Una llamada
Con las amistades que a veces suspendemos por alguna contrariedad, habría que tener más delicadeza. El puente puede estropearse, pero no romperse
Hace unos días, me llamó alguien para hablar de una persona que se murió cuando yo estaba enfadado con ella. Habíamos tenido una amistad a distancia larga e irregular, y por diversas razones que no vienen al caso, en algún momento yo decidí cortar aquello. No sé cuánto tiempo llevábamos sin hablar; no era mucho, y de hecho no era la primera vez: siempre nos reconciliábamos. Pero en esta ocasión, se murió de repente. Lo peor de todo, lo más desapacible de esto, es que me he enfadado tan pocas veces en mi vida que en realidad nadie los llama enfados, sino berrinches. Y en esa ocasión no hubo opo...
Hace unos días, me llamó alguien para hablar de una persona que se murió cuando yo estaba enfadado con ella. Habíamos tenido una amistad a distancia larga e irregular, y por diversas razones que no vienen al caso, en algún momento yo decidí cortar aquello. No sé cuánto tiempo llevábamos sin hablar; no era mucho, y de hecho no era la primera vez: siempre nos reconciliábamos. Pero en esta ocasión, se murió de repente. Lo peor de todo, lo más desapacible de esto, es que me he enfadado tan pocas veces en mi vida que en realidad nadie los llama enfados, sino berrinches. Y en esa ocasión no hubo oportunidad de que el berrinche cesase: la muerte deja todo sin terminar, convierte el último momento en algo inacabable. Como apenas había hablado de eso, a esta persona que me llamó casi no la dejé hablar: me hundí en un monólogo de amor y reproches, casi de escándalo, hasta censurar que se hubiese muerto sin darme la oportunidad de cambiar las cosas; hasta ahí puede llegar el desconcierto. Fue extraño. Porque además, al acabar la charla me fui al móvil para leer nuestros mensajes, y resulta que su contacto estaba bloqueado. Tuve durante años bloqueado a un muerto del que no hablé ni escribí y al que apenas quise recordar luego de su fallecimiento. Al parecer, un instinto de protección. La famosa culpa, ese endiablado mecanismo interno que aparece tantas veces sin ton ni son —hace poco, una amiga se puso mal durante una comida, enfermó por algo que le sentó mal, y solo decía “perdón, perdón”, como si hubiese invocado ella la enfermedad—. Sobre la culpa habría que hablar en profundidad. Con las amistades que a veces suspendemos por alguna contrariedad, habría que tener más delicadeza: el puente puede estropearse, pero no romperse. Luego pasan cosas que dejan el berrinche, la discusión o el enfado en algo tan relativo, tan nimio, tan estúpido, que uno no puede ni reconciliarse con el duelo. Nunca nada es para tanto.