La musa
Carmen Díez de Rivera ocupó un lugar decisivio en la Transición, una época en la que el machismo acostumbraba a ocultar los liderazgos femeninos
No me pidas flores, advirtió Carmen Díez de Rivera en un poema titulado Dolor de sueño que publicó la revista Caracola. La mujer que fue llamada musa de la Transición no quiso encerr...
No me pidas flores, advirtió Carmen Díez de Rivera en un poema titulado Dolor de sueño que publicó la revista Caracola. La mujer que fue llamada musa de la Transición no quiso encerrarse en su jardín y vivió con pragmatismo y rebeldía una época decisiva de la historia contemporánea de España. Así nos lo cuenta la escritora Carmen Domingo en su libro La Soledad fue el precio (Tusquets), una biografía que ha merecido el Premio Comillas 2026. Sus páginas consiguen llevarnos hasta el final, una tarea difícil cuando la historia tiene inicios poderosos. Carmen Díez de Rivera descubrió a los 17 años que estaba a punto de casarse con su hermano. El padre oficial y verdadero, el Marqués de Llanzol, no era el padre biológico. Ella había nacido de los amores adúlteros de su madre con Ramón Serrano Suñer, hombre fuerte del franquismo y poco respetuoso con los mandatos clericales de la época. El descubrimiento de que su novio, hijo de Serrano Suñer, era también su hermano, trastocó el destino hasta llevarla al centro de la artesanía democrática española, cuando se legalizó el PCE, poco después de que Adolfo Suárez pasara de RTVE a la Presidencia del Gobierno.
El libro mantiene su intensidad y nos ayuda a entender por dentro las dificultades de la Transición, el lugar decisivo que ocupó aquella mujer, en una época en la que el machismo acostumbraba a ocultar los liderazgos femeninos. Me atrevo a pensar que las cosas han cambiado. Rebelde, jefa de gabinete de Suárez, socialdemócrata, eurodiputada, de carácter decidido y autoexigente, recorrió los partidos y la política en situaciones muy complejas.
Leído con los ojos de hoy es gratificante recordar un tiempo en el que los acuerdos, los matices y las diferencias no desembocaban en insultos crispados y en descalificaciones. Además de ocultar la realidad y enturbiar los debates, los gritos intentan ahora deshacer mucho de lo ya conseguido en España.