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Parásitos, estigma y cáncer cervical: Un triángulo infernal para las mujeres de Zambia

La Esquistosomiasis Genital Femenina afecta a unos 56 millones de mujeres en África subsahariana. Informar sobre ella, prevenirla y diagnosticarla a tiempo resulta clave para su eliminación

El sol aún no ha salido cuando las mujeres de Chanyanya comienzan a reunirse a lo largo del río Kafue, que serpentea como un hilo plateado bordeando la comunidad. Caminan despacio cargando cubos y cestas, listas para recoger la pesca del día. El aire es fresco y una ligera niebla cubre el paisaje. Algunas visten chaquetas viejas y gastadas, probablemente las únicas que tienen, porque en esta zona rural de Zambia la pobreza impera en lo cotidiano.

Cuando el sol asoma, los pescadores llegan en sus canoas con las redes llenas. Tilapia, lucio africano, pequeños bagres y besugos de río aletean en el fondo de las barcas. Son peces modestos, pero vitales para alimentar a la comunidad y sustentar su economía. Descalza y concentrada, Kateway Kasari se adentra en la orilla para revisar la pesca. A su alrededor, otras mujeres se inclinan sobre las barcas, con sus coloridos chitenges (paños de tela típicos utilizados a modo de falda) rozando el agua fangosa donde habitan los peligros invisibles.

Como miles de mujeres en Zambia, Kateway está expuesta sin saberlo a un parásito que penetra en la piel sana durante actividades tan rutinarias como pescar, lavar ropa o recoger agua. En áreas de pobreza y escaso saneamiento, la Esquistosomiasis Genital Femenina (FGS, por sus siglas en inglés) es una amenaza constante y silenciosa, una enfermedad tropical desatendida (ETD) que es la segunda dolencia parasitaria más peligrosa después de la malaria y afecta a unos 56 millones de mujeres en África subsahariana.

La enfermedad oculta

La FGS puede ser invisible durante años. El daño interno avanza sin avisar: inflamación, dolor, sangrado, infertilidad… Con frecuencia, las mujeres con síntomas, similares a los de las infecciones de transmisión sexual, prefieren no acudir a los centros de salud para evitar el estigma. Por esto, a menudo se diagnostica mal o se ignora perpetuando un círculo vicioso de silencio y sufrimiento. Porque, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la FGS aumenta la posibilidad de contraer VIH y cáncer cervical, la segunda causa de muerte por cancer entre las mujeres africanas.

“Nunca tuve síntomas. Ni siquiera sabía qué era la FGS”, dice Regina Mweeba en su modesto salón en Kalundu View Compound. “Ahora que tengo la información, hablo con otras mujeres para que no sufran en silencio”. Mweeba es una de las 2.532 mujeres que estaban inscritas en noviembre en el programa Schista!, activo también en otros países como Uganda, Malaui, Costa de Marfil, Ghana y la República Democrática del Congo.

Las auxiliares de Schista! visitan los hogares y explican, sin prisas, qué es la bilharziasis, como antes se conocía a esta dolencia, cómo se transmite y por qué es importante detectarla. Los kits de prueba incluyen hisopos, un contenedor para orina y una conversación que busca disipar temores.

Con frecuencia, las mujeres con síntomas, similares a los de las infecciones de transmisión sexual, prefieren no acudir a los centros de salud para evitar el estigma.

“Cuando los trabajadores sanitarios vinieron por primera vez a mi casa, me negué. Pero después de que me lo explicaran, acepté. Ahora sé lo peligrosa que es la enfermedad”, explica Costance Pelekelo, picapedrera en el área de Ngwenya, a pocos kilómetros de las majestuosas cataratas Victoria, donde muchas mujeres realizan ese trabajo bajo el sol.

Su transformación es fruto de la acción comunitaria que realizan trabajadoras como Georgina Munkombwe, que camina largas distancias para llegar a cada casa. “Muchas mujeres temen ser positivas en virus del papiloma humano (VPH) porque piensan en el cáncer cervical. O temen que las pruebas duelan”, cuenta. Su paciencia y cercanía generan confianza en hogares donde nunca se había hablado de salud sexual.

