¿Qué ocurrió allí?
Todo lo que somos empezó a fraguarse en medio de un paisaje doméstico accesible a través del ojo de la cerradura
Las cerraduras no tienen ojo ya: ha sido sustituido por una cicatriz que no permite adivinar, desde este lado, lo que ocurre en el otro. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que por el ojo de la cerradura nos asomábamos al mundo. Una de las primeras manifestaciones de ese mundo fue el pedazo de la habitación de los padres facilitado por ese ojo. Ni siquiera era preciso que ellos se hallaran dentro, y en actitud amatoria, para que el paisaje íntimo al que éramos capaces de acceder nos pareciera extraño. Un mundo extraño: eso eran aquella cama doble y aquel armario de tres cuerpos con un espejo en...
Las cerraduras no tienen ojo ya: ha sido sustituido por una cicatriz que no permite adivinar, desde este lado, lo que ocurre en el otro. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que por el ojo de la cerradura nos asomábamos al mundo. Una de las primeras manifestaciones de ese mundo fue el pedazo de la habitación de los padres facilitado por ese ojo. Ni siquiera era preciso que ellos se hallaran dentro, y en actitud amatoria, para que el paisaje íntimo al que éramos capaces de acceder nos pareciera extraño. Un mundo extraño: eso eran aquella cama doble y aquel armario de tres cuerpos con un espejo en el central. Resultaba sobrecogedor el lugar en el que dormían mamá y papá. Allí se concibió lo inconcebible: nosotros. Todo lo que somos empezó a fraguarse en medio de un paisaje doméstico accesible a través del ojo de la cerradura.
Aquel ojo era una metáfora antes de que supiéramos lo que era una metáfora. Veíamos sin entender, pero algo quedaba grabado en una zona blanda de la conciencia. Aquella alcoba no era solo una estancia: era una hipótesis. Allí se había producido el hecho improbable de nuestra existencia, y eso convertía la cama en un artefacto narrativo, en una máquina de fabricar biografías. Con el tiempo comprendimos que el ojo de la cerradura no servía tanto para espiar como para ensayar la idea de frontera. De este lado estaba el niño; del otro, el mundo adulto, compacto, insondable, organizado en cajones que no debían abrirse. La cerradura fue el primer editor de la realidad: recortaba, censuraba, sugería. Nos enseñaba que todo relato depende del punto de vista y de la cantidad de luz disponible.
El director de cine se asoma al objetivo de la cámara un poco con el mismo espíritu de quien mira a través del ojo de una cerradura. De ahí el carácter onírico de las mejores películas. Porque seguimos preguntándonos lo mismo: qué ocurrió exactamente allí dentro para que nosotros estemos aquí fuera.