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No enseñar al que no sabe

Los buenos profesores sufren el descrédito, la postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el triunfo de la ignorancia y la barbarie

Cabe la triste posibilidad de que la educación, en España, no le importe a nadie, salvo a algunos profesores no vencidos por el desaliento ni aquejados en exceso por las oscuridades depresivas, a algunos alumnos y alumnas misteriosamente poseídos por el deseo de aprender, a algunos padres y madres de convicciones humanistas, y a unos cuantos ilustrados sueltos que siguen sosteniendo la extraña convicción de que el saber es un ingrediente de la libertad y también de la dicha. Son ilusos convencidos de que el ser humano, para alcanzar la plenitud de sus facultades, necesita un aprendizaje en oca...

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Cabe la triste posibilidad de que la educación, en España, no le importe a nadie, salvo a algunos profesores no vencidos por el desaliento ni aquejados en exceso por las oscuridades depresivas, a algunos alumnos y alumnas misteriosamente poseídos por el deseo de aprender, a algunos padres y madres de convicciones humanistas, y a unos cuantos ilustrados sueltos que siguen sosteniendo la extraña convicción de que el saber es un ingrediente de la libertad y también de la dicha. Son ilusos convencidos de que el ser humano, para alcanzar la plenitud de sus facultades, necesita un aprendizaje en ocasiones arduo que le ayude a comprender racionalmente el mundo, a reconocerse en la humanidad de los otros, a situarse en el espacio gracias a la geografía y en el tiempo gracias a la historia. Sin tal aprendizaje no hay posibilidad alguna de distinguir entre las cosas ciertas y los embustes, entre la astronomía y la astrología, entre la evidencia fiable y la propaganda religiosa o política, entre la justicia y la injusticia, la democracia y la tiranía.

No nacemos de la nada ni somos los primeros ni los únicos en el mundo. Desde que salimos de nuestra deliciosa condición prenatal y submarina empezamos a aprender, porque nuestro equipaje genético no nos provee con la mayor parte de las capacidades que otros animales ya tienen al nacer. Aprendemos por nosotros mismos, y aprendemos de los adultos y los niños que nos rodean, y sin los cuales nuestro aprendizaje quedaría malogrado y nuestras posibilidades de sobrevivir serían irrisorias. La mayor parte de las cosas un ser humano no las aprende solo: ni a caminar, ni a hablar, ni a leer ni a escribir. Y quien nos enseña no es el transmisor mecánico de un conocimiento, o de una destreza, o de una pantalla. Aprendes de quien amas y te ama. Después del padre y la madre, el buen maestro te enseña no solo porque sabe las cosas que necesitas aprender, sino porque pone un fervor cordial en esa transmisión, sea en una escuela de párvulos o en un aula de Instituto.

Las religiones, las ideologías racistas, las tradiciones sagradas, dividen a los seres humanos en jerarquías según ellos innatas: los hombres por encima de las mujeres, los nobles de los plebeyos, los fieles de los infieles, los ricos de los pobres, los blancos de los negros. La convicción ilustrada es que todos los seres humanos, tan diferentes entre sí en inclinaciones y caracteres, poseen una misma dignidad y un conjunto de capacidades que no están marcadas por el origen, sino que se descubren y se van desarrollando través de la buena salud y la enseñanza sólida e igualitaria. Solo así se puede lograr que cada uno y cada una den lo mejor de sí, al ejercer destrezas y formas de talento científico, técnico o creativo que de otro modo se habrían frustrado, y por lo tanto habrían empobrecido la propia vida y a la comunidad.

