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El emperador contra el Papa

Trump no ha medido las consecuencias de su desprecio hacia León XIV

Donald Trump y León XIV.AP

Cuando el martes de la semana pasada León XIV, a la salida de su descanso semanal en Castel Gandolfo, ordenó detenerse el vehículo en el que viajaba y descendió para hacer unas declaraciones a los periodistas que esperaban en la cancela exterior, muchos quedaron sorprendidos por el tono inusualmente duro y directo que empleó el Pontífice. Estaba a punto de expirar el enésimo ultimátum dado por Donald Trump a Irán y el presidente de Estados Unidos había anunciado, con un lenguaje ciertamente bíblico, que destruiría en una noche “una civilización entera”. Robert Prevost ...

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Cuando el martes de la semana pasada León XIV, a la salida de su descanso semanal en Castel Gandolfo, ordenó detenerse el vehículo en el que viajaba y descendió para hacer unas declaraciones a los periodistas que esperaban en la cancela exterior, muchos quedaron sorprendidos por el tono inusualmente duro y directo que empleó el Pontífice. Estaba a punto de expirar el enésimo ultimátum dado por Donald Trump a Irán y el presidente de Estados Unidos había anunciado, con un lenguaje ciertamente bíblico, que destruiría en una noche “una civilización entera”. Robert Prevost no se anduvo por las ramas y aseguró que esas declaraciones eran inaceptables. Para muchos este era el comienzo de un enfrentamiento —tan viejo como el mundo— entre el emperador y el Papa, pero el primer pontífice estadounidense de la bimilenaria historia de la Iglesia ya estaba avisado del inevitable rumbo de colisión que habían tomado las relaciones entre el Vaticano y Washington. Un enfrentamiento del que probablemente los asesores de Trump, más empeñados en halagarle que en ponerle frente a la realidad, no han medido todas las consecuencias.

En realidad, la Iglesia y el Gobierno de Estados Unidos ya estaban muy enfrentados antes de la guerra de Irán por la cuestión de la inmigración. La actual Administración republicana nunca ha entendido el rechazo frontal de la Iglesia católica a la criminalización de la inmigración de la que Donald Trump ha hecho una de sus banderas políticas. Lo atribuía más bien a un presunto espíritu progresista que emanaba desde Roma bajo el pontificado de Francisco. Caían de esta manera en el mismo error que muchos analistas y políticos —de esta y otras latitudes— empeñados en clasificar a la Iglesia en dos bandos, progresistas y conservadores, haciendo una traslación literal de las ideologías políticas. Así estimaban que obispos considerados muy conservadores en Estados Unidos estaban siguiendo, más o menos a la fuerza, las consignas emanadas desde Roma pero que, ante nuevo sucesor en la cátedra de San Pedro, esto cambiaría. Sin embargo, con un hombre nacido en Chicago en el papado, los prelados estadounidenses sin fisuras han seguido oponiéndose férreamente a la cada vez más violenta política antiinmigratoria de la Administración de Trump. Ahí, el círculo que rodea al presidente pasó del desconcierto a la sospecha. Ya solo era cuestión de tiempo llegar a la hostilidad.

Tampoco son nuevos los enfrentamientos entre el Vaticano y la Casa Blanca respecto a la agresiva política exterior estadounidense. No está de más recordar que el primero que entonó el “no a la guerra” fue Juan Pablo II desde la ventana del Palacio Apostólico en Roma cuando a principios de 1991 Estados Unidos se prestaba a entrar en Kuwait tras la invasión iraquí del verano de 1990. Aquel “nunca más la guerra” supuso un jarro de agua fría para el presidente, también republicano, George Bush padre, y un enrarecimiento en las relaciones entre Roma y Washington que nunca han vuelto a recuperar el nivel alcanzado con Ronald Reagan apenas años antes.

En el caso de la actual crisis de las relaciones entre el Vaticano y Estados Unidos llama la atención un peculiar encuentro que ha sido objeto de desinformación, pero que no por ello deja de tener una importancia significativa. El pasado 22 de enero, el entonces nuncio del Vaticano en Estados Unidos, Gabrielle Caccia, fue convocado al Pentagono. Allí, en las instalaciones centrales de la estrategia militar de Estados Unidos, fue recibido por el subsecretario de Defensa (en la nomenclatura estadounidense es el subsecretario para la Guerra) en una entrevista sobre la que han corrido ríos de tinta por unas supuestas amenazas que el alto cargo estadounidense vertió contra la Iglesia y el Papa en caso de que no apoyara la política exterior de Trump. Ambas partes han desmentido este punto con rotundidad. Pero, aún aceptando esta versión oficial, no deja de ser sorprendente que el embajador del Vaticano sea llamado al Pentágono y no al Departamento de Estado, que es el encargado de las relaciones exteriores de EE UU. Se da la circunstancia de que dos días antes de esta entrevista los cardenales de Chicago, Blase J. Cupich, Washington, Robert McElroy, y Newark, Joseph Tobin, habían emitido un inédito comunicado exigiendo a Trump “una política exterior genuinamente moral”.

Desde que se produjo la convocatoria a su embajador, León XIV no dejó de hacer constantes referencias más o menos veladas a la política exterior de EE UU y, finalmente, ante la amenaza de destrucción total contra Irán, abandonó toda sutileza. Es más, momentos más tarde tras las declaraciones de Prevost, el arzobispo castrense de Estados Unidos, Timothy Broglio —es decir, el obispo de los militares estadounidenses católicos— dijo que la guerra contra Irán no estaba justificada por la Iglesia católica. Y para que no quedaran dudas, el domingo los tres cardenales antes citados aparecieron en horario de prime time en la cadena CBS en durante el programa 60 Minutes subrayando la misma idea. Trump contraatacó despreciando e insultando al Papa. Este respondió con un “no tengo miedo”. Un lenguaje al que el mandatario no está acostumbrando. Y muchos católicos tampoco.

No es posible pasar por alto el factor religioso en este enfrentamiento. Trump proviene de una cultura protestante —se crió en la Iglesia Presbiteriana, aunque ahora no se adscriba a ninguna denominación— que históricamente ha despreciado a Roma y considerado al catolicismo más bien como un atrasado recurso folklórico, en vez de una creencia que, entre otras cosas, predica transformar la humillación en victoria, y que a lo largo de los siglos ha experimentado la agresión como un poderoso factor catalizador. Y precisamente Trump ha provocado ambas cosas con León XIV. El político que obtuvo el 55% del voto católico en las pasadas elecciones presidenciales no ha tenido en cuenta el efecto devastador que sus palabras contra el Papa han tenido entre quienes simpatizaban con voto republicano. Y ha obviado la curiosa concepción personal de “doble ciudadanía” que tienen todos los católicos del mundo, incluyendo los de EE UU, los cuales, aunque estén obligados a obedecer a sus gobernantes temporales, prestan mucho más que atención a lo que viene de Roma. Y puede que no necesite esperar a las elecciones de mitad de mandato para comprobarlo.

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