La fuerza del feminismo
El problema no es que los jóvenes se alejen del feminismo, sino que nadie les cuenta lo que está haciendo realmente mientras seguimos discutiendo sobre su imagen o radicalidad
Un príncipe británico ha sido detenido por primera vez desde 1647. Los archivos Epstein exponen una red global donde el abuso sexual de menores era moneda de cambio entre las élites del planeta. En Francia, 51 hombres corrientes (enfermeros, militares, funcionarios) fueron condenados por violar a una mujer drogada por su propio marido. Y ella, Gisèle Pelicot, ...
Un príncipe británico ha sido detenido por primera vez desde 1647. Los archivos Epstein exponen una red global donde el abuso sexual de menores era moneda de cambio entre las élites del planeta. En Francia, 51 hombres corrientes (enfermeros, militares, funcionarios) fueron condenados por violar a una mujer drogada por su propio marido. Y ella, Gisèle Pelicot, renunció a su derecho al anonimato en el gesto político más radical de la década: convertir lo sufrido en privado en un hecho público que exige respuesta. Nada de esto ocurrió porque el feminismo fuera popular. Ocurrió porque es eficaz. El problema no es, como parece decir una reciente encuesta, que los jóvenes se alejen del feminismo, que algo de eso hay. Es que nadie les cuenta lo que el feminismo está haciendo realmente mientras seguimos discutiendo sobre su imagen o radicalidad.
Rebecca Solnit reconstruye en The Guardian la cadena causal que llevó a la detención del príncipe Andrés. Fueron décadas de trabajo feminista las que lograron que muchas mujeres ocuparan posiciones ―juezas, editoras, productoras― donde podían decidir “qué es verdad y quién importa”, hasta que la “sociedad que se había negado durante décadas a escuchar a las víctimas estuvo finalmente dispuesta a hacerlo”. Sin ese trabajo acumulado, la investigación de Julie K. Brown en el Miami Herald no habría sido siquiera publicada. Sin esa publicación, Epstein no habría sido detenido. Sin esa detención, los archivos no se habrían abierto. Sin los archivos, un príncipe seguiría impune. Cada eslabón de esa cadena fue feminismo. Ni teoría ni identidad: acción política con consecuencias. Porque el #MeToo no fue una batalla de las guerras culturales: fue la mayor ampliación del perímetro de la rendición de cuentas democrática en décadas. Hizo exactamente lo que hace la democracia cuando funciona: extender el principio de igualdad ante la ley a territorios donde antes no llegaba, y no porque faltasen leyes, sino porque existía un consenso tácito sobre qué puertas no se podían abrir. El feminismo las abre, y lo que encuentra detrás no es una cuestión de identidad. Es poder.
Eva Illouz muestra en Le Grand Continent de qué clase de poder hablamos. Los archivos Epstein no revelan un depredador solitario sino una red global donde el abuso forjaba lealtades y garantizaba protección mutua frente a la ley. Las víctimas, chicas precarias a quienes se les prometían falsas oportunidades, tenían la misma edad que los jóvenes que dicen no sentirse feministas. ¿Por qué se tardó tanto en romper la impunidad? Sara Ahmed ha dedicado años a responder esa pregunta, y describe un mecanismo tan simple como devastador. Las instituciones no solo ignoran a quien denuncia: lo castigan. Nombrar el problema te convierte en el problema. La verdad, muestra Ahmed, no se pierde solo por la propaganda o la mentira organizada. Se pierde también por los mecanismos cotidianos que castigan a quien la enuncia. Algo sabemos de esto en España, donde el número dos de la Policía Nacional está acusado de violar a una inspectora subordinada que no utilizó los protocolos internos y fue directamente a los tribunales porque sabía que la institución que debía protegerla no lo haría.
La reacción de los jóvenes no es proporcional a los excesos feministas, sino a su fuerza. Por eso hay un aparato de algoritmos, influencers y redes de masculinidad herida dedicado a enseñarles que las mujeres son el origen de su malestar. Y es la política quien debe combatir esto, también con pedagogía. Pedirle al feminismo que se modere porque genera reacción es pedirle a la democracia que se detenga donde más incómoda resulta. No se trata de negar los problemas sino precisamente de afrontarlos. La pregunta aquí es por qué no hay ninguna fuerza política capaz de ofrecer a esos jóvenes algo mejor que la antigua cantinela de que las mujeres hablan demasiado.