tres primeros destinos fueron Tierra Santa (1964) y Colombia (1968). Si el rasgo distintivo del viaje al primero fue haberse reunido en Jerusalén con Atenágoras I, el Patriarca de Constantinopla, encuentro con que comenzó a cerrarse un antiquísimo pleito religioso (el Cisma de Oriente y Occidente de 1054), la visita a esta esquina suramericana, tan católica, estuvo teñida por la presencia de un fantasma bogotano que recorría las tierras de todas las sociedades de América Latina y el Caribe, entonces en agitación continua.

«No olvidéis que ciertas grandes crisis de la historia habrían podido tener otras orientaciones si las reformas necesarias hubieran prevenido las revoluciones explosivas de la desesperación», dijo el papa en el Templete Eucarístico de Bogotá. En 2017, Javier Darío Restrepo reconstruyó apartes de esa misa y otra. Para contextualizar su crónica, escribió: “[…] cuando Pablo VI llegó a Bogotá el 22 de agosto de 1968, hacía tres años había clausurado el Concilio Vaticano II, hacía un año que había sorprendido al mundo con la publicación de Populorum Progressio y hacía dos años había muerto el sacerdote Camilo Torres con un viejo fusil en la mano".

Los tres hechos parecían gravitar sobre él y sobre la muchedumbre de campesinos reunidos en un gran campo abierto en la población de Mosquera.

Camilo le debe parte de su destino también moderno al primer prelado de estos lares que no fue de una familia de abolengo, al obispo-cardenal Crisanto Luque. También fue el reverso colombiano de Judas Iscariote. Cuando el expresidente Juan Manuel Santos se definió como un traidor de clase, pareciera haberle querido hacer un guiño a su infancia de monaguillo y, sobre todo, a la trascendencia que tuvo su primo lejano.

El 25 de junio de 1965 el diario El Tiempo publicó la carta que el presbítero bogotano le dirigió al cardenal Luis Concha solicitándole que lo liberara de sus obligaciones clericales. Después, en 1970, la periodista Oriana Fallaci entrevistó a Hélder Câmara, conocido como el obispo rojo por su compromiso con la defensa de los derechos humanos en tiempos de las dictaduras brasileñas, y lo indagó por el colombiano. El predicador de la no violencia activa le respondió: «Era un sacerdote sincero, que perdió todas las ilusiones de que la Iglesia quisiera llevar a la práctica lo que dicen sus bellísimos textos».

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