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Al borde de un nuevo equilibrio

Los conflictos armados en Oriente Medio rara vez se quedan ahí. Es hora de que la comunidad internacional convoque al Papa

Fuerzas armadas israelís se despliegan en la frontera norte de Israel con Líbano, este sábado.ATEF SAFADI (EFE)

¿Porqué la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán importa al mundo? Primero, porque los conflictos armados en el Medio Oriente, en general, rara vez se quedan en el Medio Oriente Medio. La actual confrontación de Estados Unidos e Israel contra Irán lo confirma con claridad.

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¿Porqué la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán importa al mundo? Primero, porque los conflictos armados en el Medio Oriente, en general, rara vez se quedan en el Medio Oriente Medio. La actual confrontación de Estados Unidos e Israel contra Irán lo confirma con claridad.

Lo que comenzó como una escalada de ataques selectivos y represalias militares, amenaza ahora con alterar el delicado equilibrio estratégico: de una región que sigue siendo una de las piezas centrales del tablero geopolítico mundial.

Importante señal del sinsentido de esta guerra ha sido la renuncia esta semana del jefe del Centro Nacional de Contraterrorismo de EE UU, Joseph Kent enfatizando que “Irán no representaba una amenaza inminente”. Indicación suficiente de la insensatez de esta ofensiva militar y de los múltiples asesinatos.

De “menos a más”

Durante años, la rivalidad entre Irán y sus adversarios se expresó sobre todo mediante conflictos indirectos: milicias aliadas, operaciones encubiertas y presión diplomática. Esa lógica permitía mantener una tensión “permanente” sin llegar a una confrontación abierta.

Sin embargo, la actual fase del conflicto sugiere que ese “modelo” está cambiando. Los ataques con misiles y drones, las respuestas militares directas y la extensión de las operaciones a varios países del Golfo indican que la región se aproxima a un punto de inflexión.

Frágil equilibrio

Para los países del Golfo, esta escalada representa un dilema estratégico particularmente complejo. Muchos de esos países dependen de la protección militar estadounidense y albergan bases o instalaciones clave para la presencia occidental en la región. Al mismo tiempo, su prosperidad económica se basa en la estabilidad del comercio energético y en la seguridad de las rutas marítimas que conectan el Golfo con el resto del mundo.

Cada ataque interceptado, cada dron derribado o cada alerta de defensa aérea recuerda lo frágil que puede ser ese equilibrio. La guerra ya ha dejado numerosas víctimas y daños materiales: misiles y drones han provocado muertos y heridos entre civiles y militares, además de incendios en instalaciones energéticas, daños en infraestructuras críticas y escenas de pánico en zonas urbanas. Aunque la magnitud de la destrucción todavía no alcanza los niveles de otros conflictos recientes en la región, el riesgo de escalada es evidente.

Pero lo que convierte esta crisis en un problema global no es solo militar, sino, como se sabe, energético. Por la franja del estrecho de Ormuz circula una parte sustancial del petróleo que alimenta la economía internacional.

Una interrupción prolongada tiene las consecuencias que ya se están viendo en los precios de la energía, la inflación y en la estabilidad de los mercados. Los mercados financieros ya reaccionan ante esa posibilidad. La volatilidad en el precio del petróleo: refleja no solo el temor a una interrupción del suministro, sino también la incertidumbre política que genera una confrontación entre actores con capacidad militar significativa.

Dimensiones globales

Lo que está en juego es más profundo que una serie de ataques cruzados. Medio Oriente sigue siendo un escenario donde confluyen rivalidades regionales, intereses energéticos globales y estrategias de las grandes potencias. Cuando esos factores se combinan, adquiere dimensiones globales.

Por eso, la gran pregunta es si el sistema internacional cuenta con mecanismos eficaces para contener una escalada antes de que se transforme en una guerra regional abierta. Es obvio que hay pocos motivos para el optimismo.

Acumulación de desconfianza

Si en un contexto así la diplomacia aparece como el único instrumento capaz de evitar que la lógica de la represalia termine imponiéndose. El hecho es que la acumulación de desconfianza entre los actores implicados y la presión política interna en varios países hacen que en lo inmediato una salida negociada resulta bien difícil.

En Medio Oriente Medio, que ha vivido muchos momentos de tensión, también se ha demostrado que los equilibrios precarios pueden mantenerse durante años. La incógnita es si estamos asistiendo al comienzo de una etapa más inestable en la política internacional.

Pues, si la confrontación continúa ampliándose, la región podría entrar en una dinámica de alineamientos más rígidos entre bloques rivales. En ese escenario, cada incidente militar correría el riesgo de activar reacciones en cadena difíciles de controlar que irían mucho más allá de las fronteras del Medio Oriente.

Una salida, ¿cómo?

​Silenciadas, de hecho, las voces de la negociación, la salida no parece estar en la flexibilidad negociadora de alguna de las partes. Sin cancelar el escenario de una eventual acción del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el hecho es que las condiciones objetivas de la confrontación llaman a gritos a que algo -o alguien- intente intervenir ejerciendo sus buenos oficios.

​Pese a que la eventual intervención del Secretario General de las Naciones Unidas debería estar planteándose, el hecho es que un eventual veto en el Consejo de Seguridad podría paralizarlo por completo. Queda, pues, el escenario de que alguien de afuera entre a tallar.

El camino: la intervención del Papa, León XIV.

La voz del Papa

Desde el inicio de la guerra, el pontífice ha insistido en que el conflicto podría desencadenar consecuencias graves para toda la región. Ha descrito la situación como una “espiral de violencia” que podría convertirse en una “tragedia de enormes proporciones” si no se detiene. También advirtió del riesgo de caer en un “abismo irreparable” si las partes continúan respondiendo militarmente en lugar de recurrir a la diplomacia.

Este lenguaje refleja una línea tradicional del Vaticano: alertar sobre el peligro de que los conflictos regionales escalen y se vuelvan incontrolables.

El Vaticano ha mostrado una posición crítica, aunque cuidadosamente diplomática:​ El Papa ha evitado acusar directamente a un país específico, pero ha cuestionado la lógica militar del conflicto y ha insistido en que la paz solo puede lograrse mediante diálogo;

​Además, el secretario de Estado del Vaticano y varios cardenales han advertido que las “guerras preventivas” pueden incendiar toda la región.

La Santa Sede también ha expresado preocupación por el uso de argumentos religiosos para justificar la guerra, temiendo que el conflicto se presente como una confrontación religiosa.

Es el momento en que la comunidad internacional convoque al Papa para su intervención. Y, en primerísimo lugar, podría ser con un llamado/convocatoria que hagan los llamados países “occidentales” empezando por la Unión Europea y la aún silente América Latina.

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