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Contra el pensamiento crítico

Las palabras juegan a señalar al mundo pero, a poco que nos descuidemos, acaban apuntando hacia nosotros

La Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, en Madrid.Samuel Sanchez

Hay expresiones que funcionan inconscientemente como la contraseña de un grupo. Su pura mención sirve para ubicar al hablante, como ocurre con el acento o con aquel shibboleth que fascinara a Derrida. Las palabras juegan a señalar al mundo pero, a poco que nos descuidemos, acaban apuntando hacia nosotros: nos delatan, nos sitúan y hasta son capaces de funcionar como síntomas inoportunos. Si el lenguaje no fuer...

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Hay expresiones que funcionan inconscientemente como la contraseña de un grupo. Su pura mención sirve para ubicar al hablante, como ocurre con el acento o con aquel shibboleth que fascinara a Derrida. Las palabras juegan a señalar al mundo pero, a poco que nos descuidemos, acaban apuntando hacia nosotros: nos delatan, nos sitúan y hasta son capaces de funcionar como síntomas inoportunos. Si el lenguaje no fuera capaz de decir lo que oculta, no existiría el psicoanálisis.

Por este motivo algunas expresiones biensonantes suelen ser signo de una falta de autenticidad intelectual. Si para los griegos no había distinción entre el decir y el pensar —todo era lógos—, cada vez que detectamos algunas expresiones de moda deberíamos ponernos en guardia y advertir que al emplearlas nos situamos en ese rebaño de personas que ejercen una suerte de pensamiento vicario. Ninguno de nosotros está a salvo.

Vocablos como “sinergia”, “disruptivo” o recursos tan manidos como aquel de “poner algo en el centro” demuestran una falta de creatividad lingüística que puede acabar siendo el signo de algo más grave. Aunque ahora nos parezca increíble, hubo un tiempo en el que fuimos hablantes funcionales, e incluso felices, sin emplear el verbo “implementar” y en el que las relaciones internacionales pudieron pensarse sin hacer uso de la palabra “geoestrategia”.

De cuantas ilusiones lingüísticas han hecho fortuna entre los charlistas profesionales, con ninguna se ha cometido un abuso tan pertinaz y esperpéntico como el que se hace con el “pensamiento crítico”. En la web de un colegio Montessori, en el título de una ponencia corporativa o entre las páginas de un best seller de filosofía, con demasiada frecuencia acabamos topándonos con la manoseada expresión. Escrita o enunciada, las más de las veces, por personas que serían incapaces de definir este bálsamo de Fierabrás conceptual.

El placebo intelectual del pensamiento crítico funciona, además, como una paradoja pragmática: quien abusa de su mención acaba demostrando que su pensamiento, alineado con las modas y las inercias de la época, es cualquier cosa menos crítico. Aunque bien mirado, habría que impugnar la expresión desde su origen. Porque el pensamiento, casi por imperativo etimológico, o sirve para diferenciar y discriminar, esto es, para ser crítico, o ni siquiera sería pensamiento. El que lo practica no lo menciona. Y el que lo menciona nos ha dado ya toda la información que necesitábamos para salir corriendo.

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