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Siempre de la mano

Nadie preguntó si mi madre había concebido por obra y gracia del Espíritu Santo

En febrero de 1938, en plena Guerra Civil, nació mi hermana pequeña. Su llegada a este mundo se produjo como un misterio teológico o un enigma policiaco, según se mire, porque mi padre se hallaba en paradero desconocido y mi madre, que era una santa, apareció de pronto embarazada. El misterio se reveló al saber que...

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En febrero de 1938, en plena Guerra Civil, nació mi hermana pequeña. Su llegada a este mundo se produjo como un misterio teológico o un enigma policiaco, según se mire, porque mi padre se hallaba en paradero desconocido y mi madre, que era una santa, apareció de pronto embarazada. El misterio se reveló al saber que mi padre estaba escondido en un armario de doble fondo en la planta superior de casa cuyas habitaciones de abajo habían sido requisadas para oficinas por los militares del ejército rojo, quienes a las siete de la tarde cerraban estos despachos y desaparecían. Entonces, mi padre salía del escondrijo y comenzaba a tocar el violín. Al parecer nadie preguntó si mi madre había concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, pero la niña no pudo ser bautizada porque la iglesia del pueblo había sido convertida en bar, la capilla del sagrario en la sala de billares y la pila bautismal en depósito de gaseosas. Fue bautizada en Villarreal al finalizar la guerra. La llamábamos Choneta, era una niña muy linda y yo la tenía como un juguete del que mi madre me hacía responsable cuando me advertía: “Cuida de la niña en el recreo de la escuela, si alguien la molesta, ya sabes, tú eres su hermano”. Yo había estado en coma siete días por una caída y presumía con los compañeros de haber conocido en el más allá a unos monstruos fantásticos que acudirían siempre en mi ayuda en caso de pelea. Esto me servía para sustituir las pedradas con otros niños por unos cuentos de terror. Un día antes de acometer una batalla conté a Camilo, jefe de filas, que un monstruo infernal con piernas de cabra lucharía en nuestro bando. Mi hermana Choneta al oírlo comenzó a llorar. “¿Ves lo que has ganado? Hacer llorar a tu hermana. Venga, venga, déjate de cuentos imaginarios y empieza a repartir leña”. Hace unos días, mi hermana Choneta se ha ido más allá. Pasó sus últimos años sin memoria y a mí solo me reconocía en las fotos de pequeño cuando yo la llevaba a la escuela siempre de la mano y la protegía.

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