Tres canciones
A un hombre sabio no lo afligen las oscuridades, no retrocede ante el misterio, no exige explicaciones, no reclama
Hay parejas que hablan todo el tiempo de lo que les pasa, de que sienten tal cosa o tal otra. No sé cómo será eso. Yo vivo con un hombre sabio. Hablamos de política, de cine, de cosas cotidianas, pero no de “la pareja”. Hace bastante tiempo yo atravesaba un momento de pesadumbre. Una zona oscura, áspera, insoportable. Una noche él llegó a casa mientras yo cocinaba. Preguntó algo, respondí desganada, fastidiosa. Tomó su teléfono, buscó una canción:...
Hay parejas que hablan todo el tiempo de lo que les pasa, de que sienten tal cosa o tal otra. No sé cómo será eso. Yo vivo con un hombre sabio. Hablamos de política, de cine, de cosas cotidianas, pero no de “la pareja”. Hace bastante tiempo yo atravesaba un momento de pesadumbre. Una zona oscura, áspera, insoportable. Una noche él llegó a casa mientras yo cocinaba. Preguntó algo, respondí desganada, fastidiosa. Tomó su teléfono, buscó una canción: Esa estrella era mi lujo, de Los Redonditos de Ricota. Me dijo: “Vení”, me abrazó y empezó a bailar. La canción dice: “Mordí el anzuelo una vez más / Siempre un iluso / Nuestra estrella se agotó / y era mi lujo”. Bailamos sin decir nada hasta que el tema terminó. Entonces buscó otra: Sencillamente, de Bersuit Vergarabat. La canción dice: “Dame sencillamente / lo que más te guste / (…) Y nada más / Es que estás llena de sombras / y ensombreciste la casa / El nido estaba caliente / y acabó por enfriar”. Bailamos, otra vez sin decir nada. Cuando terminó, buscó otra: Siguiendo la luna, de Los Fabulosos Cadillacs. La canción dice: “Vamos, mi cariño, que todo está bien / Esta noche cambiaré / Te juro que cambiaré / Vamos, morenita, ya no llores más / Por vos yo bajaría el sol / O me hundiría en el mar”. Fue un gesto de inteligencia, un acto de amor y una maniobra de seducción. Una colega me envió hace poco una frase que le escribió Clarice Lispector a su amigo Fernando Sabino: “Me haría muy bien abrir finalmente mi corazón para mostrárselo a alguien que no cerrase los ojos y escuchase qué horror puede estar guardado en una persona. La soledad que siempre necesité es al mismo tiempo enteramente insoportable”. A un hombre sabio no lo afligen las oscuridades, no retrocede ante el misterio, no exige explicaciones, no reclama. Cuando la música terminó, él dijo: “Dejá, cocino yo”, y empezó a cortar las verduras mientras en la cocina sonaba, intacta, nuestra canción de amor mudo.