A algunas de las cosas que pasan no se les pueden poner palabras, porque se quedan cortas o porque no alcanzan. Por eso suele sobrevenir el silencio ante un horror así: porque no se puede decir nada ni parece que pueda hacerse nada más que estremecerse. Por mucho que se describa, será imposible imaginar lo que debieron de ser aquel descarrilamiento, aquellos 20 segundos y aquellas horas siguientes que quien...
A algunas de las cosas que pasan no se les pueden poner palabras, porque se quedan cortas o porque no alcanzan. Por eso suele sobrevenir el silencio ante un horror así: porque no se puede decir nada ni parece que pueda hacerse nada más que estremecerse. Por mucho que se describa, será imposible imaginar lo que debieron de ser aquel descarrilamiento, aquellos 20 segundos y aquellas horas siguientes que quienes sobrevivieron no olvidarán nunca. De ahí que ese sea el primer deber de los demás: el de no olvidar nosotros tampoco, para que el tiempo no extinga esta solidaridad de ahora. La conmoción es inmensa, pero la memoria es fugaz.
En la tarde del domingo, cuando el pueblo de Adamuz ya se recogía, los vecinos vencieron al silencio y al miedo para ofrecer la primera ayuda a las víctimas del accidente. Sucedió también entre los pasajeros que pudieron asistir a los heridos con los que habían compartido tren o incluso vagón, los que fueron conscientes allí mismo de cómo cambia la vida en un instante. En medio de una tragedia indecible, volvió a emerger el valor de esa pequeña red que nos sostiene y nos confraterniza en un mundo que lo ha puesto todo cada vez más arisco y difícil: nuestra capacidad para tendernos la mano ante las peores horas de espanto.
Fue esa vocación de ayuda la que demostraron al momento, en cuanto empezaron a llegar, los trabajadores de los servicios de emergencia: los sanitarios, los bomberos, los policías, los militares, los técnicos y los demás efectivos que atendieron a las víctimas y se expusieron para poder salvarlas o recuperar sus cuerpos. Los que han tratado de dar respuesta a las familias por un sentido del deber que trasciende en muchos casos su obligación estricta. Ellos son también el Estado. Son, de hecho, lo mejor del Estado, y su papel reivindica la necesidad de cuidar unos servicios y una función pública denostados tan a menudo y tan a propósito. Ellos han cumplido con su deber. Le toca ahora a la otra parte del Estado: la que habrá de llegar hasta el final en la investigación y cuidar que los afectados y sus familias no se sientan desamparados.