Ojalá te salga un hijo ‘therian’
El viejo recato burgués de las novelas del XIX, base del antisemitismo del XX, se renueva en formato digital pero con la misma agresividad
He aprendido estos días que los therians son chavales a los que les gusta disfrazarse de animales. He aprendido también, gracias a ...
He aprendido estos días que los therians son chavales a los que les gusta disfrazarse de animales. He aprendido también, gracias a un reportaje de Paola Mendoza y Ángel Munárriz, que su existencia, hasta ayer secreta, fue aventada primero por agitadores ultras argentinos, hasta que millones de personas los señalaron como otro sello que se rompe en el apocalipsis de la civilización. Figúrense: gente que se cree perro, el final de la especie, la degradación última de lo woke, el lodo cultural al que nos ha llevado todo este libertinaje sexual. También he visto a miles de garrulos burlándose de una niña de 15 años que acudió a la Puerta del Sol con la ilusión de encontrarse con otros therians y se quedó atrapada en una red de teléfonos móviles y acosadores, la plaza convertida en un patio de colegio superpoblado de matones.
La pobre niña aguantando el tipo ante una masa de desalmados me desgarró. Era una alegoría perfecta de la soledad y la crueldad de un mundo radicalmente intolerante y violento. Entiendo los mecanismos de la agitación y la propaganda, y cómo los agentes provocadores usan una subcultura minoritaria para azuzar el odio, pero la jugada no les saldría tan redonda si el balón no rodase sobre un suelo muy bien abonado. No hay ningún propagandista bulero tan poderoso como para despertar una agresividad tan unánime hacia críos indefensos. Tan solo están recogiendo la cosecha que muchos otros sembraron hace años.
Conforme la democracia se agrieta y se vuelve temblona e indecisa, crece la hostilidad hacia los raros. Una nueva normalidad se impone con insultos y risotadas, la normalidad de quien se siente mayoría, legítimo representante de la gente (antes lo llamaban pueblo) y abanderado del sentido común, que es el más abyecto de los sentidos, pues en su nombre se han montado las peores carnicerías. El viejo recato burgués de las novelas del XIX, sobre el que cabalgaron los cuatro jinetes del antisemitismo del XX, se renueva en formato digital pero con la misma agresividad. Hoy, como ayer, señala como amenaza cualquier vida distinta, cualquier manifestación de libertad, cualquier diversión que violente su muy estrecho sentido del decoro.
Unos hijos therian les deseo a toda esa gentuza que parece que se corta el pelo en la misma peluquería y se viste en la misma tienda. Ahora que han popularizado un fenómeno inexistente, ojalá se vuelva masivo y descubran que sus hijos adolescentes quedan los sábados para olerse el culo con máscaras de scottish terrier, en vez de emborracharse con garrafón y vomitar entre los coches aparcados, como hacen las personas decentes.