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Cada célula tuya

Desde hace días, la nuestra es una casa triste. Escuchamos maullidos que no son, vemos sombras donde no las hay

Fue en el comienzo de este año. Primero hubo que ver el cuerpo débil, la dificultad para sostenerse sobre sus patas, una laxitud alarmante allí donde supo haber finura y elegancia. Después hubo que cargarla, sentir el peso del cuerpo amado, ver los ojos en los que había ¿qué? ¿Cansan...

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Fue en el comienzo de este año. Primero hubo que ver el cuerpo débil, la dificultad para sostenerse sobre sus patas, una laxitud alarmante allí donde supo haber finura y elegancia. Después hubo que cargarla, sentir el peso del cuerpo amado, ver los ojos en los que había ¿qué? ¿Cansancio, temor, agradecimiento, consuelo? ¿Qué nos decía: no quiero sufrir, no quiero morir, no sufran por mí? Era una versión aterradora de lo que había sido. Se deslizaba hacia un colapso brutal, esperable pero demasiado abrupto. ¿En qué piensa una médica veterinaria que esgrime una jeringa repleta de sangre y dice: “¿Ves esto? Está lleno de grasa, ni siquiera se puede analizar”. La brutalidad y el amor. Yo preguntaba con firmeza mientras le acariciaba las orejas, y el hombre con quien vivo pedía una silla porque le bajaba la presión, le bajaba la vida, le subía el espanto. “Vos sos más fuerte”, me decía, mirando cómo yo llevaba el cuerpo hacia la sala de ecografías, lo colocaba en una camilla, sostenía una máscara de oxígeno, decidía qué hacer. Él mantenía esperanzas, yo no, pero estaba dispuesta a sostener la esperanza de él. Ahora, desde hace días, la nuestra es una casa triste. Escuchamos ruidos que no existen, maullidos que no son, vemos sombras donde no las hay. Poco a poco empecé a guardar las cosas que nos la recuerdan: el almohadón donde dormía, el inhalador con el que le administrábamos un medicamento, su comida, los remedios, la libreta donde anotábamos sus síntomas, el juguete preferido. Administro la muerte por goteo. Sé que el hombre con quien vivo se da cuenta de esas desapariciones, que las agradece, que él no podría. Hay un poema del argentino Martín Prieto que dice: “Envejecí escribiéndote una carta / cuyo objeto era relatarte como fuiste una vez / y por cada célula tuya que lograba inmortalizar / se moría una mía, una mía se moría, se moría”. Yo la llamaba “mi hermana”. Era distante, altiva, seria. Le gustaba el campo.

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