Estos principios tan simples no le importan a nadie, o casi. En el cochambroso gallinero del Parlamento no se oye ni una sola palabra sobre la educación, una vez que cada nuevo gobierno ha derogado la nueva ley que promulgó el anterior. Cuando entrevistan en la televisión al presidente del Gobierno llegan incluso a preguntarle por el fútbol, pero nunca sobre la enseñanza, ni él se acuerda de mencionarla. Acaba de dimitir una ministra de Educación a la que durante varios años hemos visto hablar de casi todo, salvo de los asuntos propios de su ministerio. A un gran número de padres y madres tampoco parece que les preocupe la educación de sus hijos: tan solo que el profesorado se dé cuenta de lo especiales que son sus criaturas, o de que obtengan las credenciales suficientes para hacerse ricos cuanto antes, lo cual, como todo el mundo sabe, se consigue en instituciones religiosas privadas. Lo que le importa a las consejerías llamadas de Educación, en las comunidades gobernadas por la derecha, es demoler cuanto antes la enseñanza pública, a fin de beneficiar a la privada y a la santa Iglesia. Las quejas de los profesores, según informaba Ignacio Zafra hace unos días en estas páginas, son muy parecidas en todas partes, y nos las cuentan los amigos que se dedican al oficio: en las aulas de los centros públicos hay grupos hasta de cuarenta alumnos, lo cual no solo impide la célebre “atención personalizada”, por decirlo en el lenguaje entre psicopedagógico y empresarial que se ha impuesto, sino cualquier tipo de enseñanza verdadera.

Una luminaria internacional del saber educativo, Andreas Schleichen, director de Educación de la OCDE, declaró hace unos años en este mismo periódico, en el curso de una visita auspiciada por nuestro Gobierno socialista, que una ratio de treinta o cuarenta alumnos por clase no tenía efectos perjudiciales sobre el aprendizaje. Lástima que eso no lo supieran los educadores españoles, que han de enfrentarse a esos grupos tan numerosos bajo una sombra que también es una queja universal entre ellos: el descrédito de la figura del profesor y la falta de respeto a su trabajo, compartida por los alumnos y por sus familias, y alentada por las autoridades académicas, y por esa corriente universal de desprecio al saber que viene de la mano del ascenso de la extrema derecha y el poder de las compañías tecnológicas. El profesor, la profesora, es de antemano culpable de una acusación contra él, incluso tras una agresión física. Y si los resultados académicos —puramente cualitativos— no son todo lo favorables que las estadísticas exigen, y con las que los cargos políticos aspiran a condecorarse, la culpa no será nunca de la falta de medios, de las aulas pequeñas y mal habilitadas, del exceso de alumnos, del desinterés de los padres, de la carga burocrática insufrible que la administración impone a los profesores: son ellos los culpables, por no adaptarse a las metodologías modernas, por su cabezonería en seguir creyendo en la importancia del conocimiento, y en el valor de transmitirlo con el entusiasmo necesario para que sea fértil. Un profesor extraordinario al que conozco bien, que enseña con éxito literatura en el instituto de un barrio popular de Madrid, me explica que todas estas aberraciones, tristemente abrazadas por la izquierda, tienen su origen en un informe sobre la educación del porvenir que la OCDE solicitó a la consultora McKinley. Sus conclusiones se resumían en dos puntos igual de aterradores: la escuela tenía que educar en el liderazgo para la innovación; y no tenía que promover el conocimiento, sino las “competencias”. Un programa, me dice este amigo, a la medida de un neocapitalismo de pillaje.

¿Qué competencias pueden enseñarse separándolas de ese conocimiento que tanto les desagrada a todos? ¿Pueden la creatividad o el sentido crítico ejercerse sin una formación verdadera? El conocimiento no se transmite mecánicamente, como la información que uno copia de la inteligencia artificial. La principal arma de supervivencia y progreso de los seres humanos fue la capacidad de preservar y transmitir las experiencias adquiridas gracias primero a la palabra y luego además a la escritura. Los buenos profesores sufren el descrédito, la postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el triunfo de la ignorancia y la barbarie, de la amnesia colectiva y el cinismo insidioso para el que todo da igual, salvo la ansiosa satisfacción de cualquier capricho instantáneo. Nos quieren ignorantes, groseros, sectarios, ansiosos, apoltronados, narcisistas, aislados cada uno en su paraíso virtual, insolentes y mansos en nuestro aborregamiento colectivo. En la Guerra Civil, los fascistas españoles tenían predilección por fusilar maestros. Ahora se trata de volverlos irrelevantes, de despojarlos de su dignidad y de los medios necesarios para su trabajo hasta que claudiquen y se rindan, o esperen desmoralizados a jubilarse.

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