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¿Es ingenuo vivir sin miedo?

No se trata de escoger entre asumir la realidad o asustarse, sino el ser consciente de los riesgos y afrontarlos

A la gente siempre le ha interesado mucho saber de qué se mueren las cosas que pueden morirse de algo. Hace un tiempo, las librerías se llenaron de ensayos sobre cómo mueren las democracias, en un anticipo editorial de los aires que nos traería luego la vida. Antes que eso, se vendieron miles de libros que se preguntaban si habían muerto la historia y las ideologías, porque a algunos les pareció que el mundo iba a quedarse conforme estaba. Resultó que aquel mundo y sus seguridades fueron los prime...

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A la gente siempre le ha interesado mucho saber de qué se mueren las cosas que pueden morirse de algo. Hace un tiempo, las librerías se llenaron de ensayos sobre cómo mueren las democracias, en un anticipo editorial de los aires que nos traería luego la vida. Antes que eso, se vendieron miles de libros que se preguntaban si habían muerto la historia y las ideologías, porque a algunos les pareció que el mundo iba a quedarse conforme estaba. Resultó que aquel mundo y sus seguridades fueron los primeros en morir, por supuesto.

Nos explicaron la historia política reciente a partir de la confrontación de dos ideologías, la izquierda y la derecha, que en Europa compartían algunos consensos, como el estado del bienestar y la construcción comunitaria. Vinieron las crisis y las desigualdades, el reparto desigual de las cargas y el descontento de una parte de la población que se sintió excluida y que atendió a los discursos que proponían soluciones urgentes y enemigos concretos. Las razones que levantaron una idea compartida de Europa están vivas aún, pero es evidente su desgaste. En especial, entre los hombres jóvenes que no se sienten interpelados.

De manera deliberada o no, se produjo una sustitución de las ideologías tradicionales que quizá explique que antiguos votantes de izquierda opten por partidos de extrema derecha. Puede que ese trasvase se deba al desencanto. O puede que ese votante no divida el mapa político entre un lado y otro, sino a partir de elementos que fueron emociones y ahora son ideologías. El individualismo, por ejemplo, o la ley del más fuerte. Y, desde luego, el miedo.

Lo contrario del miedo no es la ingenuidad ni el engaño: no se trata de escoger entre asumir la realidad o asustarse. Sería necio negar lo que el mundo ha cambiado en un puñado de meses y constatar que todo lo que parecía imposible de pronto ya no lo es. Habitamos un mundo incierto en el que no está claro que la flecha del tiempo vaya a ir siempre hacia delante. Pero ser consciente de los riesgos, y afrontarlos, no implica aceptar el miedo, porque el miedo es un material maleable con usos políticos.

En 1999, antes de que muriera el siglo, Josep Ramoneda publicó un tratado que tituló Después de la pasión política. Y escribió: “Desde Occidente, se ha puesto empeño en construir un nuevo enemigo, porque el miedo es siempre una ayuda para el gobernante”. Años después, en 2011, Joaquín Estefanía publicó La economía del miedo y previno contra lo que llamó fabricantes del miedo: “El temor es una emoción que inmoviliza, que neutraliza, que no permite actuar ni tomar decisiones con naturalidad. Este miedo contemporáneo hace a todos susceptibles de ser dominados, subyugados por los que poseen la capacidad de generarlo”.

Quizá ese sea uno de los rasgos que mejor defina hoy lo que es el poder: la capacidad de generar miedo y propagarlo. De la misma manera, entonces, resultará un ejercicio de poder oponerse a ese miedo, sin caer por ello en la ingenuidad ni en la renuncia.

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