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El enfado antisistema acorrala a Feijóo

Vox no es una moda pasajera y el bipartidismo, al alimón, tiene parte de responsabilidad

La bancada popular en el Congreso, con la portavoz, Ester Muñoz, a la cabeza, aplaude al presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, en la última sesión de control al Gobierno. Mariscal (EFE)

El Partido Popular atraviesa una crisis estructural: el auge de Vox no parece ya una moda pasajera. Mientras en Génova 13 se las prometían felices creyendo que anticipar las elecciones de Extremadura o Aragón les permitiría —al fin— reabsorber el voto de la derecha, nada de eso está ocurriendo en el tablero regional. ...

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El Partido Popular atraviesa una crisis estructural: el auge de Vox no parece ya una moda pasajera. Mientras en Génova 13 se las prometían felices creyendo que anticipar las elecciones de Extremadura o Aragón les permitiría —al fin— reabsorber el voto de la derecha, nada de eso está ocurriendo en el tablero regional. El partido de Santiago Abascal está logrando superar su papel de subalterno del PP. La pregunta es si esta estrategia se asentará a largo plazo, o si logrará su objetivo de darle la puntilla alguna vez al bipartidismo.

Uno de los males que acechan al PP es que no transmite tener un proyecto identificable, más allá de la idea de “gestión”. Algunas voces conservadoras aseguran además que se ha quedado estancado en una España que ya no existe, más propia de los tiempos de José María Aznar o hasta de Mariano Rajoy. Y todo ello, mientras sube una generación de jóvenes con valores muy diferentes a los de la derecha clásica: Vox ha sabido tocar el nervio de quienes se sienten perdedores del sistema actual, de esa pulsión antisistema, que lleva tiempo escenificando con gestos que van desde plantar al Rey en actos oficiales, criticar a la Conferencia Episcopal o tirar de discurso antiélites. El PP, en cambio, es un partido diseñado para un electorado que no quiere demasiados sobresaltos, ni impugna eso que algunos tildan de “régimen del 78”. Su problema, pues, es que el contexto político ha mutado: a Génova 13 le falta hoy un relato fuerza que conecte más allá de las medidas concretas, y Alberto Núñez Feijóo tampoco lo está sabiendo ofrecer. Ganar las elecciones en varias comunidades, en el mayor momento de debilidad de Pedro Sánchez, y prácticamente igualando los resultados o hasta perdiendo votos, no es el éxito pregonado.

Se ha extendido asimismo la sospecha en una parte del electorado conservador de que, si llegara a gobernar Feijóo, no hará políticas muy diferentes a las del PSOE. Es decir, que el PP aplicaría una especie de continuismo atenuado en temas identitarios —como la relación con el independentismo o la llamada agenda woke— pero a nivel económico, sería más de lo mismo: mantenimiento del statu quo. Todo ello catapulta hoy también el voto a la ultraderecha, entre quienes esperan que le apriete las tuercas al PP para enfrentarse a las políticas de la izquierda, o para lograr un cambio real.

Así pues, el sentimiento de que la alternancia política no es igual a transformación del sistema vuelve a sacudir con fuerza en España. Emergen ahora unos nuevos indignados, pero esta vez no van a llenarán plazas como en el 15-M. Son quienes se sienten perdedores en un contexto que nada tiene que ver con el shock de una crisis de austeridad, sino con el sentimiento de estancamiento de las clases medias y trabajadoras, que lleva dos décadas en marcha en nuestro país. Esa impugnación va desde familias que no llegan a final de mes, la España rural, hasta la juventud que se siente abandonada. Si Vox nació con apariencia de partido de señoritos, la tournée autonómica habla de su potencial para llegar a permear en otras capas sociales, tras dar el giro llamado lepenista.

No solo afecta a los comicios aragoneses o extremeños; también es lo que está por venir en otras autonomías menos esperadas. El partido de Santiago Abascal ansía romper en poco tiempo la mayoría absoluta de Isabel Díaz Ayuso en Madrid tirando del discurso antiglobalista, la idea de una comunidad que deja a mucha gente atrás. No es tan distinto de la campaña que ha lanzado recientemente un partido progresista como Más Madrid. Es probable que Ayuso se haya dado cuenta del empuje de ese enfado antisistema: salió hace pocos días a pedir que se paralizara el acuerdo UE-Mercosur —tratado al que Vox se opone— y esta semana los tractores tomaron las calles de la capital, casi a modo de símbolo.

El caso es que el PP hasta ahora había considerado que Vox era populismo, no sin razón. Salir de los gobiernos del PP les ha permitido volver a ser la formación atrápalotodo, el voto protesta, que se mueve en la indefinición porque no toma responsabilidad de ningún asunto en concreto. Es evidente que arrastrar los pies con el pacto en Extremadura fue para seguir jugando la baza de la ambigüedad en Aragón, como es probable que repitan baza en Castilla y León.

Sin embargo, tal vez sea el momento de ver a Vox como algo más que una moda pasajera, o sin capacidad de arraigo. El bipartidismo, al alimón, tiene parte de responsabilidad en lo que ocurre: el relato triunfalista de Sánchez en lo económico no será tan cierto para muchos hogares cuando Feijóo –que encarna la alternativa– está hoy acorralado por el malestar de aquellos ciudadanos a quienes el supuesto “cohete económico” no les está llegando, ni lo esperan encontrar ya en uno en los grandes partidos. El PP está en zona de peligro, sobre todo, entre la gente joven: hay un voto que sociológica y demográficamente no tiene por qué volver ya al redil moderado del centroderecha, mientras nuestro país siga fabricando jóvenes criados en la precariedad, desconectando a algunos hasta de la idea de democracia. Vox no tiene prisa alguna; el bipartidismo debería tenerla toda en los años que vienen.

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