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Guerra de extremismos

Tanto las amenazas de Trump como el desprecio de los ayatolás al alto el fuego propuesto por Pakistán obstaculizan el final de la guerra

Dos columnas de humo se elevan desde infraestructuras iraníes atacadas.Staff (REUTERS)

Las amenazas proferidas ayer por Donald Trump contra Irán si no reabre el estrecho de Ormuz no corresponden a lo que se espera de un gobernante de un Estado democrático. Decir que EE UU puede “destruir un país entero en una noche” y añadir que puede ser hoy, además de ser una arrogancia intolerable en el ámbito de las relaciones internacionales, no hace distinción entre el Gobierno iraní y un pueblo que desde 1979 vive sometido a una inflexible teocracia islámica. Tampoco ofrece al régimen de Teherán salida alguna que no pase por una claudicación que, bien lo sabe Washington, los ayatolás no van a aceptar. De paso, lanza una difusa amenaza sobre cualquier otro país del mundo que no siga los dictados del presidente de EE UU.

No es menos grave el rechazo iraní al borrador presentado por Pakistán para un alto el fuego temporal, que era una mínima y realista ventana a la paz. Teherán pretende el fin definitivo de la guerra mediante un acuerdo que incluya garantías de que no sufrirá más ataques, un protocolo para el tráfico por el estrecho de Ormuz, el levantamiento de las sanciones y compensaciones por los daños de los bombardeos. Algo imposible de alcanzar en solo unas horas tras 39 días de conflicto. En paralelo, el violento intercambio de ataques con Israel pone de manifiesto la voluntad de ambas partes de causar el máximo daño posible no ya a sus enemigos políticos sino a los pueblos a los que estos gobiernan. Los ataques contra infraestructuras civiles —como el mayor yacimiento de gas natural del mundo, una planta petroquímica y tres aeropuertos en Irán— y contra barrios residenciales en ciudades israelíes vulneran el derecho internacional, algo que tanto Netanyahu como el régimen islamista han dado sobradas muestras de desdeñar.

Lo preocupante de sus ultimátums es que Trump parece no haber comprendido que la realidad no viene determinada por sus grandilocuentes palabras, sino por las consecuencias de sus decisiones, tomadas a menudo con desprecio total a quienes conocen la situación y saben calibrar la gravedad de una guerra. Buena muestra de esta negación de la realidad es la reciente operación de rescate de dos pilotos de combate derribados sobre territorio iraní. El inquilino de la Casa Blanca la ha presentado como un hecho histórico que demuestra la aplastante superioridad estadounidense, pero tanto la angustia vivida por una parte de la sociedad estadounidense como las voces discrepantes en el propio movimiento ultraconservador respecto a su deriva bélica son apenas un apunte de lo que podría suceder de llevarse a cabo la tantas veces anunciada operación terrestre. Mientras, el daño que Trump está causando a la imagen de su país tardará en restañarse. La última encuesta de 40dB. para EL PAÍS es reveladora: el 81% de los españoles considera al presidente estadounidense como el líder que pone en más peligro la paz mundial. Y lo que no es menos significativo: ni el 10% de los encuestados espera un futuro más próspero y estable tras esta guerra. Y a medida que pasan las horas, todo puede empeorar.

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