La esposa de Tejero y las pititas desclasificadas
Aunque diga Javier Cercas que la desclasificación de los papeles del 23F desvelaría pocos secretos, hay alguna revelación que suena a gloria. La constatación de que Carmen, doña Carmen, era otra de esas mujeres que callaron
Hay una España representada por las señoras permanentemente enfadadas con sus maridos. Basta con un poco de observación, apartarse un poco de la pantalla, guardar los cascos en los bolsillos. Son esas que llevan décadas lavando calzoncillos, fregando platos, y ahora, jubiladas y sabedoras de que sobrevivirán a sus compañeros de cama, sacan las garras que quizá no pudieron entre hijo y guiso. Son las que ahora llevan pantalones, deportivas, hacen yoga y pilates para combatir la artrosis y la osteoporosis. Son esas que pasean acompañadas por señores a los que consideran unos inútiles de tomo y l...
Hay una España representada por las señoras permanentemente enfadadas con sus maridos. Basta con un poco de observación, apartarse un poco de la pantalla, guardar los cascos en los bolsillos. Son esas que llevan décadas lavando calzoncillos, fregando platos, y ahora, jubiladas y sabedoras de que sobrevivirán a sus compañeros de cama, sacan las garras que quizá no pudieron entre hijo y guiso. Son las que ahora llevan pantalones, deportivas, hacen yoga y pilates para combatir la artrosis y la osteoporosis. Son esas que pasean acompañadas por señores a los que consideran unos inútiles de tomo y lomo, y por ello son regañados en los supermercados, en la tienda de muebles y cuando cruzan mal en los semáforos. No tienen mal carácter, simplemente se están vengando.
Entre ellas podría estar Carmen Díez, esposa del teniente coronel Antonio Tejero. Porque aunque diga Javier Cercas que la desclasificación de los papeles del 23F desvelaría pocos secretos, hay alguna revelación que suena a gloria. La constatación de que Carmen, doña Carmen, era otra de esas mujeres que callaron, criaron y que asintieron, que no quisieron discrepar para no molestar pero que, una vez puestas en la batalla, apoyando al fascismo y al cónyuge en su idea de encabezar un golpe de Estado, tardaron muy poco en descubrir que el tricornio se le quedó grande al “desgraciao”. Que si por ella hubiera sido, que si la hubieran dejado, no habría pasado lo que pasó, que la ilusión duró solo 17 horas. Hay algo delicioso en esas conversaciones, en ese empeño por querer hablar con su marido no solo para saber que estaba vivo, sino para decirle lo que tenía que hacer, advertirle de las ratas que abandonaron su barco. “Mira que te lo había advertido, tolai”, parece querer decir como resumen de todo esto, además de unos cuantos lamentos, quejas y vivas a la patria siempre que fuera a su medida.
España merecería ahora otra desclasificación, también durante los meses, quizá años, anteriores al golpe. La de las meriendas de estas señoras, pititas y franquistas todas ellas, hablando de sus cosas, poniendo a caldo a sus maridos y presumiendo de sus hijos y nietos, que sigue siendo hoy el tuétano de los desayunos y las meriendas de muchas. Unas son las que, elecciones tras elecciones, paran a los aspirantes a Tejero. Otras rezaban y rezan ahora por la vuelta del ordeno y mando. Hay que escucharlas y descifrarlas más. Por España.