Todo, en un parpadeo
Hay lecturas que exigen una edad moral, no biológica. Emily Dickinson no pide entusiasmo sino atención; no adhesión sino disponibilidad
Hay poetas que saben esperarte. Emily Dickinson llevaba lustros aguardándome. Hay obras que descubres cuando habías perdido la esperanza de entenderlas. Antes, nos rozan, se insinúan, se dejan ver de forma delicada. Después, un miércoles cualquiera, nos llaman por nuestro nombre. “Ya es la hora”, nos dicen, “léeme”. Durante años supe que ...
Hay poetas que saben esperarte. Emily Dickinson llevaba lustros aguardándome. Hay obras que descubres cuando habías perdido la esperanza de entenderlas. Antes, nos rozan, se insinúan, se dejan ver de forma delicada. Después, un miércoles cualquiera, nos llaman por nuestro nombre. “Ya es la hora”, nos dicen, “léeme”. Durante años supe que Dickinson estaba ahí, en ese lugar geográfico de mi biblioteca, con una respiración tan baja que parecía no existir. Conocía algunos de sus versos (“el para siempre está hecho de ahoras”, por ejemplo), citados sin amor. Dickinson estaba bien, pero no era para mí. O yo no era todavía para ella. Faltaban derrotas, faltaban silencios, faltaba una cierta domesticación del asombro. Hay lecturas que exigen una edad moral, no biológica. Dickinson no pide entusiasmo sino atención; no pide adhesión sino disponibilidad. Sus poemas no avanzan: se detienen. No explican: interrumpen. Uno entra en ellos como quien entra en una habitación oscura, confiado en que algo se manifestará si logra que los ojos se acostumbren a la ausencia de luz.
Cuando por fin llegó a mí ―o cuando yo llegué a ella― no hubo estruendo. Sucedió sin anuncio. Un verso breve, casi insignificante (“El alma tiene momentos vendados”), me obligó a cerrar el libro. No por su carga emotiva, sino por su precisión. Ahí entendí la espera: no era la suya, era la mía.
Leerla ahora es una forma de conversación tardía. Ella habla desde un lugar sin tiempo, y yo desde un cuerpo cansado de explicarse. Nos encontramos en el punto exacto donde ya no hace falta convencerse de nada. Sus mayúsculas no subrayan: iluminan un segundo y se apagan, como en un parpadeo. Todo ocurre en ese abrir y cerrar de ojos. Algunos autores nos esperan. Saben que tenemos una cita y que no es más que una cuestión de tiempo. Llegaremos cuando deje de llover. Y entonces, por fin, nos dirán lo que no habíamos sido capaces de escuchar durante lustros.