Exacto, dijo el señor alcalde

Almeida apuesta por una ciudad sin regulación, a las bravas, y lo declara con una simpatía y un acento tan de aquí que llega al corazoncito de dióxido de los madrileños

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, en septiembre.Óscar Cañas (Europa Press)

Volvemos a viajar. Hay una especie de clamor por la presencia, una demanda de actos culturales aquí o allá. Hay ciudades a las que llegamos después de este año y medio difícil de calibrar. Nos reencontramos con amigos de los que la pandemia nos separó y me temo que hemos envejecido todos un poco más de lo que teníamos previsto. Tal vez esta sombra en la mirada que asoma tras las mascarillas se alivie en unos meses. ...

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Volvemos a viajar. Hay una especie de clamor por la presencia, una demanda de actos culturales aquí o allá. Hay ciudades a las que llegamos después de este año y medio difícil de calibrar. Nos reencontramos con amigos de los que la pandemia nos separó y me temo que hemos envejecido todos un poco más de lo que teníamos previsto. Tal vez esta sombra en la mirada que asoma tras las mascarillas se alivie en unos meses. No todos hemos padecido depresión, pero si acusado un peso sobre los hombros que se nota, se nos nota. Por otra parte, volver de la bellísima ciudad de Palma o de la renovada y vital Málaga es tomarse un descanso mental y físico (sobre todo, pulmonar) de este Madrid, al que regresamos observando desde la ventanilla del avión la boina gris que literalmente oculta la ciudad. Dentro de unos diez minutos estaremos inmersos en su espesura de fieltro. No sé si nuestros pulmones han evolucionado hasta el punto de recibir el dióxido de carbono como si fuera oxígeno, de la misma forma que se decía que las carpas del Retiro masticaban chicle mejor que los niños, pero una vez que estás dentro del cogollo te olvidas de lo que respiras. De vez en cuando, lo constatan estudios científicos, como el de enero en la revista The Lancet, que confirmaba lo que sospechábamos, que de las 858 ciudades de Europa, Madrid es la que contiene la zona urbana con mayor mortalidad provocada por la contaminación. Pero ya se sabe que los madrileños, en esta acelerada mutación que nos hace seres tan especiales, disfrutamos de la marchilla que nos proporcionan los atascos que forman parte ya de nuestro hecho diferencial. Nuestros abuelos ven afectados sus pulmones con la alegría de que con cada inhalación reciben una bocanada de casticismo y los recién nacidos ya vienen al mundo con los pulmones recios como los de un minero.

El defensor del Pueblo escribió una carta al señor alcalde para decirle algo que los madrileños mutantes ya sentíamos en las calles: que hay más tráfico que en la época prepandémica. Hay más coches y más agresividad en la conducción. Pensaba una que era una percepción personal, como una obsesión más tras un período largo de enclaustramiento, pero vino la DGT a confirmarlo. Hay más atropellamientos, hay más accidentes en los viajes de corto recorrido. También hay motoristas que cruzan la ciudad de punta a cabo a toda hostia, haciéndonos saber el poderío de su bicharraco, que contamina de ruido la calle por donde pasa. Pero los madrileños sentimos el ruido como parte irrenunciable de nuestra idiosincrasia y a cada rum-rum respondemos con una sonrisa de complicidad. Cuando pisamos una ciudad española más habitable estamos tentados de experimentar cierta paz, pero enseguida nos recomponemos y sentimos morriña de la capital. De la capital de la libertad. Y del español.

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Al señor alcalde la carta del defensor del Pueblo como que no le da ni frío ni calor, porque básicamente ha declarado que la desconoce. El encogimiento de hombros del alcalde está comenzando a ser un clásico. Debería tal vez añadir un “me la refanfinfla”, que suena muy zarzuelero. También se la ha refanfinflado la nueva ley de vivienda tal y como expresó en Twitter con mucho cachondeo. Se le pretendía poner en un brete acusándole de no ir a hacer NADA para controlar el precio de los alquileres y el madrileñísimo Almeida replicó como un personaje de Arniches: “Exacto”. Él apuesta por una ciudad sin regulación, a las bravas, y lo declara con una simpatía y un acento tan de aquí que llega al corazoncito de dióxido de los madrileños.

Usted puede pensar que Almeida desconoce que estos debates han sido cruciales en las elecciones alemanas y que están conformando el futuro de las ciudades europeas, pero no, le aseguro que no es eso. Él defiende nuestra madrileñosidad, lo demás se la refanfinfla.

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