La lección gallega de la inmigración
Los gallegos emigrados sufrieron el mismo látigo de los tópicos étnicos y de clase, reduccionistas e hirientes, que se aplica ahora a las nuevas colectividades inmigrantes
A veces los mapas son jeroglíficos que al resolverlos funcionan como un libro de historia. En el interactivo que publicó EL PAÍS el pasado día 14 para radiografiar la presencia de extranjeros en España hay un detalle imperceptible a primera vista. Lejos de las grandes zonas de inmigración —...
A veces los mapas son jeroglíficos que al resolverlos funcionan como un libro de historia. En el interactivo que publicó EL PAÍS el pasado día 14 para radiografiar la presencia de extranjeros en España hay un detalle imperceptible a primera vista. Lejos de las grandes zonas de inmigración —las costas, los centros agrícolas y las grandes ciudades— aparece un punto aislado con una alta concentración de foráneos. Está en el interior de Galicia, en el límite entre las provincias de Ourense y Pontevedra, aparentemente un lugar con poco reclamo, habida cuenta del despoblamiento y el nulo desarrollo industrial. En ayuntamientos como Avión, Beariz, Boborás o A Lama viven más de un 30% de extranjeros, según el censo, aunque pocos lo sientan así, ya que sus familias salieron de ese lugar al que ellos, descendientes, han vuelto. En ese cuadrilátero migratorio —tanto de expulsión como de acogida— se encierra siglo y medio de historia y, también, se guarda una lección de peso en torno al debate sobre las migraciones y la regularización aprobada por el Gobierno.
Dos millones de gallegos dejaron su aldea por América entre 1850 y 1960, apenas por debajo de Irlanda en porcentaje de población. Iban a cubrir la acuciante demanda de mano de obra no cualificada en países en pleno crecimiento. En los años 60 cambiaron los barcos por la carretera y se encaminaron al centro y norte de Europa, donde se requerían brazos para las fábricas, la construcción, la hostelería. La fuerza de trabajo llegó del sur pobre del continente, entre otros lugares de Galicia, donde la sangría demográfica fue más bien una hemorragia sin freno justamente en los puntos negros del mapa. El historiador Félix García Yáñez calcula que en la década de 1960 emigró el 56% de la población de Ourense de entre 18 y 40 años. Hay que leerlo dos veces para darse cuenta de la magnitud del fenómeno.
Cuando España empezó a converger con Europa se produjo el retorno desde la Europa rica, donde magrebíes y subsaharianos de las excolonias reemplazaron a italianos, portugueses y españoles como mano de obra barata (y garantía para pagar las pensiones). En Galicia, que es pura migración, a ese regreso se añadió el más reciente de los descendientes latinoamericanos. Solo han cambiado los prefijos, de emigración a inmigración, pero las causas de las diásporas, sus patrones de vida y sus comportamientos son demasiado parecidos como para desdeñarlos ahora que las flechas en los mapas son de entrada y no de salida. ¿Cómo no va a haber empatía entre los gallegos, algo que se podría ampliar a asturianos, vascos, andaluces o canarios? Hagamos un ejercicio de comparación entre los que se fueron y los que han ido llegando.
Cuando alguien dice que la inmigración irregular la provocan el tráfico de personas y las mafias, habría que recordar la aventura de terror que era salir hacia América desde Galicia en las primeras oleadas. Atraídos por los ganchos de las navieras y consignatarias, muchos eran engañados con propaganda falsa. Hubo casos sangrantes, como el contingente que llevó como esclavos a Cuba a cientos de gallegos para la zafra del azúcar o el reclutamiento masivo para la construcción del Canal de Panamá. Entre los 40.000 obreros había una mayoría de afroantillanos, pero también 6.500 gallegos, expuestos a las penurias del clima y las enfermedades.
