Qué hay tras un niño que se pelea con otros y cómo evitarlo
Sobre los dos años hay más probabilidad de que el menor se muestre agresivo y tenga rabietas. Conviene que los padres actúen desde el principio con límites claros, desde la empatía y evitando etiquetas que puedan mermar su autoestima
Los seres humanos somos, por naturaleza, sociales. Necesitamos la interacción con los demás para desarrollarnos plenamente y, como en todo aprendizaje, lo ideal es que este proceso comience en la primera infancia. Sin embargo, no todos los niños evolucionan al mismo ritmo ni adquieren las mismas habilidades al mismo tiempo. “En el proceso de construir relaciones basadas en el respeto, pueden aparecer en algunos menores conductas negativas que generen conflictos y desencuentros con sus iguales, independientemente de su edad, etnia o cultura”, señala Silvia Fuentes, psicóloga especialista en terapia familiar. “Aunque existen períodos que son especialmente intensos y que generan muchos conflictos y peleas. Por ejemplo, alrededor de los dos años. A esta edad muchos pequeños comienzan a buscar su autodeterminación e independencia”, añade.
Según Fuentes, a esta etapa se le conoce como "los terribles dos" y en ella se dan muchas rabietas, son niños peleones y dicen continuamente expresiones como “no” y “yo solo”. Las peleas no son solo con los padres, aunque son las más comunes por la cercanía: “También se suelen enfrentar a sus compañeros en el colegio y a sus hermanos. No es raro que los niños a esta edad tengan algún mordisco o marca de algún golpe”.
“Los niños comúnmente llamados peleones suelen ser pequeños, con un temperamento fuerte y con carencias en el ámbito de las habilidades sociales, la mayoría debido a su edad, que permitan la resolución de conflictos de forma pacífica”, prosigue Fuentes. “Los padres deberían entender que sus hijos usan los golpes porque tienen un lenguaje escaso o inexistente y sus alternativas para defenderse son los instintos primarios de huida y ataque o bien el llanto como forma de pedir ayuda”, sostiene la psicóloga.
“La envidia, la frustración, la incapacidad para demorar la recompensa o no aceptar una negativa son otras causas por las que un menor puede entrar en conflicto”, afirma Juan Antonio Planas, pedagogo y presidente de la Asociación Aragonesa de Psicopedagogía. “Aunque las riñas van a menos con la edad, es algo que los padres no deben pasar por alto. Los niños agresivos suelen ser muy poco aceptados y, cuanto más rechazados se sienten, más violencia se puede generar”, continúa Planas. Según el pedagogo, las familias deben dar pautas para reconducir la conducta, por ejemplo, con premios o retirada de privilegios, como puede ser poder o no poder realizar alguna actividad que les guste.
Lo más preocupante de estas situaciones es cuando la agresividad provoca daños físicos y morales. “Puñetazos, golpes, mordiscos o acoso psicológico, por ejemplo a través del chantaje emocional, el aislamiento o el acoso cibernético”, advierte Planas. “Enseñar a los menores a entender y gestionar sus emociones de ira es una forma de conseguir que no acaben en estas agresiones hacia otros", incide el experto. “Cada conflicto es una oportunidad para que los padres muestren una forma mejor de responder y con consecuencias más satisfactorias”, retoma Fuentes. “Por ello es importante que estos eviten modelos de conducta agresivos y sean empáticos. Se trata de que muestren a sus hijos el desencadenante de la conducta que provoca el conflicto. Es decir, entender la razón del enfado y la reacción que provoca para poder plantear opciones de respuesta distintas”, argumenta esta experta.
Según explica, los progenitores pueden aplicar modelos positivos de resolución desde la calma y la empatía que ayudan al niño a manejar la situación de otra manera: “Así como hacerle entender que la racionalidad plantea más alternativas que actuar de forma impulsiva”. “Para conseguir esto, lo primero es mantener la calma, establecer límites claros y firmes sin usar nunca la violencia, los gritos o la agresividad”, prosigue Fuentes, “y también estaría bien anticipar los enfados y redirigir las situaciones para frenar las peleas antes de que aparezcan”.
Además, para Fuentes es esencial evitar etiquetar al niño por su comportamiento para no dañar su autoestima. “Expresiones como pegón o conflictivo afectan al autoconcepto y a su identidad, lo que puede generar y mantener una conducta agresiva”, afirma la especialista, a la vez que aboga por poner el foco en los comportamientos adecuados del menor: “No hay que centrarse solo en reprender las conductas indeseadas. De esta manera se favorecen alternativas más adecuadas para la convivencia”.
Planas aconseja tomar cartas en el asunto desde el primer momento que aparece la conducta disruptiva: “Cuando el niño consigue su propósito con una rabieta, se le refuerza a que haga lo mismo en otras ocasiones. Por lo tanto, es importante que comprenda cuanto antes que con agresividad no consigue sus objetivos y siempre hablarles desde la tranquilidad, aunque algunas veces cueste”.