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Por qué jugar a ‘Fortnite’ es bueno (o no tan malo) para tu hijo

El videojuego de moda entre niños y adolescentes genera resquemor y miedo a la adicción entre los padres

Los fusiles de asalto son buenos a media distancia. Escopetas, subfusiles y pistolas, a corta distancia, y los francotiradores, a larga distancia". En boca de mi hijo David, de 11 años, esta explicación sobre armas de fuego suena inquietante. También el objetivo para el que utiliza tanto conocimiento: matar y sobrevivir hasta que solo quede uno, algo que a los más mayores nos recuerda a Los inmortales, y a los más jóvenes, a Los juegos del hambre. Pese a ello, y a los titulares alarmistas que ligan Fortnite a la adicción, le dejo jugar, aunque con cierto resquemor, compartido con la mayoría de padres consultados para este reportaje. Pero ¿y si el videojuego de moda no solo no es perjudicial, sino que es bueno para que niños y adolescentes desarrollen habilidades?

[CRECER CONECTADOS | ¿Por qué hacemos este proyecto?]

Por qué jugar a ‘Fortnite’ es bueno (o no tan malo) para tu hijo

"Tiene valores educativos", adelanta Rebeca Díez Somavilla, profesora de Comunicación Audiovisual en la Universidad Politécnica de Valencia, una afirmación que puede sonar chocante en un videojuego de matar. Pero no es solo eso. Battle Royale, el modo más popular del Fortnite, es un juego de estrategia que enfrenta a 100 jugadores en línea, en solitario o en grupos de hasta cuatro personas. Aterrizan en una isla, que se va encogiendo a medida que transcurre la partida —como máximo unos 20 minutos—, durante la cual tienen que buscar y recoger armas y materiales con los que construir parapetos, y claro está, sobrevivir.

"¿Alguien tiene una escopeta que no sea táctica gris?", pregunta Hugo, de 11 años, durante una partida. "Sí, yo tengo dos correderas, pero tienes que venir a por ella", contesta David. Forman un escuadrón con otro amigo, Dani, de 12. Cada uno juega desde su consola, y hablan a través de unos auriculares con micrófono. La posibilidad de comunicarse en línea es uno los factores detrás de la popularidad de Fortnite, con 250 millones de jugadores registrados, según los últimos datos facilitados por su creador, Epic Games. También contribuyen el que sea gratuito, aunque se pueda hacer compras dentro del juego, y accesible para todas las consolas y móviles. Está recomendado a partir de los 12 años, pero muchos niños, sobre todo varones, están enganchados desde los 9.

Los padres, desde fuera, vemos a chavales absortos en una pantalla de la que es difícil despegarles, con unos cascos enormes, hablando con un vocabulario extraño, en el que se cuelan risas, palabrotas y gritos, de nervios y también de enfado. Ellos ven la diversión y la satisfacción cuando ganan o cumplen desafíos del juego, que se premian con nuevos skins (disfraces) o emotes (los famosos bailes). Pero mientras, además, "interactúan con amigos, toman decisiones de forma rápida y autónoma, se organizan, gestionan problemas en grupo, aprenden sobre responsabilidad compartida, establecen objetivos y administran el tiempo", valora Cristina Isasi, psicóloga del centro Psimebi, en Bilbao. También subraya que Fortnite ayuda a que desarrollen la capacidad de planificar y de rectificar ante circunstancias cambiantes, la atención y la concentración.

Díez Somavilla, autora de una tesis doctoral sobre los valores y las competencias educativas en los videojuegos, añade "la creatividad, el descubrimiento y el trabajo de superación, que ayuda a la autoestima". Todo esto ayuda a los chavales a desarrollar "competencias digitales y emprendedoras, pero también sociales y cívicas, pues hay unas normas que respetar, unos compañeros con los que tienes que crear una camarilla y ser honesto y no hacer trampas", explica la experta. "Aprendemos muchas veces con simuladores o planteamientos para resolver problemas, y los juegos son eso, pero encima se lo pasan bien", opina el padre de Dani, Raúl Cals, directivo del sector bancario y aficionado a los videojuegos desde pequeño.

