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En espera

¿Por qué se excluye la belleza donde acechan la enfermedad y la muerte?

La sala de espera de un hospital en Granada. JUNTA DE ANDALUCÍA (Europa Press)

Se detiene el tiempo, en las salas de espera. Aunque se tengan a luminosas pantallas que atrapan la mirada y secuestran la atención, en una fuga silenciosa del presente, el reloj avanza despacio y de repente la vida, su finitud, su inherente fragilidad queda expuesta a las inclementes luces cenitales que propias de estos no lugares. ¿Por qué nadie piensa en hacer agradable el espacio de los que acompañan a enfermos y convalecientes? ¿Por qué se excluye la belleza donde acechan la enfermedad y la muerte? Debería ser todo lo contrario: al acudir a una consulta médica, una prueba diagnóstica, deb...

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Se detiene el tiempo, en las salas de espera. Aunque se tengan a luminosas pantallas que atrapan la mirada y secuestran la atención, en una fuga silenciosa del presente, el reloj avanza despacio y de repente la vida, su finitud, su inherente fragilidad queda expuesta a las inclementes luces cenitales que propias de estos no lugares. ¿Por qué nadie piensa en hacer agradable el espacio de los que acompañan a enfermos y convalecientes? ¿Por qué se excluye la belleza donde acechan la enfermedad y la muerte? Debería ser todo lo contrario: al acudir a una consulta médica, una prueba diagnóstica, deberíamos encontrar ambientes agradables que palien la angustia que trae siempre la falta de salud. Di a luz a mi hija pequeña en el Hospital de Sant Pau en Barcelona y ya entonces habían decidido que los paritorios fueran más bonitos de lo que habían sido, con las paredes pintadas de un turquesa menos frío que el blanco impoluto del resto del hospital, creo que había dibujos o cuadros bonitos, un televisor, una pelota por si las parturientas necesitábamos usarla. Butaca cómoda para el padre. Ya que tenía por delante la enorme tarea de traer una criatura a este mundo agradecí ese tipo de detalles. Aproveché las largas horas que duró mi parto para terminar de leer una novela que quedará para siempre asociada a ese momento tan importante: El tiempo es un cabrón de Jennifer Egan.

Y vamos si lo es, un cabrón, el tiempo, al provocar en nosotros cambios insospechados, a veces imprevisibles, un derrumbe progresivo que solo puede ser combatido por el cuidado de quienes nos quieren y nos quieren vivos muchos años, para siempre. Es el anhelo de eternizar a las personas que nos importan lo que nos lleva a prestarles toda la ayuda posible, a sacrificar horas de sueño, de disfrute y goce despreocupado. No veo qué otro sentido puede tener la existencia que el hecho de ser necesitados por otros en algún que otro momento.

En las salas de espera el debate público, las polémicas, las tertulias, todo me parece absurdo, un ruido lejano e incomprensible. Al salir doy un paseo por las calles de mi ciudad y no veo más que a muertos vivientes. ¿Qué os pasa? ¿Por qué esta vida única que tenéis se la regaláis a los señores del tecnofeudalismo? ¿Por qué malgastáis vuestro tiempo en el scroll infinito, abducidos por el perverso algoritmo que chupa vuestra atención como chupan sangre los vampiros? Me doy cuenta entonces de que están más vivos los enfermos que se enfrentan a la muerte que los sanos de pantalla y gimnasio, de proteína, bótox y silicona.

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