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Reconocimiento oportuno del Rey

Las palabras de Felipe VI sobre los abusos de la Conquista son un acierto histórico y abren el camino para la necesaria reconciliación

El rey Felipe VI, en el centro, escucha los detalles de la exposición 'La mitad del mundo. La mujer en el México indígena' junto al embajador de México, Quirino Ordaz Coppel, este lunes en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. José Jiménez Casa de S.M. el Rey (EFE)

El reconocimiento por parte del rey Felipe VI de que la Conquista de América estuvo marcada por “abusos y controversias”, y la respuesta positiva de la presidenta mexicana a esas palabras, marcan un punto de inflexión en una relación que en los últimos años ha estado tensionada por la gestión de ese pasado. No es un cierre, pero sí un cambio de tono que abre una vía más constructiva para abordar una historia compartida que sigue pesando en el presente.

Las palabras de Felipe VI suponen un paso relevante en una conversación históricamente incómoda entre España y México. No es la primera vez que se aborda este pasado, pero sí es significativo que lo haga la Jefatura del Estado asumiendo una visión más completa y menos defensiva de un episodio que sigue teniendo una fuerte carga simbólica en la relación bilateral, después de que el Rey decidiese no responder a la carta que le envió el expresidente Andrés Manuel López Obrador exigiendo disculpas por los abusos de la Conquista. La reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum, que ha valorado positivamente el gesto, confirma que existe margen para avanzar desde el reconocimiento mutuo y desde un tono más sereno y eficaz. La imposibilidad de organizar una visita de Estado es una anomalía histórica que debe corregirse. El intercambio de estos días apunta a una voluntad compartida de rebajar la tensión y buscar puntos de encuentro en una cuestión, como la petición de perdón a los pueblos indígenas, que nunca debería haber desembocado en un conflicto.

No se trata, sin embargo, de un punto de llegada. La complejidad de la relación entre España y México, forjada a lo largo de siglos, exige algo más que declaraciones puntuales. Hay aspectos del pasado que siguen reclamando una formulación más explícita y que, tarde o temprano, formarán parte de este proceso. Abordarlos con claridad, sin dramatismos pero también sin rodeos, contribuiría a consolidar una relación más equilibrada. Es necesario hallar fórmulas para pedir perdón y admitir de una vez por todas lo ocurrido tanto bajo mandato español como mexicano contra esa población indígena, y que no supongan humillación para nadie sino un reconocimiento sincero de los hechos. Es la verdad con todas sus luces y sombras sobre la que hay que construir el futuro.

Lo que resulta preocupante es la reacción irresponsable de sectores de la ultraderecha española, que tratan de desacreditar a la Corona por reconocer una evidencia histórica. Defender una visión edulcorada y falsaria del pasado no fortalece a España: la empequeñece. Un país que no es capaz de mirarse con honestidad pierde autoridad para hablar con otros. Es una pena que aquellas valientes voces que ya en los tiempos mismos de la conquista se atrevieron a denunciar los abusos sean relegados siglos después por sus propios compatriotas, en un intento de imponer un relato infantil de la historia. Ese legado imborrable de la memoria de las Américas y de España es el que debería ser ahora más escuchado que nunca.

España y México comparten una relación densa, construida sobre una lengua común, una intensa red cultural y una comunidad humana que atraviesa el Atlántico. Pero comparten también, en el momento actual, un desafío político similar: la presión de sectores que tienden a simplificar debates complejos y a utilizar el pasado como herramienta de división. En ambos países, los discursos más extremos encuentran en la historia un terreno fértil para la polarización. Frente a esa tentación, los movimientos de estos días reubican la conversación en un terreno más constructivo. Ese es el valor del gesto del Rey y de la respuesta del Gobierno mexicano: haber desplazado el eje desde el reproche hacia el reconocimiento. Que ambas naciones avancen en ese camino.

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