La vida puede ser dulce. O neo-dulce
“¿Cómo vamos a oler igual con 22 años que con 42, en el cine o en una reunión?”
“Como una muñeca rusa uno lleva dentro todas las edades”. Estaba cocinando una de las 8.479.583.649 recetas que guardo en el móvil cuando escuché esta frase en la radio. Me sonaba la voz: era la de Manuel Vicent, que estaba dando consejos a Juan José Millás “para ser un viejo soleado”. Dejé el cuchillo y atendí. “Tú tienes al niño dentro, al mayor, al que ha triunfado, al que no ha triunfado. Cada edad tiene sus placeres”, explicaba el escritor. Ahí entendí muchas cosas.
Los informes de tendencias de perfumes hablan de que este es el año de los gourmand adultos. Esa familia es la de las fragancias golosas, que en los últimos años han vivido un momento dulce porque son confortables; justo como no lo es nuestro tiempo. Siempre se han asociado a los más jóvenes, a los primeros perfumes. Olerlas es como entrar en La Duquesita. Ahora emerge una nueva subfamilia: los gourmand que se hacen mayores. La teoría la conozco, a estos perfumes se les lima su lado adolescente otorgándoles profundidad, con maderas o especias o se los complica con nueces, pistacho o matices lechosos. Leo que también se les llama gourmand inteligentes, como si la vainilla de Body Shop que alegró mi Selectividad fuera boba. La industria nos ha dicho a qué debemos oler en cada época de nuestra vida y eso no está bonito, industria. Esta tendencia me agita: por qué asumimos que una persona de 50 años no puede oler a un gourmand sencillo, por qué compartimentamos las edades.
La otra gran tendencia en el mundo del perfume defiende lo que llevo predicando desde que tuve edad de votar. Es la que dice adiós a la fragancia única. Vamos a ver, almas de cántaro: ¿cómo vamos a oler igual con 22 años que con 42, en el día o en la noche, cuando vamos al cine o en esa reunión de marketing descuajaringada? El perfume es emoción y las nuestras cambian con los años, los meses y los días. Y si decidimos apegarnos a una fragancia única porque seamos seres serenos, quizás la industria no nos deje, porque no todos los perfumes son eternos. El duelo olfativo existe. La infidelidad olfativa ha sido incorporada con soltura por los más jóvenes y me pregunto por qué, en la llamada edad madura, cuesta tanto desprenderse del perfume de confianza. Quizás sea una forma de no arriesgar cuando todo lo demás está en la cuerda floja. El mundo se irá al garete, podemos pensar, pero tenemos asideros: la americana compañera, el aroma de siempre, unas botas usadas. Es legítimo querer buscar la paz. Mientras tanto, mis amigos y yo hemos decidido hacer intercambio de perfumes una vez al mes.
La idea del armario olfativo es reciente: se trata de tener unos cuantos perfumes y de elegir cada día aquel que conecta con nuestro ánimo. No tienen por qué ser caros; uno puede ser Denenes, un clásico de la perfumería española cuyo diseño es de André Ricard, y se puede ver, junto con otros que han estado presentes en nuestras vidas en la exposición que le dedica el Madrid Design Festival hasta el 5 de mayo en Madrid. Suele haber uno nuclear, al que siempre se vuelve, y en torno a él orbitan unos satélites con los que jugueteamos. Mi núcleo es Chanel Nº5 y en torno a él giran maravillas como Pêche Mirage, Musc Ravageur, Lavande Poivre Noir, Floris 89, Shalimar o Bibliothèque. En estos perfumes están la adolescente de gafas, la universitaria que quería comerse el mundo, la viajera despistada, la mujer madura que cada día es más protestona.