Hasta ahí, todo parece positivo. Pero otros puntos generan dudas entre los padres. "El argumento no me gusta. Ser el último superviviente matando a todos tus oponentes... No parece muy adecuado", expresa Gloria Ortega, cuyo hijo Pablo, de nueve años, se define como un pro (un experto, en la terminología infantil). Se mata, sí, pero "no es sangriento, tiene un estilo más cercano al cómic", matiza Isasi. "Cuando juegas a un videojuego, aceptas el código moral interno de este, las reglas, y en este caso, se juega matando. Pero los niños son conscientes de que al apagar, rigen otras normas y vuelven a ellas", explica.

El poder formar equipos y comunicarse por el chat, tiene, como otras redes sociales, una doble cara. Por un lado, no juegan solos, aunque físicamente lo estén: "Socializan, pueden conocer gente de todo el mundo, incluso practicar inglés", dice Díez Somavilla. Pero a la vez, al ser tan popular, "el que no juega se queda fuera", algo similar a lo que ocurre en los patios del colegio con el fútbol. Y por supuesto, "existe el peligro de que no sabes con quién contactan". Por eso, Isasi considera muy importante "enseñarles a no jugar con cualquiera, solo con conocidos de la vida real, y a no dar nunca datos personales a través del juego".

"¿Dejarías a tu hijo de 10 años leer una novela de la que solo conoces su título? Pues con un videojuego pasa lo mismo" 

Pepo Jiménez, periodista, padre y jugador

Pero lo que más preocupa a los padres es la capacidad de Fortnite de enganchar a los chavales. "Me parecía superadictivo y que les volvía muy agresivos. Así que lo he quitado. He sido la peor madre de todos los tiempos", bromea la progenitora de tres hijos de 13, 11 y 10 años, que pide no revelar su nombre. "Les dejaba un rato a cada uno, y cuando tocaba cambiar, era un infierno. Además, no me gustaba nada cómo se hablaban entre amigos. Notaba mucha ira cuando los mataban o los demás no hacían lo que ellos querían", describe.

Esta supervisión de sus reacciones, junto con el control del tiempo, son claves, según Isasi, para prevenir problemas, que, normalmente, son más de abuso que de adicción. "¿Dejarías a tu hijo de 10 años leer una novela de la que solo conoces su título? Pues con un videojuego pasa lo mismo", coincide Pepo Jiménez, periodista, padre y jugador. "Hay que saber cómo funciona el modo creativo, los escuadrones o los patios de juegos. Con quién puede hablar, si hay sangre, contenido o lenguaje explícito. Jugar con él, preguntarle y ver cómo se relaciona con el resto de los jugadores, su lenguaje y, sobre todo, su capacidad para gestionar la frustración... Pero claro, eso supone un esfuerzo que muy pocos padres son capaces de hacer", opina.

"Hay algunos casos graves de adicción, pero hay que ver cómo se ha llegado ahí", afirma Isasi. "Existen muchos otros factores que solo un videojuego, como la falta de alternativas de ocio, las escasas relaciones sociales, que no haya límites en casa o que tenga dificultades en la vida real", detalla. En su consulta, han visto ejemplos de uso abusivo de tecnología. No de Fortnite en concreto, sino de YouTube, videojuegos en general y otras plataformas. "Tomando conciencia y estableciendo normas, se suele solucionar", asegura. Mercedes Escavy, profesora de secundaria en Murcia, cree que falta más supervisión por los padres. "Muchas veces llegan al instituto medio dormidos y reconocen que juegan por la noche, cuando sus padres no los ven, hasta las tres de la mañana".

"A veces llegan padres agobiados porque no saben cómo gestionar que a sus hijos les gusten tanto los videojuegos", cuenta Lucía Galán, pediatra y madre de un adolescente de 12 años que jugó a Fortnite hasta que se aburrió. Conocida en las redes como Lucía, mi pediatra, Galán les explica las "líneas rojas" que hay que vigilar: alteraciones en el comportamiento, que estén más irascibles o ensimismados, trastornos de sueño, que desplacen planes familiares, horarios de comidas o que baje el rendimiento escolar. "Si se respetan, se supervisa el contenido y que no superen las dos horas diarias de pantalla (incluidos televisión y móviles), no hay problema en que jueguen", dice. Isasi añade como signo de alarma el que el videojuego "interfiera en otras actividades o tengan mucha ansiedad por no jugar".