Cuando mujeres como Pelekelo o Munkombwe comparten sus historias, desmontan el silencio que ha invadido esta enfermedad durante décadas. Pasan a ser de simples pacientes a firmes defensoras de la justicia para la salud reproductiva.

Diagnóstico en la puerta de casa

En el umbral polvoriento de su hogar, la joven Astridah Makwama escucha con atención mientras Melisa Choongo, trabajadora de Schista!, le explica cómo realizar el autodiagnóstico. Con pocas clínicas cercanas, Astridah representa a muchas niñas rurales: expuestas, desinformadas, pero dispuestas a aprender.

El programa Schista! no espera a que las mujeres encuentren la atención sanitaria: lleva la atención hasta ellas con neveras portátiles cargadas de pruebas para VIH, VPH, infecciones de transmisión sexual (ITS) y FGS. Son métodos de bajo coste, eficaces y escalables. Las auxiliares ofrecen también asesoramiento antes y después de cada test en los que la privacidad es esencial.

La integración de las pruebas para diferentes dolencias responde a una realidad en la que enfermedad, vulnerabilidad, estigma y desigualdad están totalmente conectados.

Si una mujer obtiene un resultado positivo de la prueba en casa, continúa en la clínica para obtener la confirmación. Allí, enfermeras y matronas realizan exploraciones pélvicas y pruebas complementarias en espacios seguros y acompañados, un paso crucial para distinguir entre distintas infecciones y garantizar un tratamiento adecuado.

Las mujeres diagnosticadas con FGS reciben prazicuantel, un tratamiento antiparasitario sencillo y eficaz recomendado por la OMS que se administra en comprimidos.

Cuando los trabajadores sanitarios vinieron por primera vez a mi casa, me negué. Pero después de que me lo explicaran, acepté. Ahora sé lo peligrosa que es la enfermedad
Costance Pelekelo

El éxito de Schista! se debe a su enfoque comunitario y a su estrategia integrada. Enfermeras, matronas, ginecólogos, técnicos de laboratorio, trabajadoras a domicilio y voluntarias colaboran con expertos de la London School of Hygiene & Tropical Medicine y del centro de investigación Zambart, el socio local.

En el corazón del modelo está la profesora española Amaya Bustinduy, especialista en enfermedades infecciosas pediátricas y referente en salud global. “Me embarqué en este proyecto tras darme cuenta de que los distintos ámbitos de la salud sexual y reproductiva trabajaban de forma aislada, sin comunicarse entre sí. Pensé entonces en la oportunidad de crear una intervención integral que maximizara las posibilidades de examinar a las mujeres en una sola visita. Así nació Schista”, explica. Su trabajo ha convertido al programa en un referente de atención holística.

Bustinduy cree que Zambia puede liderar un cambio regional: “El objetivo final es que el Ministerio de Salud adopte un sistema integrado de detección y tratamiento. Zambia puede ser el modelo para otros países africanos con problemas similares”.

El doctor Isaah Hansingo, ginecólogo del Livingstone University Teaching Hospital e involucrado en el estudio, considera esencial este enfoque: “En Zambia, los diferentes programas funcionan por separado: el VIH por un lado, el cáncer por otro, las ITS por otro. Schista! los reúne. Así es como podemos ser más eficientes salvando vidas”.

En noviembre de 2025, más de 2.500 mujeres han sido examinadas en Zambia gracias a este programa, cuyos resultados son mirados de cerca por el Ministerio de Salud. Las participantes prefieren hacerse las pruebas en casa, y el equipo confía en que el modelo pueda extenderse a escala nacional y continental.

“Sobreviví a la bilharziasis. Sobreviví al cáncer cervical. Ahora puedo levantar mi voz”, dice Prisca Muleba, una de las embajadoras del programa, mostrando la cicatriz de su histerectomía.

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