Se escucha a políticos pedir el cierre de fronteras, pasando por alto que a nuestros coterráneos les abrieron las puertas de par en par en América: Brasil subvencionaba la inmigración al punto de pagar el billete a los trabajadores, porque necesitaba músculo para las ingentes infraestructuras que emprendió en el salvaje interior del país. El México de Lázaro Cárdenas tendió la mano al exilio de la Guerra Civil, e incluso Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. En los años cincuenta Venezuela promovió una política sin restricciones: en un lustro entraron 150.000 españoles a un país de cinco millones de habitantes. Hoy hay unos 700.000 venezolanos en una España de casi 50 millones, menos de la mitad en términos porcentuales.
Donde no se abrían puertas se tiraban abajo de manera irregular, ya fuera con entradas clandestinas sin papeles, como polizones, numerosísimos, o estableciendo cadenas migratorias que facilitaban la radicación a través del parentesco y la reunión familiar, enrolados en los mismos trabajos manuales o pequeños negocios comerciales de escala muy básica. Como ocurre hoy con las nuevas diásporas, no todos eran exiliados económicos, sino también refugiados políticos o incluso militares, huyendo de reclutamientos y guerras. Casi todos varones jóvenes en un primer momento, y no todos honrados padres de familia o hijos ejemplares; también pícaros, buscavidas y escapistas. Pero esto no va de poner adjetivos, sino de entender que la gente se marcha de su país para mejorar, da igual en qué siglo o continente de salida y entrada suceda.
“Éramos como los venezolanos que ahora nadie quiere aquí”, me dijo en Panamá un oriundo de Ourense. Él llegó como ambulante, cuando los gallegos en América se apretujaban para dormir turnándose los colchones, el sistema de camas calientes —quizás les suene— en viviendas colectivas: “conventillos” en Argentina, “repúblicas” en Brasil, “vecindades” en México, tenements en Estados Unidos, por cierto todos ellos países llamados a sí mismos con orgullo “naciones inmigrantes”.
En Nueva Jersey se instaló una última oleada, consecuencia de la crisis pesquera tras la entrada de España en la CEE. Como tantos ahora, ingresaban en el país en avión sin visado y ya no salían. Otros, más avezados, se enrolaban en un buque mercante en Galicia y al llegar a la orilla americana se quedaban para siempre. “Saltaban el barco”, así lo llaman sus descendientes, ellos ya sí regularizados antes de las arremetidas del ICE de Trump.
A los que repiten el mantra de que los extranjeros no se integran se les podría llevar a visitar a nuestros migrantes, que a duras penas aprendieron inglés. A quienes dicen que los recién llegados se encierran en sus culturas y forman guetos se les puede recordar que los gallegos eran conocidos por invadir calles y plazas para sus xuntanzas y romerías. También lo eran por sus centros gallegos, que les daban respaldo asistencial y un lugar para el ocio al margen de la sociedad. En algunos países latinoamericanos se siguen casando entre coterráneos y mantienen la zeta en el habla como símbolo de estatus. En otros, todavía en este siglo, se hacía la matanza del cerdo en pueblos y ciudades. Y en toda América se siguen escuchando la lengua gallega y las gaitas. No solo es folclore e identidad; también se mantienen los negocios cerrados dentro de la colectividad y se celebran como una marca distintiva.
Ahora cambiemos la gallega por cualquiera de las nuevas diásporas. Podría repasarse punto por punto y el relato sería semejante, y hay algo que sería idéntico. El látigo de los tópicos étnicos y de clase, reduccionistas e hirientes, que fueron arrastrando los gallegos en todos esos países, chistes incluidos, se aplica ahora a las nuevas colectividades inmigrantes. Esa herida compartida añade grados a la empatía y funciona como antídoto contra la xenofobia: hasta la fecha, Galicia es la única comunidad donde la extrema derecha carece de representación, pues no ostenta ni un solo cargo público, ni siquiera a nivel municipal.
Quizás porque los gallegos saben que ir contra las migraciones es como ir contra la lluvia: una pérdida de tiempo. Y porque cualquier día el mapa se da la vuelta otra vez y ellos serán los primeros en saber cómo abrir la misma puerta que algunos quieren poner al campo. Otro imposible.