‘The Boys’: la sátira que se transformó en neorrealismo yanqui
El mundo se desmorona y podemos elegir entre lanzarnos al suelo o seguir disfrutando una ensalada de burrata y contemplando un ‘show’ maravilloso al que despedimos este año, aunque la realidad le da material para muchas temporadas
Escribí la semana pasada que las andanzas de Trump eran dignas del mejor guionista de comedia y la actualidad lo confirma. Hasta los personajes episódicos están cuidados. Véase al invitado a la cena de corresponsales que, en medio del tiroteo, en lugar de tirarse al suelo, ...
Escribí la semana pasada que las andanzas de Trump eran dignas del mejor guionista de comedia y la actualidad lo confirma. Hasta los personajes episódicos están cuidados. Véase al invitado a la cena de corresponsales que, en medio del tiroteo, en lugar de tirarse al suelo, siguió comiendo su ensalada de burrata —¿por qué parece que ya no hay más quesos?—. Ha declarado que no quería perderse el show y menos ensuciar el esmoquin. A sus pies. También a los de la mujer que en medio del caos se dedicó a confiscar botellas de vino. Hay quien la llama ladrona; yo la llamo mi animal espiritual. Este incidente tragicómico ha servido para que pase a un segundo plano la trama Trump versus Vaticano, que a su vez tapaba la guerra de Irán, cuya misión era distraernos de la de los papeles de Epstein. Más que cortinas de humo son gases tóxicos y, en lugar de verificadores de noticias, necesitaríamos al canario del grisú.
La querencia trumpiana por la cristiandad, me corrijo, la querencia por los votos y las donaciones de los cristianos evangélicos, siempre ha estado ahí. Cuenta Maggie Haberman en El camaleón: La invención de Donald Trump, que cuando el presidente se presentó Biblia en mano en una iglesia tras los incidentes por el asesinato de George Floyd, la prioridad fue hacer un cásting de biblias. Llevaron varias al Despacho Oval y su hija Ivanka se encargó de elegir la más telegénica. Es la misma banalización que lleva al secretario de guerra —un título que suena más a la casa Targaryen que a una institución democrática— a citar Pulp Fiction creyendo que cita al profeta Ezequiel.
Ojiplático imagino al showrunner Eric Kripke cuando comprueba que escenas que escribió hace dos años para la última temporada de The Boys podrían aparecer en los informativos. Mientras Trump se disfraza de Jesús vía IA, Homelander se declara Mesías; escuchamos a Vance sugerir al Papa que no se meta en cosas de teología y a los asesores del súper afirmar que Jesucristo mataría por el márketing de Vought, el mismo que estampa el rostro de Homelander sobre cualquier producto, al igual que Trump multiplica su efigie con idéntica voracidad megalómana. Ahora le han tocado a los pasaportes. The Boys empezó como una sátira; ahora es neorrealismo yanqui. El mundo se desmorona y podemos elegir entre lanzarnos al suelo o seguir disfrutando una ensalada de burrata y contemplando un show maravilloso al que despedimos este año, aunque la realidad le da material para muchas temporadas.