Qué necesidad, ‘Y ahora Sonsoles’
Me pregunto, tras reposar lo visto, si era necesario seguir hurgando en la herida de Noelia con una cámara encendida delante
Sonsoles Ónega lo llamó “ejercicio de confianza periodística”. Pero han pasado varias horas y yo aún no sé cómo llamarlo. Estoy llena de dudas, y se me escapan las palabras como se me escaparon los suspiros con el programa Y ahora Sonsoles.
La presentadora repitió varias veces que lo íbamos a ver estaba “autorizadísimo” por Noelia Castillo Ramos. De hecho, contaron que fue la propia Noelia la que solicitó ver a un equipo del programa para dibujar sus últimas horas antes de que le practicaran la eutanasia que había solicitado. Ella ya había explicado una y mil veces los motivos que le llevaban a querer dejar de sufrir, igual que habíamos escuchado los intentos para que cambiara de opinión. Pero lo de ayer, insisto, fue otra cosa.
Me pregunto, tras reposar lo visto, si era necesario seguir hurgando en esa herida con una cámara encendida delante. Si era pertinente hacerle una autopsia a las razones y a los detalles. Asistir a las tensiones y a las dudas entre madre e hija, la despedida de la abuela Carmen y los besos sonoros, la comida favorita de su nieta. La historia de una de tantas familias desestructuradas y rotas, precarias. Si le llamamos morbo o simplemente contexto. El repaso a las fotos de la infancia en el sofá de la casa de “la yaya”, lo que llevará puesto Noelia el día en que esté junto a su médico. Por supuesto, la música de piano de fondo, los gestos afectados y sobreactuados del plató. Las palabras huecas, que fagocitan cualquier atisbo de cordura, que también la hubo.
“Es duro, ¿eh?”, insistía Ónega antes de dar paso a los colaboradores, dar paso a publicidad para después volver con Roberto Brasero para hablar de la borrasca Therese, luego otra autopsia en directo, la de Francisca Cadenas. Hay días en los que es todo tristeza, es invierno total, que decía Rosa Benito.
Pero ese hueso aún podía dar más caldo, quedaba la conexión en directo con Yolanda Ramos, madre de Noelia, que prefiere que la llamen Loli. Una mujer que era más bien un polvorín de vulnerabilidad, a escasas horas de que su hija fallezca. Lo que contó no aporta más que una dosis extra de dolor a su relato, la locuacidad de una madre que asiste a lo que no debería pasar nunca, sobrevivirle a un hijo. Otra cámara la enfoca esta vez hasta exprimir bien el limón. Se hace largo, muy largo. “Ni un minuto más le robamos a esta madre”, dice la presentadora.
“No sabemos a lo que estamos asistiendo”, dijo Begoña Villacís nada más serle concedido el turno de palabra. Cinco párrafos después, yo tampoco.