La psicóloga llama a los padres a dar ejemplo, ya que muchas veces son ellos los que están todo el rato pendientes del móvil o se lo dan al niño para estar tranquilos, y a "empoderarse", ya que gran parte de los problemas, explica, vienen por el miedo y desconocimiento sobre el videojuego o sobre redes como Instagram. "Al final es supervisar, acompañar y limitar, que a veces nos da miedo".

Las expertas explican que todos los videojuegos están diseñados con un sistema de recompensas y refuerzos para que queramos seguir jugando. Pero no creen que Fortnite sea más adictivo que otros. Simplemente, es el que está de moda. "Yo tengo dos chicas, y a ellas les pasa lo mismo con las series de Netflix", compara Díez Somavilla. Lo importante es, insiste Isasi, "darles alternativas, que jueguen, pero que lo combinen con otras actividades, limitar el tiempo de pantallas y enseñarles a hacerlo, por ejemplo, una partida, o una hora, o hasta que toque merendar. Si lo haces, se acaban autorregulando". Hasta entonces, tendré que seguir diciendo "David, apaga ya el Fortnite". Aunque sea educativo.

El salto de una madre cuarentona del ‘Buscaminas’ al ‘Fortnite’

Por qué jugar a ‘Fortnite’ es bueno (o no tan malo) para tu hijo

“Mamá, ¿cuándo te enseño a jugar al Fortnite?”. Esta invitación recurrente de mi hijo de 11 años me da una mezcla de pereza, porque no es un juego que a simple vista me atraiga, y de miedo a no saber manejarme en ese mundo en el que lo veo correr, coger objetos, construir, cambiar de un arma a otra y matar a un ritmo vertiginoso, mientras mueve los dedos por los distintos controles de la Nintendo a una velocidad asombrosa para mí. Pero puede que no se me dé tan mal, al fin y al cabo, a los 15 años pasaba tardes en los recreativos jugando al Tetris,y a los 20, era la reina del Buscaminas.

Así que una tarde recojo el guante. No queda tanto tiempo para que ya no quiera jugar conmigo ni enseñarme sus cosas. El argumento básico ya me lo sé, pero todo lo demás me resulta marciano. “Las AK, como otras armas, son de distintas rarezas. Este AK puede ser común, que es gris, poco común, que es verde y hace más daño, y el azul, que es extraño. Y luego hay scars, que son otra arma, que pueden ser épicas, que son moradas, o legendarias, que son amarillas”, dice David de corrido. Después de esto, tengo claro que me voy a dedicar a lo que ellos llaman lootear, farmear y campear. Es decir, a recoger armas de los cofres que hay en distintos puntos del juego, a recolectar materiales de construcción, destruyendo árboles o edificios, y a esconderme y evitar cualquier enfrentamiento.

Mi personaje, una superwoman con un largo abrigo negro y sombrero de vaquero, se mueve de forma lenta y torpe, nada acorde con su imagen. Lo que más me gusta es subirme a una especie de monopatín volador, como los de Regreso al futuro. Tengo que preguntar a David a cada minuto por el botón que tengo que apretar. “¿Cómo se sacaba el hacha? Y cómo abro el cofre?”. Pero esto es positivo, explica Rebeca Díez Somavilla, profesora universitaria experta en videojuegos. “Tu hijo va a ser siempre mejor que tú, y eso le motiva. Para él, es un reto enseñarte, es enriquecedor”, afirma. Al final, en la primera partida, mi estrategia del cobarde me reporta un puesto 13 de 100. “No está mal, mamá”.

SOBRE ESTE PROYECTO

Este reportaje es la sexta entrega de Crecer Conectados, una serie de artículos que explora la vida de niños y adolescentes en un mundo digital. Los códigos han cambiado, los chavales aprenden, juegan y se relacionan a través de redes y pantallas, rodeados de algoritmos y big data, nativos en entornos en los que sus mayores se mueven con desconcierto. Crecer Conectados reflexiona sobre los retos a los que se enfrentan y las posibilidades que se abren para estas generaciones. ¿Qué hacen, dónde están y cómo usan los menores la tecnología? Tienen entre 3 y 18 años: ellos serán nuestros guías. [Volver arriba]

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