Espiral violenta en Irán
Es necesario encontrar vías de presión más allá de las amenazas de Trump contra un régimen sanguinario que masacra a su población
El régimen teocrático de Irán es una sangrienta dictadura dispuesta a aplastar cualquier signo de disidencia interna, un concepto que incluye un baile callejero subido a las redes sociales, o el cabello de una mujer asomando del pañuelo obligatorio más de lo que considerado permitido. Naciones Unidas estima que hasta 20.000 personas pueden haber muerto por la brutal represión de la última oleada de protestas que sacude el país. Sin embargo, la amenaza militar contra Irán lanzada el miércoles por Donald Trump, vuelve a colocar a las democracias occidentales ante la tesitura de respaldar una mecánica de resultado incierto, cuestionable legalidad internacional y nulo consenso internacional previo.
En su estilo de palabras contundentes, pero concreción difusa, Trump anunció un ataque contra el régimen iraní en un plazo sin concretar si no se sienta “rápidamente” a negociar –sin especificar el formato- cuestiones como la detención del programa nuclear o la financiación a grupos terroristas en Oriente Próximo. Su principal baza argumentativa es una “enorme Armada” que se dirige al Golfo y en la que destacan el portaaviones Abraham Lincoln y tres destructores equipados con misiles guiados. Tras la alarma generada por estas palabras, en medio de la cancelación de vuelos de compañías internacionales a Irán y de una subida abrupta de precio del petróleo, apenas 24 horas después Trump se mostró partidario de “dar una oportunidad a la diplomacia”. El petróleo bajó, pero no despejó la percepción de que EE UU puede atacar Irán en cualquier momento con consecuencias impredecibles. El precedente de Venezuela refuerza cualquier amenaza de Trump.
En el plano práctico, y siguiendo el mismo ejemplo que pone Trump como garantía de éxito de su amenaza, es preciso recordar lo obvio: el régimen iraní no es el venezolano. En Caracas, la operación de la Casa Blanca contó con ayuda local y después ha dejado en el poder la estructura chavista intacta por conveniencia práctica. Irán está sólidamente cimentado en una jerarquía que va más allá de las personalidades. Una acción militar no garantiza en absoluto la reforma, ni la caída, de un régimen que en un momento de debilidad máxima puede desencadenar un baño de sangre interno aún mayor y extender su respuesta a toda la región. Trump debería ser consciente del desastroso historial de intervenciones estadounidenses: Irak, Afganistán, Somalia, Libia y Siria son ejemplos solo en este siglo. Ninguna de esas sociedades ha visto la llegada de algo parecido a una democracia o una mejora sustancial de sus condiciones de vida. Por citar otro régimen integrista: en Afganistán, tras más de 20 años, 7.000 estadounidenses muertos y un gasto de dos billones de dólares, los talibanes siguen en el poder sin que nadie les cuestione ya.
En el plano de los principios la perspectiva es aún peor. Trump ha llevado las estrategias de casino a las relaciones internacionales. No valen ni las alianzas, ni las consultas ni la colaboración internacional. Su imprevisibilidad y su desprecio por las potenciales consecuencias de sus órdenes colocan al mundo es un estado de incertidumbre inédito. Llama la atención la actitud prudente en público de Israel, el archienemigo de Irán, sobre un ataque contra Teherán. Precisamente, Israel es quien ha estudiado mejor que nadie las consecuencias de un ataque a gran escala, en el que seguramente recibiría las represalias más inmediatas.
Mientras Trump tuitea, es imperativo recordar que los iraníes siguen luchando prácticamente solos contra una dictadura inmisericorde. Es por ellos por quienes la comunidad internacional tiene que dar la cara más allá de las declaraciones ineficaces, entre otras cosas para evitar que parezca que el único que actúa es justamente quien desprecia el orden internacional y la seguridad mundial.